:: Estudios Bíblicos
Renacer
a la esperanza
1 Pedro 1.3-5
por
Pablo A. Jiménez
Introducción
¿Qué
es lo que distingue a una persona cristiana de
las demás? ¿Cuál es la característica
principal que marca la diferencia entre una persona
que se define a sí misma como creyente
y una persona que no practica religión
alguna?
Estas
preguntas podrían contestarse de distintas
maneras. Por ejemplo, mucha gente piensa que la
diferencia básica está en cosas
externas. Por eso están convencidas de
que todas las personas protestantes visten y hablan
de la misma manera. Por ejemplo, algunos piensan
que todas las mujeres evangélicas no pueden
usar maquillaje, que no pueden usar pantalones
y que tienen que usar ropa sumamente conservadora
o recatada, entre otras cosas. Otros piensan que
todas las personas evangélicas andan siempre
con una Biblia en las manos. Aún otros
piensan que todos los protestantes usamos frases
y palabras extrañas, tales como “Dios
le bendiga” y “Amén”.
De hecho, yo conozco personalmente algunos ministros
evangélicos que--convencidos de la importancia
de estas señales externas--enseñan
estas cosas como doctrinas.
Para
otras personas, la diferencia básica es
una cualidad personal interior. Por eso están
convencidas de que todas las personas “religiosas”
son seres profundamente espirituales que tienen
una conexión especial con Dios. Estas son
las personas que cuando le piden a uno que ore
por ellos, por ejemplo, dicen algo así
como “ora tú, que tienes una línea
directa con Dios” o “pide por mí,
que a ti Dios te oye.” De hecho, yo también
conozco personas evangélicas que viven
convencidas de tener algún lazo o acceso
especial a Dios.
Quien
sabe, quizás haya algo de verdad en todas
estas cosas. Quizás sea verdad que vestimos
en forma más recatada, que usamos frases
extrañas o que creemos tener un acceso
especial a Dios. Quizás todo esto sea cierto,
pero aún así ninguno de estos elementos
marca la diferencia básica entre una persona
creyente y un no creyente. La diferencia básica
está implícita en las categorías
que estamos usando: una persona cree, la otra
no. Por lo tanto, la diferencia básica
es la fe.
Ahora
bien, ¿qué es la fe? Podemos definir
la fe una actitud hacia la vida. La persona que
tiene fe adopta una manera particular de ver la
vida; actitud que se caracteriza por la confianza
en Dios, la dependencia de su gracia y la certeza
de su presencia constante. En este sentido, podemos
afirmar que la fe surge de la “relación”
que el creyente establece con Dios. Cuando una
persona está convencida del acompañamiento
fiel y constante de Dios, adopta una manera distinta
de vivir. Esa presencia divina--incomprensible
e inexplicable--es lo que nos permite afirmar
y practicar la fe. Esa presencia divina es lo
que nos permite vivir con esperanza.
La
esperanza en un mundo de sufrimiento
Uno
de los textos bíblicos que explora a profundidad
la relación entre la fe y la esperanza
es la Primera Epístola del Apóstol
Pedro. Esa corta e interesante carta contiene
una de las porciones bíblicas más
conocidas sobre el tema. La misma se encuentra
en los versículos 3 al 5 del primer capítulo:
Bendito
el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que según su gran misericordia nos hizo
renacer para una esperanza viva, por la resurrección
de Jesucristo de los muertos, para una herencia
incorruptible, incontaminada e inmarchitable,
reservada en los cielos para vosotros, que sois
guardados por el poder de Dios, mediante la
fe, para alcanzar la salvación que está
preparada para ser manifestada en el tiempo
final.
1
Pedro 1.3-5
Si
prestamos atención a estas palabras, notaremos
el tono alegre y positivo de estas palabras. El
autor bendice a Dios en agradecimiento por la
“esperanza viva” que nos ha dado por
medio de Jesucristo. El autor exalta la misericordia
del Dios que, cuando la humanidad todavía
estaba en pecado, nos reservó una “herencia”
en los cielos. El autor alaba al Dios que cuida
y protege a los creyentes de las fuerzas de la
muerte y de los ataques del mal. Sí, este
texto transmite el gozo, la alegría y el
agradecimiento que siente el escritor bíblico
en lo profundo de su ser.
Una
lectura superficial de la Primera Epístola
de Pedro podría conformarse sencillamente
con reconocer que el texto tiene un tono alegre.
Sin embargo, eso sería un error. La pregunta
que se impone es por qué el escritor bíblico
siente la necesidad de llamar a la iglesia a gozarse
en la esperanza viva que Dios nos ha dado en Cristo.
O, para ponerlo de otra manera, ¿cuándo
es que comúnmente uno le dice a otra persona
“alégrate”? ¿Acaso no
es cuando está triste? Píenselo
bien, ¿cuándo es que uno le dice
a otra persona “ten esperanza”? ¿No
es acaso cuando la persona está desesperada?
Esto
nos lleva a preguntarnos a quién fue dirigida
esta epístola. Aunque no sabemos exactamente
a cuál iglesia fue dirigida, el texto nos
da unas pistas interesantes.
- El
primer versículo de la carta describe
a los destinatarios como “expatriados
de la dispersión” (1.1). Esto
es, la carta se dirige principalmente a personas
que viven fuera de su tierra, de su patria,
de su terruño (en este caso cristianos
de trasfondo judío).
- Estas
ideas se repiten en el 2.11, donde los destinatarios
se describen como “extranjeros y peregrinos”.
En este caso, la palabra que se traduce como
“extranjero” es el vocablo griego
“paroikos” que significa literalmente
“persona extranjera con permiso de residencia”.
Esto muy similar a lo que implica hoy en los
Estados Unidos el tener una tarjeta de residencia
(la famosa “tarjeta verde” o “mica”).
- Por
su parte, 2.4-10 deja claro que quienes recibieron
esta carta eran personas que vivían
lejos de su patria y de sus familias. Por
eso es que el escritor bíblico dice
que la iglesia es una “casa espiritual”
(v. 4) donde los que antes no eran “pueblo”
(v. 9) ahora son “linaje escogido,...
nación santa, pueblo adquirido por
Dios.
Como
nosotros bien sabemos, las personas que viven
lejos de su tierra y de su familia sufren mucho.
Por eso no debe sorprendernos que escritor sagrado
afirme que los creyentes a quienes está
dirigida esta carta sufrían injustamente
(2.19, 3.17 y 4.16) y debían estar listos
para enfrentar a las personas que cuestionarían
su fe (3.15).
Quizás
ahora podamos comprender mejor el significado
de las palabras de 1 Pedro. Pedro llama a un grupo
de personas expatriadas, asiladas, extranjeras
y solitarias a tener fe y a vivir con esperanza.
El texto llama a la comunidad cristiana a regocijarse
en la misericordia de Dios, aunque vivían
en un mundo sin corazón; a mantener viva
la esperanza, aun en medio de una situación
desesperada; a recordar su “herencia”
celestial, aunque vivieran en medio de la pobreza;
a alegrarse por la salvación recibida,
aunque el imperio romano estuviera presto a destruirlos;
a saberse protegidos por Dios, aunque fueran perseguidos
por el estado; y a estar preparados para recibir
un orden nuevo, en el cual los enemigos de Dios
y del evangelio serán juzgados con justicia.
“Bendito
el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”
esa debe ser la palabra que salga de nuestra boca.
- En
medio del exilio, “Bendito el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo.”
- En
medio de los problemas con la “migra”,
“Bendito el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo.”
- En
medio de la situación de desempleo,
“Bendito el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo.”
- En
medio de la crisis económica, “Bendito
el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.”
- En
medio de la lucha constante por la vida, “Bendito
el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.”
- Y
aún en medio de la persecución,
“Bendito el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo.”
Bendecimos
a Dios porque por medio de la fe nos ha dado una
“esperanza viva” que nada ni nadie
la puede matar.
Esta
actitud de esperanza ante el futuro nace de la
fe; nace de la certeza de que las cosas materiales
que nos rodean no son la realidad definitiva.
La fe nos enseña que la realidad es mucho
más compleja que eso. Hay cosas que no
vemos, que no sabemos, que no podemos comprender
plenamente, pero que aún así son
ciertas. La realidad de Dios es una de ellas.
Por eso, cuando alguien nos dice “no se
puede”, “es imposible”, “nunca
lo lograrás”, los cristianos sabemos
que esa no es la última palabra. La última
palabra la tiene Dios, quien ama y practica la
justicia. Esta certeza es lo que nos permite vivir
con esperanza.
La
desesperanza en un mundo de abundancia
Los
primeros cristianos y las primeras cristianas
tenían esperanza en un mundo de sufrimiento.
Aún aquellos que no tenían nada
de gran valor material, vivían confiados
en el cuidado providencial de Dios. De hecho,
aún aquellas que fueron asesinadas por
su fe, murieron dando testimonio de la esperanza
que ardía en sus corazones.
¡Qué
diferencia tan grande con nuestros tiempos! Hoy
la gente vive desesperada en un mundo de abundancia.
La mayor parte de la gente que vive hoy en los
Estados Unidos tiene un nivel de vida muy superior
al del resto del mundo. El que más o el
que menos gusta de los adelantos que ofrece la
tecnología: televisores con capacidad para
“teatro en el hogar” (“home
theater”), hornos de microondas, teléfonos
celulares, computadoras portátiles, cámaras
de vídeo, autos espaciosos, y aún
no son felices. Otros tienen acceso al dinero
y al poder económico: tarjetas de créditos,
inversiones en acciones y en bonos, certificados
de ahorro, y aún no son felices. Aún
otros tienen los mejores servicios de salud que
el dinero puede comprar: médicos privados,
hospitales, atención psicológica,
terapia familiar, y aún no son felices.
A pesar del dinero, de la comodidad, de la afluencia,
de la buena educación, del alto nivel social,
hay millones de personas en los Estados Unidos
que le temen al futuro. Por ejemplo, el gobierno
hace encuestas constantemente para medir el nivel
de confianza de los consumidores en la economía.
Consistentemente, durante los últimos años--cuando
los Estados Unidos han experimentado el segundo
período de mayor crecimiento de la economía
en los últimos 50 años--la gente
ha expresado su temor a perder su empleo y a vivir
en la miseria.
Por
eso cada día son más los pensadores
que intentan describir este creciente “malestar
en la cultura”.
-
Los
psicólogos y los psiquiatras continúan
diagnosticando distintos “síndromes”
para explicar la angustia de la gente (hace
poco escuché hablar de uno llamado
el “síndrome de la mujer bonita”
que intenta explicar porqué algunas
mujeres muy hermosas permanecen en relaciones
violentas abusivas).
-
Los
filósofos afirman que, en gran parte,
la angustia es consecuencia de la muerte de
las “ideologías”. Afirman
que la humanidad ha perdido la fe en las ideas
que sustentaron el desarrollo y establecimiento
de la cultura actual. Por ejemplo, durante
los pasados siglos el mundo occidental afirmaba
que la ciencia y la tecnología moderna
le llevarían al progreso. Sin embargo,
ahora nos damos cuenta de que junto con ese
progreso vino la contaminación del
ambiente, el terror de la guerra convencional
y la amenaza de la guerra nuclear.
-
Algunos
sociólogos critican los valores que
promueven y sustentan la sociedad estadounidense.
Por ejemplo, critican el “culto”
a las celebridades que promueve la “sociedad
del espectáculo” (basta notar
la cantidad producciones audiovisuales y escritas
dedicadas al chisme).
-
Otros
antropólogos critican el carácter
cada vez más impersonal de nuestras
relaciones sociales, señalando el auge
de los espacios anónimos donde podemos
llevar a cabo tareas muy complicadas sin prácticamente
intercambiar palabras con persona alguna (considere
cómo ahora puede salir de su casa,
ir al banco y hacer compras en el supermercado
sin intercambiar más de 10 palabras
con persona alguna).
-
En
medio de esto, cientos de miles de personas
buscan experiencias pseudo-religiosas--que
reclaman ser “espirituales” o
“new age”--que les sentido y les
satisfagan su necesidad de apoyo. Esto explica
el auge de los “psíquicos”,
el horóscopo, el pensamiento positivo
y el ocultismo, entre otros movimientos.
Todos
estos modelos intentan explicar la angustia pertinaz
que aqueja a millones de personas en nuestra sociedad.
A pesar de vivir en la abundancia, carecen de
esperanza alguna. Carecen de esperanza porque
no tienen fe.
Conclusión
Y
ese es el dilema que se nos presenta en esta hora.
Hay quienes pueden tener esperanza aún
en un mundo de sufrimiento; hay quienes viven
desesperados en un mundo de abundancia. Son dos
actitudes muy distintas ante la misma realidad.
La primera está basada en la certeza de
la existencia de Dios y su presencia constante
en nuestros medios. La segunda expresa la condición
de millones de personas que han perdido la fe.
La
buena noticia es que--como dice 1 Pedro--los seres
humanos podemos “renacer a la esperanza”.
Por medio de la fe, podemos encontrarle sentido
a la vida tanto al nivel personal como colectivo.
Al nivel personal, podemos cultivar una “esperanza
viva” si nuestra actitud hacia el mundo
está basada en la confianza en Dios. Al
nivel colectivo, podemos recuperar la esperanza
si criticamos y desafiamos a la cultura, predicando
que se encuentra paz y justicia por medio de la
fe en el bendito “Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo”. A él damos
gloria, por toda la eternidad.