:: Estudios Bíblicos

 

Misión y renovación

Una reflexión teológica sobre la misión basada

en Mt. 15:21-28

por Pablo A. Jiménez

 

Mateo 15:21-28

[21] Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón [22] Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mi! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. [23] Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. [24] El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. [25] Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! [26] Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. [27] Y ella dijo: Sí, Señor, pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. [28] Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

Introducción

El tema Misión y Renovación es ciertamente sugestivo. El mismo implica que las Iglesias Cristianas (Discípulos de Cristo) Hispanas y Bilingües en la región del noreste están buscando formas más efectivas para desarrollar su trabajo pastoral y así cumplir la misión recibida de labios de nuestro Señor Jesucristo. Como ustedes saben, yo soy uno de los muchos puertorriqueños que a pesar de haber nacido en esta ciudad, es un forastero en la misma. Aunque hace varios años que conozco a los líderes de esta región, hace poco menos de seis meses que prediqué en la ciudad por primera vez. Esto me ha llevado a interpretar el tema como lo que soy, como una persona que mira de afuera. Por eso creo que es muy importante aclarar los supuestos que guían mi reflexión y el método de trabajo que voy a seguir en estas conferencias.

Mis palabras en esta asamblea están dirigidas por mi forma de interpretar el tema que me ha sido encomendado. Tema que me ha llevado a definir cuatro supuestos.

  • En primer lugar, el tema afirma que tenemos una obra que edificar. El trabajo no ha terminado; la obra apenas comienza.
  • Segundo, el tema implica que la Iglesia reconoce la necesidad de renovar tanto su estructura como sus estilos de trabajo. Este es el momento adecuado para desarrollar nuevos modelos de organización y nuevas estrategias de trabajo en la región del Noreste en particular, y en la Iglesia Hispana y Bilingüe, en general.
  • En tercer lugar, para experimentar la renovación deseada es necesario examinar nuestro acercamiento a la misión cristiana. Nuestra Iglesia será renovada únicamente cuando renovemos nuestro concepto de la misión.
  • Cuarto y último, la renovación deseada traerá crecimiento integral para la Iglesia. El crecimiento integral de la obra es la mejor señal de que una Iglesia está cumpliendo cabalmente la misión que Dios le ha encomendado.

Partiendo de estos supuestos hemos preparado dos estudios bíblicos basados en porciones del Evangelio según San Mateo. En esta tarde, el relato de La fe de la mujer cananea (Mt. 15:21-28) nos servirá de marco para hablar de la relación entre misión y renovación.

Resumen

En Mt. 15:21-28 encontramos el relato de La fe de la mujer cananea. Este relato sigue la forma conocida como "historia de milagro-controversia." El milagro consiste en el exorcismo del demonio que atormentaba la hija de la mujer fenicia. La controversia gira en torno al tema de la misión a los gentiles. En su contexto original, el texto levantaba la siguiente pregunta: ¿Es lícito ministrar a personas que no forman parte del pueblo escogido? ¿Es legítima la misión a las personas que no son judías? En nuestro contexto, el texto nos llama a renovar nuestra Iglesia, renovando nuestro concepto de la misión cristiana.

El texto en su contexto

El relato que hoy nos ocupa se encuentra en el Evangelio según San Mateo. Este Evangelio fue escrito en un momento muy particular de la historia judía. Para comprenderlo a cabalidad, es necesario tener una visión clara de la situación provocada por la destrucción de Jerusalén en el año 70 de la era cristiana.

En el año 66 los grupos revolucionarios judíos se unieron a los fariseos para declarar la independencia de Judea. Esto provocó la Guerra Judaica, que terminó en el año 70 con la destrucción del Templo de Jerusalén. Los romanos asesinaron a los líderes de las distintas sectas religiosas que se encontraban en Jerusalén. También exterminaron a los Esenios, cuyos dirigentes vivían a orillas del Mar Muerto. Los únicos líderes religiosos judíos que sobrevivieron la Guerra Judaica fueron los fariseos y los cristianos. Estos grupos sobrevivieron porque su liderazgo no estaba concentrado en Jerusalén. Gran parte de los líderes fariseos vivían en Babilonia y los líderes cristianos -- como Pedro y Pablo -- estaban esparcidos por todo el Imperio predicando el Evangelio.

Los fariseos que sobrevivieron la guerra necesitaban explicar por qué Dios había permitido la destrucción de la Ciudad Santa. Parte de la explicación dada por los fariseos consistía en señalar que el juicio había sobrevenido por causa de la impureza del Judaísmo de su época, es decir, por culpa de los grupos que no se conformaban a las enseñanzas fariseas. Los fariseos culparon en especial a los cristianos, ya que los discípulos afirmaban que Jesús era el Cristo; el Mesías esperado por Israel. Mateo refleja la lucha entre estos grupos. El punto básico de controversia era si la Ley debía interpretarse a la luz de la tradición farisea o a la luz de las palabras y las enseñanzas de Jesús. En una palabra, la pregunta básica de Mateo es cuál es el verdadero maestro, Moisés o Jesús.

El Evangelio de Mateo contesta afirmando que Jesús es el Cristo, el Mesías prometido por el Antiguo Testamento. En este sentido, la predicación de Jesús no es algo nuevo. Por el contrario, el mensaje del Evangelio es la continuación del mensaje revelado a Israel. La continuidad de la revelación se confirma por el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento en el ministerio de Jesús (Vea 1:22-23, 2:5-6, 2:15, 2:17-18, 2:23, 4:14-16, 8:17, 12:17-21, 13:35, 21:4-5 y 27:9-10). El trabajo de la Iglesia consiste, pues, en reinterpretar y redefinir "la Ley y los profetas." Dicho de otro modo, la misión de la Iglesia es predicar que el Antiguo Testamento alcanza su cumplimiento en la persona de Cristo (vea 5:17-20).

Mateo enriquece su doctrina sobre la persona de Jesús al compararlo con Moisés, el dador de la antigua ley. El texto presenta varias coincidencias entre las historias de Moisés y de Jesús. En su nacimiento, ambos sobreviven una matanza de niños (2:16; compare con Ex. 1:22). Además, Jesús viene de Egipto a libertar a su pueblo (2:15). Finalmente, Jesús da su "nueva ley" desde un monte (5:1, compare con los Diez mandamientos dados en el Monte Sinaí según en Ex. 19:1 al 20:21 o en el Monte Horeb Dt. 5:1-22 ) y se despide desde un monte (28:16, compare con la despedida de Moisés en Dt. 32).

También la estructura del escrito nos sugiere la identificación entre Jesús y Moisés. Por ejemplo, en los capítulos 8 y 9 Jesús hace 10 milagros. Esto nos hace recordar las 10 plagas de Egipto. Quizás el ejemplo más claro del paralelismo entre Moisés y Jesús está en los discursos de Jesús en este Evangelio. Mateo nos dice que Jesús predicó cinco grandes discursos, evocando así el Pentateuco, los cinco libros de Moisés. Cada sermón está delimitado por la frase: "Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos,...". Estos son:

a. El sermón del monte, 5:1-7:27 [fórmula-7:28]

b. El sermón misionero, 10:5-42 [11:1]

c. El sermón de las parábolas, 13:1-52 [13:53]

d. El sermón sobre la Iglesia (eclesiástico) 18:1-35 [19:1]

e. El sermón sobre el final de los tiempos (escatológico) 24:3-25:46 [26:1]

El relato de La fe de la mujer cananea se encuentra entre el sermón de las parábolas (13:1-52) y el sermón eclesiástico (18:1-35). La sección presenta La práctica de Jesús (13:53-17:27). La narración habla del ministerio de Jesús en Galilea (13:53-15:20 y 16:1-17:27) y de su viaje a los territorios no-judíos que rodeaban el Mar de Galilea (15:21-39). Entre los episodios narrados en esta sección se destacan el rechazo de Jesús en su propia tierra (13:53-58), la muerte de Juan el Bautista (14:1-12), cuando Jesús camina sobre el mar de Galilea (14:22-33), las enseñanzas contra los fariseos (15:1-20 y 16:1-12), los anuncios de la muerte de Jesús (16:21-20 y 17:22-23), la transfiguración (17:1-13, la liberación de un joven endemoniado (17:14-21) y el pago del impuesto del templo (17:24-27). Debemos notar los paralelos que hay entre los milagros hechos en territorio galileo y los que ocurren en territorio gentil. En ambos lugares Jesús alimenta a la multitud -- a 5,000 en Galilea (14;13-21) y a 4,000 en territorio pagano (15:32-39) -- y sana muchos enfermos (compare 14:34-36 con 16:39-31). El único milagro característico que ocurre en territorio no-judío es la curación de la hija de la mujer siro-fenicia.

Como indicamos anteriormente, la narrativa que nos ocupa sigue la forma conocida como "historia de milagro-controversia." Esta forma sigue la siguiente estructura:

a. Los versículos iniciales explican cual es la necesidad de la persona que se acerca a Jesús. En este caso, el texto expresa la necesidad de la mujer señalando que era extranjera (vv. 21-22a). Más adelante veremos por qué esto era problemático.

b. A renglón seguido el texto recoge la petición de la persona afectada. Interesantemente, aquí la mujer intercede en favor de su hija, que estaba endemoniada (v. 22b).

c. Tercero, ocurre el encuentro con Jesús, quien permanece callado ante el reclamo de la mujer (v. 23a).

d. Por lo regular, en las historias de milagro la sanidad ocurre inmediatamente después del encuentro con Jesús. Por su parte, las historias de milagro-controversia intercalan una discusión entre el encuentro con Jesús y el evento de la sanidad. La discusión gira en torno a la posibilidad del milagro, preguntando si debe llevarse a cabo o no. En este texto, la discusión ocupa la mayor parte del relato (vv. 23b-27).

e. Después de la discusión se lleva a cabo la sanidad. En esta ocasión, la sanidad consiste en un exorcismo que ocurre a la distancia (v. 28a).

f. La historia termina dando evidencia de que la sanidad ha ocurrido (v. 28b).

El primer verso del relato (v. 21) presenta a Jesús ministrando en territorio extranjero. Jesús va a las regiones de Tiro y de Sidón, en el sur del país conocido como Fenicia o el Líbano. Estas regiones colindan con el norte de la Galilea, la patria de Jesús. El liderazgo religioso del tiempo de Jesús veía la Galilea y sus alrededores como la periferia de la Tierra Santa. Para los religiosos de Jerusalén, este era territorio impuro donde la fe judía estaba contaminada con las ideas religiosas de los paganos que vivían en el Líbano y la Decápolis -- 10 ciudades gentiles que rodeaban el lago conocido como el "Mar de Galilea." El Nuevo Testamento recoge el prejuicio de los líderes fariseos y saduceos contra la patria de Jesús en versos como Juan 7:52, donde los principales sacerdotes y fariseos le recuerdan a Nicodemo que "de Galilea nunca se ha levantado profeta."

Al llegar a territorio extranjero, una mujer cananea le sale al paso a Jesús (v. 22a), diciéndole que su hija es atormentada por un demonio (v. 22b). En el mundo moderno se hace difícil percibir el escándalo de este encuentro. Al acercarse a Jesús, esta mujer estaba cometiendo un acto impropio para la gente de su época. En el mundo antiguo -- como en algunas culturas islámicas hoy -- se le prohibía a la mujer hablar en público con un hombre. Sólo las prostitutas abordaban en público a los hombres. Interesantemente, nuestro idioma español recoge este prejuicio en frases tales como "mujer de la calle" o "mujer pública." En el caso que nos ocupa, la condición de esta mujer es aún más grave, ya que era extranjera. El texto la identifica como una mujer "cananea", es decir, fenicia o libanesa.

A pesar de ser extranjera, la mujer tiene algún conocimiento de la fe judía, ya que llama a Jesús "Hijo de David" (v. 22b). Esto no implica que la mujer se había convertido al judaísmo. La frase sólo recalca el hecho de que -- dada su proximidad a la región de Galilea -- los cananeos tenían alguna familiaridad con la esperanza de la llegada del Mesías de Israel.

La hija de esta mujer extranjera era "atormentada gravemente" por un demonio (v. 22b). En el Nuevo Testamento, los "demonios" son espíritus malignos que actúan contra la humanidad. En este sentido, son manifestaciones de las fuerzas del pecado, el mal y la muerte. En el original griego, el texto recalca la conexión entre los demonios y las fuerzas del mal. Literalmente, la madre dice que su hija está "endemoniada malamente."

Jesús permanece callado ante el grito de la mujer (v. 23a). Esto contrasta con la actitud de los Discípulos quienes la rechazan porque está haciendo un escándalo. Aunque escuchaban su grito, en realidad sus oídos estaban sordos ante el dolor de la mujer. Por eso le piden a Jesús que la despida (v. 23b).

El Maestro responde usando palabras muy duras para la mujer. Jesús le dice: "No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (v. 24). En otras palabras, Jesús afirma el entendimiento judío tradicional de la misión: Su ministerio está limitado a los hijos de Israel (cf. 10:6).

Sin embargo, la mujer continúa gritando: "¡Señor, socórreme!" (v. 25). El entendimiento tradicional de la misión no es suficiente para ella, ya que no puede transformar su situación dolorosa. Ante el reclamo de la mujer, Jesús reitera la definición tradicional de la misión, usando palabras sumamente fuertes: "No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos" (v. 26). En realidad, la traducción ha suavizado el texto, ya que el griego dice simplemente "perros." Una vez más, las palabras que hoy nos resultan incomprensibles eran comunes en el mundo antiguo. En el tiempo de Jesús la palabra "perro" era un término común para expresar desprecio o injuriar a otra persona. En particular, los judíos acostumbraban llamar "perros" a los samaritanos y a los extranjeros.

Sorpresivamente, la mujer desafía a Jesús con la maravillosa frase que todos conocemos: "Sí, Señor; pero aún los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos" (v. 27). Una vez más encontramos un término extraño para nosotros. Las "migajas" en el mundo antiguo eran los pedazos de pan sin levadura que eran usados por los comensales para meter la mano en el plato, recoger la comida y llevársela a la boca. Una vez el pedazo de pan se mojaba con la salsa de la comida y con la saliva del comensal, se echaba al piso y se cortaba otro pedazo. También se usaban pedazos de pan para limpiarse las manos después de comer. En una palabra, las "migajas" sustituían a los cubiertos y las servilletas de hoy.

La expresión de la mujer es patética. Ella no niega ser una "perrita" extranjera. Ella no desea desbancar al pueblo judío o desafiar su posición en el plan divino. Ella solo aspira a comer las sobras. Solo aspira a alcanzar un poco de misericordia; un poco de la misericordia que los escogidos han rechazado, como se echan al piso las migajas de pan.

Ante la contundente frase de la mujer, Jesús cede y contesta su petición. Después de alabarla por su fe, el Maestro la despide afirmando que la joven endemoniada había sido liberada de las fuerzas del mal (v. 28).

El texto en nuestro contexto

En su contexto original, el pasaje que hoy nos ocupa cuestionaba el entendimiento judío tradicional de la misión. Para el Judaísmo, la misión estaba limitada a las "tribus de Israel", a "los hijos de Abraham" y a los "descendientes de David." La única manera de ser incluido en el pacto para disfrutar de las promesas de Dios era convertirse a la fe de Israel.

Sin embargo, para la mujer de nuestra historia convertirse al Judaísmo no era opción. El Judaísmo farisaico es una religión para hombres cuya iniciación se lleva a cabo celebrando el rito de la circunsición. Como vemos, en el tiempo de Jesús las mujeres estaban excluidas del pueblo de Dios. Por eso es que la mujer extranjera desafía el entendimiento limitado de la misión, anhelando una renovación de la comunidad de fe que le dé acceso a la presencia del Señor y que le permita disfrutar de las promesas disponibles para aquellas personas que viven en una relación de pacto con Dios.

En nuestro contexto, este relato sigue desafiando el entendimiento limitado de la misión que excluye a las mujeres cananeas de hoy y les limita el acceso a la presencia de Dios. El texto tiene varias implicaciones cuya consideración es necesaria si queremos renovar nuestra Iglesia. A continuación exploraremos algunas de estas implicaciones para la misión cristiana en nuestro contexto.

1. Necesitamos redefinir la misión cristiana

De primera intención, el Jesús que nos presenta esta historia parece un extraño. Una lectura superficial nos deja con un mal sabor en la boca, pensando que nuestro amoroso Señor maltrató innecesariamente a esta pobre mujer extranjera. Sin embargo, esta primera lectura es totalmente errónea.

Desde el primer verso, el relato afirma el interés de Jesús por las personas marginadas. Si leemos con cuidado veremos que Jesús fue intencionalmente a las regiones de Tiro y de Sidón. Jesús fue a ministrar a la periferia; fue al encuentro de aquellas personas que durante toda su vida habían sido marginadas por los líderes religiosos en los grandes centros de poder. En este sentido, Jesús es quien provoca el encuentro con la mujer cananea.

Al parecer, la Iglesia evangélica ha olvidado que Dios es quien siempre toma la iniciativa en su relación con la humanidad. Como decía el apóstol Pablo, aunque podemos decir que conocemos a Dios es mejor decir que hemos sido conocidos por Dios (Gal. 4:9a). En este caso, Jesús es quien verdaderamente tomó la iniciativa de ir a territorio pagano, propiciando el encuentro con la mujer extranjera.

En este texto, Jesús ministra a personas marginadas en múltiples dimensiones de su ser. La madre era marginada por ser mujer y por ser extranjera. Para los religiosos del tiempo de Jesús, ella era una persona de muy poco valor. Por su parte, la hija no solo era marginada por su condición de mujer extranjera, también era víctima de la opresión de las fuerzas demoníacas. Jesús va al encuentro de estas mujeres marginadas y oprimidas, respondiendo a sus ruegos y restaurándolas a una vida plena.

Precisamente, esta práctica histórica de Jesús nos obliga a redefinir la misión de la Iglesia hoy. El ejemplo de Jesús es claro: La misión es para los marginados, para los extranjeros, para los oprimidos y para todo aquel que es rechazado por la sociedad. Con toda justicia, podemos decir que las Iglesias Hispanas de la región del noreste han obedecido a Dios, sirviendo a los inmigrantes que por diversas razones hemos llegado a las playas de este país. Mucho antes de que las Iglesias Anglo-sajonas desarrollaron el movimiento de "Santuario", nuestras comunidades de fe eran el santuario de los inmigrantes que llegaban a la ciudad de Nueva York.

Sin embargo, la situación de nuestra región ha cambiado. Por un lado, la inmigración puertorriqueña ha cesado. Los inmigrantes nuevos vienen de todas partes de América Latina, en especial de la República Dominicana y de Colombia. Por otro lado, los barrios hispanos se han transformado. Algunos, prácticamente, han desaparecido. En otros, ha cambiado la nacionalidad de los habitantes. Poco a poco nuestros jóvenes -- la segunda generación -- se mueven a otras comunidades de clase media; solo van a los barrios hispanos cuando asisten a la Iglesia o cuando visitan sus familiares.

Ante esta realidad la Iglesia tiene que redefinir su misión como Iglesia Hispana.

Somos Iglesia para los hispanos. Venimos de Bogotá y de Barquisimeto: de San Pedro Sula y de San Salvador; de Bayamón y de Bonao.

Somos Iglesia para las comunidades hispanas. Servimos primeramente a las personas que viven en la comunidad donde se encuentra nuestro templo.

Somos Iglesia para las personas marginadas. Ministramos a madres solteras, a las víctimas del discrimen y a las personas oprimidas por la adicción.

2. Necesitamos una nueva visión misionera

En segundo lugar, el relato de La fe de la mujer cananea plantea la necesidad de una nueva actitud en el trabajo misionero de la Iglesia. En este texto, la actitud de los discípulos de Jesús deja mucho que desear. Los discípulos actúan en forma racista, sexista y discriminatoria. En su deseo de no ser acusados de andar con una "mujer de la calle", prestan oídos sordos al dolor de esta mujer. Les importaba más su propia "imagen pública" -- lo que los evangélicos a veces llamamos erróneamente el "testimonio" -- que la necesidad de la extranjera.

Por su parte, la actitud de Jesús es distinta. Aunque el principio le dice palabras muy duras, en toda la conversación podemos ver el interés de Jesús en esta mujer como persona. Presten atención a los detalles: Jesús se detiene a hablar con ella, le dedica tiempo, no le importa el prejuicio de los demás, no la rechaza para cuidar su imagen. Al final del relato, Jesús actúa en forma inclusiva y liberadora.

Esta punzante narración me lleva a la siguiente pregunta: ¿Cuál es nuestra actitud ante las "mujeres cananeas" de hoy? ¿Estamos nosotros en una mejor sintonía con Jesús? ¿O acaso nosotros también estamos más preocupados por nuestra "imagen pública" y nuestra comodidad personal que por la gente que llega a las puertas de nuestras Iglesias?

Hace una semana pasé por un experiencia que tengo que contarles en esta hora. El pasado viernes, al finalizar una conferencia en una Iglesia bastante grande de nuestra Hermandad en Puerto Rico, llegó una mujer preguntando si podía hablar con un pastor. Como el pastor local no estaba -- él no asiste a las reuniones de las sociedades -- la esposa del pastor me pidió que hablara con la visitante. Era una mujer muy elegante y muy hermosa, de algunos 50 años de edad, esposa de un prominente político de mi país. Estaba bebida y estaba llorando. Lo primero que me dijo fue: "Pastor, me quiero suicidar." A los pocos minutos de estar hablando con ella noté la incomodidad de los hermanos de la Iglesia local. Querían irse, tenían que apagar las luces, el equipo de sonido y el aire acondicionado. Finalmente, una de las diaconisas de la Iglesia se me acercó para indicarme que nos teníamos que ir, porque iban a cerrar.

Mis amados hermanos y hermanas, la Iglesia no existe para si misma. ¡Todo lo contrario! La Iglesia es un instrumento para servir a los demás.

  • Necesitamos una nueva visión misionera.
  • Necesitamos una Iglesia donde la gente necesitada no sea vista como una molestia.
  • Necesitamos una Iglesia dispuesta a ministrar a la mujer cananea, aun cuando llegue borracha.

En resumen, el texto nos plantea dos opciones. Tenemos que escoger entre un entendimiento limitado y una definición integral de la misión cristiana. Podemos desgastarnos en un ministerio de mantenimiento o desarrollar nuevas formas de trabajo para ministrar a los necesitados. Podemos mantenernos estancados o renovar nuestro sentido de misión para crecer en todos los órdenes.

Pero les reitero lo siguiente.

  • Para ser renovados es necesario reprender el fallido modelo misionero de las Iglesias anglo-sajonas de clase media.
  • Para ser renovados es necesario vencer la tentación de limitar nuestro ministerio, sirviendo únicamente a los inmigrantes puertorriqueños de clase media.

Las Iglesias Hispanas y Bilingües (Discípulos de Cristo) en la región del Noreste sólo recibirán la renovación esperada cuando salgan a la periferia, encuentren a la mujer cananea, escuchen su clamor, atiendan su necesidad y reprendan con la autoridad de Dios las fuerzas que oprimen a su descendencia. Cuando detengamos nuestro paso al grito de "¡Señor, socórreme!", estaremos cumpliendo nuestra misión.