:: Estudios Bíblicos
Misión
y renovación
Una
reflexión teológica sobre la misión
basada
en
Mt. 15:21-28
por
Pablo A. Jiménez
Mateo
15:21-28
[21]
Saliendo Jesús de allí, se fue a
la región de Tiro y de Sidón [22]
Y he aquí una mujer cananea que había
salido de aquella región clamaba, diciéndole:
¡Señor, Hijo de David, ten misericordia
de mi! Mi hija es gravemente atormentada por un
demonio. [23] Pero Jesús no le respondió
palabra. Entonces acercándose sus discípulos,
le rogaron, diciendo: Despídela, pues da
voces tras nosotros. [24] El respondiendo, dijo:
No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la
casa de Israel. [25] Entonces ella vino y se postró
ante él, diciendo: ¡Señor,
socórreme! [26] Respondiendo él,
dijo: No está bien tomar el pan de los
hijos, y echarlo a los perrillos. [27] Y ella
dijo: Sí, Señor, pero aun los perrillos
comen de las migajas que caen de la mesa de sus
amos. [28] Entonces respondiendo Jesús,
dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase
contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde
aquella hora.
Introducción
El
tema Misión y Renovación
es ciertamente sugestivo. El mismo implica que
las Iglesias Cristianas (Discípulos de
Cristo) Hispanas y Bilingües en la región
del noreste están buscando formas más
efectivas para desarrollar su trabajo pastoral
y así cumplir la misión recibida
de labios de nuestro Señor Jesucristo.
Como ustedes saben, yo soy uno de los muchos puertorriqueños
que a pesar de haber nacido en esta ciudad, es
un forastero en la misma. Aunque hace varios años
que conozco a los líderes de esta región,
hace poco menos de seis meses que prediqué
en la ciudad por primera vez. Esto me ha llevado
a interpretar el tema como lo que soy, como una
persona que mira de afuera. Por eso creo que es
muy importante aclarar los supuestos que guían
mi reflexión y el método de trabajo
que voy a seguir en estas conferencias.
Mis
palabras en esta asamblea están dirigidas
por mi forma de interpretar el tema que me ha
sido encomendado. Tema que me ha llevado a definir
cuatro supuestos.
- En
primer lugar, el tema afirma que tenemos una
obra que edificar. El trabajo no ha terminado;
la obra apenas comienza.
- Segundo,
el tema implica que la Iglesia reconoce la necesidad
de renovar tanto su estructura como sus estilos
de trabajo. Este es el momento adecuado para
desarrollar nuevos modelos de organización
y nuevas estrategias de trabajo en la región
del Noreste en particular, y en la Iglesia Hispana
y Bilingüe, en general.
- En
tercer lugar, para experimentar la renovación
deseada es necesario examinar nuestro acercamiento
a la misión cristiana. Nuestra Iglesia
será renovada únicamente cuando
renovemos nuestro concepto de la misión.
- Cuarto
y último, la renovación deseada
traerá crecimiento integral para la Iglesia.
El crecimiento integral de la obra es la mejor
señal de que una Iglesia está
cumpliendo cabalmente la misión que Dios
le ha encomendado.
Partiendo
de estos supuestos hemos preparado dos estudios
bíblicos basados en porciones del Evangelio
según San Mateo. En esta tarde, el relato
de La fe de la mujer cananea (Mt. 15:21-28) nos
servirá de marco para hablar de la relación
entre misión y renovación.
Resumen
En
Mt. 15:21-28 encontramos el relato de La fe de
la mujer cananea. Este relato sigue la forma conocida
como "historia de milagro-controversia."
El milagro consiste en el exorcismo del demonio
que atormentaba la hija de la mujer fenicia. La
controversia gira en torno al tema de la misión
a los gentiles. En su contexto original, el texto
levantaba la siguiente pregunta: ¿Es lícito
ministrar a personas que no forman parte del pueblo
escogido? ¿Es legítima la misión
a las personas que no son judías? En nuestro
contexto, el texto nos llama a renovar nuestra
Iglesia, renovando nuestro concepto de la misión
cristiana.
El
texto en su contexto
El
relato que hoy nos ocupa se encuentra en el Evangelio
según San Mateo. Este Evangelio fue escrito
en un momento muy particular de la historia judía.
Para comprenderlo a cabalidad, es necesario tener
una visión clara de la situación
provocada por la destrucción de Jerusalén
en el año 70 de la era cristiana.
En
el año 66 los grupos revolucionarios judíos
se unieron a los fariseos para declarar la independencia
de Judea. Esto provocó la Guerra Judaica,
que terminó en el año 70 con la
destrucción del Templo de Jerusalén.
Los romanos asesinaron a los líderes de
las distintas sectas religiosas que se encontraban
en Jerusalén. También exterminaron
a los Esenios, cuyos dirigentes vivían
a orillas del Mar Muerto. Los únicos líderes
religiosos judíos que sobrevivieron la
Guerra Judaica fueron los fariseos y los cristianos.
Estos grupos sobrevivieron porque su liderazgo
no estaba concentrado en Jerusalén. Gran
parte de los líderes fariseos vivían
en Babilonia y los líderes cristianos --
como Pedro y Pablo -- estaban esparcidos por todo
el Imperio predicando el Evangelio.
Los
fariseos que sobrevivieron la guerra necesitaban
explicar por qué Dios había permitido
la destrucción de la Ciudad Santa. Parte
de la explicación dada por los fariseos
consistía en señalar que el juicio
había sobrevenido por causa de la impureza
del Judaísmo de su época, es decir,
por culpa de los grupos que no se conformaban
a las enseñanzas fariseas. Los fariseos
culparon en especial a los cristianos, ya que
los discípulos afirmaban que Jesús
era el Cristo; el Mesías esperado por Israel.
Mateo refleja la lucha entre estos grupos. El
punto básico de controversia era si la
Ley debía interpretarse a la luz de la
tradición farisea o a la luz de las palabras
y las enseñanzas de Jesús. En una
palabra, la pregunta básica de Mateo es
cuál es el verdadero maestro, Moisés
o Jesús.
El
Evangelio de Mateo contesta afirmando que Jesús
es el Cristo, el Mesías prometido por el
Antiguo Testamento. En este sentido, la predicación
de Jesús no es algo nuevo. Por el contrario,
el mensaje del Evangelio es la continuación
del mensaje revelado a Israel. La continuidad
de la revelación se confirma por el cumplimiento
de las profecías del Antiguo Testamento
en el ministerio de Jesús (Vea 1:22-23,
2:5-6, 2:15, 2:17-18, 2:23, 4:14-16, 8:17, 12:17-21,
13:35, 21:4-5 y 27:9-10). El trabajo de la Iglesia
consiste, pues, en reinterpretar y redefinir "la
Ley y los profetas." Dicho de otro modo,
la misión de la Iglesia es predicar que
el Antiguo Testamento alcanza su cumplimiento
en la persona de Cristo (vea 5:17-20).
Mateo
enriquece su doctrina sobre la persona de Jesús
al compararlo con Moisés, el dador de la
antigua ley. El texto presenta varias coincidencias
entre las historias de Moisés y de Jesús.
En su nacimiento, ambos sobreviven una matanza
de niños (2:16; compare con Ex. 1:22).
Además, Jesús viene de Egipto a
libertar a su pueblo (2:15). Finalmente, Jesús
da su "nueva ley" desde un monte (5:1,
compare con los Diez mandamientos dados en el
Monte Sinaí según en Ex. 19:1 al
20:21 o en el Monte Horeb Dt. 5:1-22 ) y se despide
desde un monte (28:16, compare con la despedida
de Moisés en Dt. 32).
También
la estructura del escrito nos sugiere la identificación
entre Jesús y Moisés. Por ejemplo,
en los capítulos 8 y 9 Jesús hace
10 milagros. Esto nos hace recordar las 10 plagas
de Egipto. Quizás el ejemplo más
claro del paralelismo entre Moisés y Jesús
está en los discursos de Jesús en
este Evangelio. Mateo nos dice que Jesús
predicó cinco grandes discursos, evocando
así el Pentateuco, los cinco libros de
Moisés. Cada sermón está
delimitado por la frase: "Y sucedió
que cuando acabó Jesús estos discursos,...".
Estos son:
a.
El sermón del monte, 5:1-7:27 [fórmula-7:28]
b.
El sermón misionero, 10:5-42 [11:1]
c.
El sermón de las parábolas, 13:1-52
[13:53]
d.
El sermón sobre la Iglesia (eclesiástico)
18:1-35 [19:1]
e.
El sermón sobre el final de los tiempos
(escatológico) 24:3-25:46 [26:1]
El
relato de La fe de la mujer cananea se encuentra
entre el sermón de las parábolas
(13:1-52) y el sermón eclesiástico
(18:1-35). La sección presenta La práctica
de Jesús (13:53-17:27). La narración
habla del ministerio de Jesús en Galilea
(13:53-15:20 y 16:1-17:27) y de su viaje a los
territorios no-judíos que rodeaban el Mar
de Galilea (15:21-39). Entre los episodios narrados
en esta sección se destacan el rechazo
de Jesús en su propia tierra (13:53-58),
la muerte de Juan el Bautista (14:1-12), cuando
Jesús camina sobre el mar de Galilea (14:22-33),
las enseñanzas contra los fariseos (15:1-20
y 16:1-12), los anuncios de la muerte de Jesús
(16:21-20 y 17:22-23), la transfiguración
(17:1-13, la liberación de un joven endemoniado
(17:14-21) y el pago del impuesto del templo (17:24-27).
Debemos notar los paralelos que hay entre los
milagros hechos en territorio galileo y los que
ocurren en territorio gentil. En ambos lugares
Jesús alimenta a la multitud -- a 5,000
en Galilea (14;13-21) y a 4,000 en territorio
pagano (15:32-39) -- y sana muchos enfermos (compare
14:34-36 con 16:39-31). El único milagro
característico que ocurre en territorio
no-judío es la curación de la hija
de la mujer siro-fenicia.
Como
indicamos anteriormente, la narrativa que nos
ocupa sigue la forma conocida como "historia
de milagro-controversia." Esta forma sigue
la siguiente estructura:
a.
Los versículos iniciales explican cual
es la necesidad de la persona que se acerca
a Jesús. En este caso, el texto expresa
la necesidad de la mujer señalando que
era extranjera (vv. 21-22a). Más adelante
veremos por qué esto era problemático.
b.
A renglón seguido el texto recoge la
petición de la persona afectada. Interesantemente,
aquí la mujer intercede en favor de su
hija, que estaba endemoniada (v. 22b).
c.
Tercero, ocurre el encuentro con Jesús,
quien permanece callado ante el reclamo de la
mujer (v. 23a).
d.
Por lo regular, en las historias de milagro
la sanidad ocurre inmediatamente después
del encuentro con Jesús. Por su parte,
las historias de milagro-controversia intercalan
una discusión entre el encuentro con
Jesús y el evento de la sanidad. La discusión
gira en torno a la posibilidad del milagro,
preguntando si debe llevarse a cabo o no. En
este texto, la discusión ocupa la mayor
parte del relato (vv. 23b-27).
e.
Después de la discusión se lleva
a cabo la sanidad. En esta ocasión, la
sanidad consiste en un exorcismo que ocurre
a la distancia (v. 28a).
f.
La historia termina dando evidencia de que la
sanidad ha ocurrido (v. 28b).
El
primer verso del relato (v. 21) presenta a Jesús
ministrando en territorio extranjero. Jesús
va a las regiones de Tiro y de Sidón, en
el sur del país conocido como Fenicia o
el Líbano. Estas regiones colindan con
el norte de la Galilea, la patria de Jesús.
El liderazgo religioso del tiempo de Jesús
veía la Galilea y sus alrededores como
la periferia de la Tierra Santa. Para los religiosos
de Jerusalén, este era territorio impuro
donde la fe judía estaba contaminada con
las ideas religiosas de los paganos que vivían
en el Líbano y la Decápolis -- 10
ciudades gentiles que rodeaban el lago conocido
como el "Mar de Galilea." El Nuevo Testamento
recoge el prejuicio de los líderes fariseos
y saduceos contra la patria de Jesús en
versos como Juan 7:52, donde los principales sacerdotes
y fariseos le recuerdan a Nicodemo que "de
Galilea nunca se ha levantado profeta."
Al
llegar a territorio extranjero, una mujer cananea
le sale al paso a Jesús (v. 22a), diciéndole
que su hija es atormentada por un demonio (v.
22b). En el mundo moderno se hace difícil
percibir el escándalo de este encuentro.
Al acercarse a Jesús, esta mujer estaba
cometiendo un acto impropio para la gente de su
época. En el mundo antiguo -- como en algunas
culturas islámicas hoy -- se le prohibía
a la mujer hablar en público con un hombre.
Sólo las prostitutas abordaban en público
a los hombres. Interesantemente, nuestro idioma
español recoge este prejuicio en frases
tales como "mujer de la calle" o "mujer
pública." En el caso que nos ocupa,
la condición de esta mujer es aún
más grave, ya que era extranjera. El texto
la identifica como una mujer "cananea",
es decir, fenicia o libanesa.
A
pesar de ser extranjera, la mujer tiene algún
conocimiento de la fe judía, ya que llama
a Jesús "Hijo de David" (v. 22b).
Esto no implica que la mujer se había convertido
al judaísmo. La frase sólo recalca
el hecho de que -- dada su proximidad a la región
de Galilea -- los cananeos tenían alguna
familiaridad con la esperanza de la llegada del
Mesías de Israel.
La
hija de esta mujer extranjera era "atormentada
gravemente" por un demonio (v. 22b). En el
Nuevo Testamento, los "demonios" son
espíritus malignos que actúan contra
la humanidad. En este sentido, son manifestaciones
de las fuerzas del pecado, el mal y la muerte.
En el original griego, el texto recalca la conexión
entre los demonios y las fuerzas del mal. Literalmente,
la madre dice que su hija está "endemoniada
malamente."
Jesús
permanece callado ante el grito de la mujer (v.
23a). Esto contrasta con la actitud de los Discípulos
quienes la rechazan porque está haciendo
un escándalo. Aunque escuchaban su grito,
en realidad sus oídos estaban sordos ante
el dolor de la mujer. Por eso le piden a Jesús
que la despida (v. 23b).
El
Maestro responde usando palabras muy duras para
la mujer. Jesús le dice: "No soy enviado
sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel"
(v. 24). En otras palabras, Jesús afirma
el entendimiento judío tradicional de la
misión: Su ministerio está limitado
a los hijos de Israel (cf. 10:6).
Sin
embargo, la mujer continúa gritando: "¡Señor,
socórreme!" (v. 25). El entendimiento
tradicional de la misión no es suficiente
para ella, ya que no puede transformar su situación
dolorosa. Ante el reclamo de la mujer, Jesús
reitera la definición tradicional de la
misión, usando palabras sumamente fuertes:
"No está bien tomar el pan de los
hijos, y echarlo a los perrillos" (v. 26).
En realidad, la traducción ha suavizado
el texto, ya que el griego dice simplemente "perros."
Una vez más, las palabras que hoy nos resultan
incomprensibles eran comunes en el mundo antiguo.
En el tiempo de Jesús la palabra "perro"
era un término común para expresar
desprecio o injuriar a otra persona. En particular,
los judíos acostumbraban llamar "perros"
a los samaritanos y a los extranjeros.
Sorpresivamente,
la mujer desafía a Jesús con la
maravillosa frase que todos conocemos: "Sí,
Señor; pero aún los perrillos comen
de las migajas que caen de la mesa de sus amos"
(v. 27). Una vez más encontramos un término
extraño para nosotros. Las "migajas"
en el mundo antiguo eran los pedazos de pan sin
levadura que eran usados por los comensales para
meter la mano en el plato, recoger la comida y
llevársela a la boca. Una vez el pedazo
de pan se mojaba con la salsa de la comida y con
la saliva del comensal, se echaba al piso y se
cortaba otro pedazo. También se usaban
pedazos de pan para limpiarse las manos después
de comer. En una palabra, las "migajas"
sustituían a los cubiertos y las servilletas
de hoy.
La
expresión de la mujer es patética.
Ella no niega ser una "perrita" extranjera.
Ella no desea desbancar al pueblo judío
o desafiar su posición en el plan divino.
Ella solo aspira a comer las sobras. Solo aspira
a alcanzar un poco de misericordia; un poco de
la misericordia que los escogidos han rechazado,
como se echan al piso las migajas de pan.
Ante
la contundente frase de la mujer, Jesús
cede y contesta su petición. Después
de alabarla por su fe, el Maestro la despide afirmando
que la joven endemoniada había sido liberada
de las fuerzas del mal (v. 28).
El
texto en nuestro contexto
En
su contexto original, el pasaje que hoy nos ocupa
cuestionaba el entendimiento judío tradicional
de la misión. Para el Judaísmo,
la misión estaba limitada a las "tribus
de Israel", a "los hijos de Abraham"
y a los "descendientes de David." La
única manera de ser incluido en el pacto
para disfrutar de las promesas de Dios era convertirse
a la fe de Israel.
Sin
embargo, para la mujer de nuestra historia convertirse
al Judaísmo no era opción. El Judaísmo
farisaico es una religión para hombres
cuya iniciación se lleva a cabo celebrando
el rito de la circunsición. Como vemos,
en el tiempo de Jesús las mujeres estaban
excluidas del pueblo de Dios. Por eso es que la
mujer extranjera desafía el entendimiento
limitado de la misión, anhelando una renovación
de la comunidad de fe que le dé acceso
a la presencia del Señor y que le permita
disfrutar de las promesas disponibles para aquellas
personas que viven en una relación de pacto
con Dios.
En
nuestro contexto, este relato sigue desafiando
el entendimiento limitado de la misión
que excluye a las mujeres cananeas de hoy y les
limita el acceso a la presencia de Dios. El texto
tiene varias implicaciones cuya consideración
es necesaria si queremos renovar nuestra Iglesia.
A continuación exploraremos algunas de
estas implicaciones para la misión cristiana
en nuestro contexto.
1.
Necesitamos redefinir la misión cristiana
De
primera intención, el Jesús que
nos presenta esta historia parece un extraño.
Una lectura superficial nos deja con un mal sabor
en la boca, pensando que nuestro amoroso Señor
maltrató innecesariamente a esta pobre
mujer extranjera. Sin embargo, esta primera lectura
es totalmente errónea.
Desde
el primer verso, el relato afirma el interés
de Jesús por las personas marginadas. Si
leemos con cuidado veremos que Jesús fue
intencionalmente a las regiones de Tiro y de Sidón.
Jesús fue a ministrar a la periferia; fue
al encuentro de aquellas personas que durante
toda su vida habían sido marginadas por
los líderes religiosos en los grandes centros
de poder. En este sentido, Jesús es quien
provoca el encuentro con la mujer cananea.
Al
parecer, la Iglesia evangélica ha olvidado
que Dios es quien siempre toma la iniciativa en
su relación con la humanidad. Como decía
el apóstol Pablo, aunque podemos decir
que conocemos a Dios es mejor decir que hemos
sido conocidos por Dios (Gal. 4:9a). En este caso,
Jesús es quien verdaderamente tomó
la iniciativa de ir a territorio pagano, propiciando
el encuentro con la mujer extranjera.
En
este texto, Jesús ministra a personas marginadas
en múltiples dimensiones de su ser. La
madre era marginada por ser mujer y por ser extranjera.
Para los religiosos del tiempo de Jesús,
ella era una persona de muy poco valor. Por su
parte, la hija no solo era marginada por su condición
de mujer extranjera, también era víctima
de la opresión de las fuerzas demoníacas.
Jesús va al encuentro de estas mujeres
marginadas y oprimidas, respondiendo a sus ruegos
y restaurándolas a una vida plena.
Precisamente,
esta práctica histórica de Jesús
nos obliga a redefinir la misión de la
Iglesia hoy. El ejemplo de Jesús es claro:
La misión es para los marginados, para
los extranjeros, para los oprimidos y para todo
aquel que es rechazado por la sociedad. Con toda
justicia, podemos decir que las Iglesias Hispanas
de la región del noreste han obedecido
a Dios, sirviendo a los inmigrantes que por diversas
razones hemos llegado a las playas de este país.
Mucho antes de que las Iglesias Anglo-sajonas
desarrollaron el movimiento de "Santuario",
nuestras comunidades de fe eran el santuario de
los inmigrantes que llegaban a la ciudad de Nueva
York.
Sin
embargo, la situación de nuestra región
ha cambiado. Por un lado, la inmigración
puertorriqueña ha cesado. Los inmigrantes
nuevos vienen de todas partes de América
Latina, en especial de la República Dominicana
y de Colombia. Por otro lado, los barrios hispanos
se han transformado. Algunos, prácticamente,
han desaparecido. En otros, ha cambiado la nacionalidad
de los habitantes. Poco a poco nuestros jóvenes
-- la segunda generación -- se mueven a
otras comunidades de clase media; solo van a los
barrios hispanos cuando asisten a la Iglesia o
cuando visitan sus familiares.
Ante
esta realidad la Iglesia tiene que redefinir su
misión como Iglesia Hispana.
Somos
Iglesia para los hispanos. Venimos de Bogotá
y de Barquisimeto: de San Pedro Sula y de San
Salvador; de Bayamón y de Bonao.
Somos
Iglesia para las comunidades hispanas. Servimos
primeramente a las personas que viven en la comunidad
donde se encuentra nuestro templo.
Somos
Iglesia para las personas marginadas. Ministramos
a madres solteras, a las víctimas del discrimen
y a las personas oprimidas por la adicción.
2.
Necesitamos una nueva visión misionera
En
segundo lugar, el relato de La fe de la mujer
cananea plantea la necesidad de una nueva actitud
en el trabajo misionero de la Iglesia. En este
texto, la actitud de los discípulos de
Jesús deja mucho que desear. Los discípulos
actúan en forma racista, sexista y discriminatoria.
En su deseo de no ser acusados de andar con una
"mujer de la calle", prestan oídos
sordos al dolor de esta mujer. Les importaba más
su propia "imagen pública" --
lo que los evangélicos a veces llamamos
erróneamente el "testimonio"
-- que la necesidad de la extranjera.
Por
su parte, la actitud de Jesús es distinta.
Aunque el principio le dice palabras muy duras,
en toda la conversación podemos ver el
interés de Jesús en esta mujer como
persona. Presten atención a los detalles:
Jesús se detiene a hablar con ella, le
dedica tiempo, no le importa el prejuicio de los
demás, no la rechaza para cuidar su imagen.
Al final del relato, Jesús actúa
en forma inclusiva y liberadora.
Esta
punzante narración me lleva a la siguiente
pregunta: ¿Cuál es nuestra actitud
ante las "mujeres cananeas" de hoy?
¿Estamos nosotros en una mejor sintonía
con Jesús? ¿O acaso nosotros también
estamos más preocupados por nuestra "imagen
pública" y nuestra comodidad personal
que por la gente que llega a las puertas de nuestras
Iglesias?
Hace
una semana pasé por un experiencia que
tengo que contarles en esta hora. El pasado viernes,
al finalizar una conferencia en una Iglesia bastante
grande de nuestra Hermandad en Puerto Rico, llegó
una mujer preguntando si podía hablar con
un pastor. Como el pastor local no estaba -- él
no asiste a las reuniones de las sociedades --
la esposa del pastor me pidió que hablara
con la visitante. Era una mujer muy elegante y
muy hermosa, de algunos 50 años de edad,
esposa de un prominente político de mi
país. Estaba bebida y estaba llorando.
Lo primero que me dijo fue: "Pastor, me quiero
suicidar." A los pocos minutos de estar hablando
con ella noté la incomodidad de los hermanos
de la Iglesia local. Querían irse, tenían
que apagar las luces, el equipo de sonido y el
aire acondicionado. Finalmente, una de las diaconisas
de la Iglesia se me acercó para indicarme
que nos teníamos que ir, porque iban a
cerrar.
Mis
amados hermanos y hermanas, la Iglesia no existe
para si misma. ¡Todo lo contrario! La Iglesia
es un instrumento para servir a los demás.
- Necesitamos
una nueva visión misionera.
- Necesitamos
una Iglesia donde la gente necesitada no sea
vista como una molestia.
- Necesitamos
una Iglesia dispuesta a ministrar a la mujer
cananea, aun cuando llegue borracha.
En
resumen, el texto nos plantea dos opciones. Tenemos
que escoger entre un entendimiento limitado y
una definición integral de la misión
cristiana. Podemos desgastarnos en un ministerio
de mantenimiento o desarrollar nuevas formas de
trabajo para ministrar a los necesitados. Podemos
mantenernos estancados o renovar nuestro sentido
de misión para crecer en todos los órdenes.
Pero
les reitero lo siguiente.
- Para
ser renovados es necesario reprender el fallido
modelo misionero de las Iglesias anglo-sajonas
de clase media.
- Para
ser renovados es necesario vencer la tentación
de limitar nuestro ministerio, sirviendo únicamente
a los inmigrantes puertorriqueños de
clase media.
Las
Iglesias Hispanas y Bilingües (Discípulos
de Cristo) en la región del Noreste sólo
recibirán la renovación esperada
cuando salgan a la periferia, encuentren a la
mujer cananea, escuchen su clamor, atiendan su
necesidad y reprendan con la autoridad de Dios
las fuerzas que oprimen a su descendencia. Cuando
detengamos nuestro paso al grito de "¡Señor,
socórreme!", estaremos cumpliendo
nuestra misión.