:: Sermones
Admiración
por
Pablo A. Jiménez
Admiración.
Ciertamente “Admiración” es
un nombre muy extraño para una meditación
sobre la fe. Por lo regular, nos admiramos ante
lo sorpresivo, lo extraordinariamente hermoso
o lo que causa temor. Sentimos admiración
ante lo desconocido o ante lo que representa una
amenaza para nuestra seguridad. Entonces, ¿de
qué modo se relaciona la fe con esta sensación
de temor? ¿Qué relación hay
entre la vida cristiana y la admiración?
En esta hora presentaremos la importancia que
tiene la admiración para el creyente y
daremos cuatro ejemplos concretos donde se manifiesta
esa sensación en la vida cristiana.
En
primer lugar, debemos afirmar que la admiración
es el punto de partida para toda búsqueda;
es el comienzo de toda jornada. En la vida, cada
ser humano encuentra diversas cosas que le atraen,
que le interesan y, entonces, procede a estudiarlas
de más cerca. La vida cristiana no es diferente.
El caminar de fe comienza cuando nos quedamos
maravillados ante la realidad del Dios que nos
llama y respondemos con fe a su Palabra santa.
De este modo, es imposible interesarse por las
cosas de Dios si no hay una sensación de
amor y respeto que nos lleve a buscar la presencia
de Dios.
En
segundo lugar, y a diferencia de la admiración
que nos lleva al estudio de otras materias, esa
sensación de admiración no puede
cesar después de un tiempo. Es imposible
que un creyente fiel pierda esa capacidad de maravillarse.
Esto es así, porque no estamos estudiando
una materia que pueda ser comprendida a cabalidad,
en todas sus partes. No amados míos. Nos
hemos acercado al Dios infinito, sabio, poderoso,
insondable y profundo. A aquél que es “alfa
y omega” (Ap. 1:8), el principio y el fin
del discurso (Ecl. 12:13). Nos hemos encontrado
con un Dios poderoso cuyo conocimiento siempre
nos sorprende, cuyo poder siempre nos maravilla,
cuya fidelidad siempre causa admiración.
De esta manera, podemos afirmar que es imposible
que una persona pueda llegar al conocimiento de
Dios sin maravillarse, o que pueda mantenerse
en la fe sin experimentar una profunda admiración
por el Dios que le ha dado la vida.
Quizás,
en este punto, sería provechoso presentar
algunos ejemplos donde esa sensación de
admiración se manifiesta en nosotros. El
primero de ellos, lo encontramos en la Biblia,
la Palabra de Dios. La Biblia contiene varios
relatos que causan admiración. Relatos
como el Éxodo, la conquista de Canaan,
las historias de David, el Exilio y restauración
de Judá, la historia del Bautista, el nacimiento
de Jesús, la cruz, la resurrección,
los milagros y las conversiones de distintas personas
al Evangelio de Jesucristo. Esas historias nos
hacen maravillar; nos hacen sentir admiración.
Otro
ejemplo lo tenemos en la maravilla de la conversión.
¿Quién no encuentra maravilloso
el cambio que puede ocurrir en una vida? Que se
puede pasar de muerte a vida; ir del pecado a
la gracia de Dios; o dejar atrás una vida
oscura por la luz del Evangelio de Jesucristo.
Jesucristo
mismo es nuestro tercer ejemplo. Él es
el evento definitivo de Dios. El es la persona
en quien Dios ha revelado su amor, sus cuidados
y su preocupación por cada uno de nosotros.
Y,
precisamente, nuestro cuarto ejemplo es el más
sorprendente de todas, el más maravilloso,
el más admirable. Lo que más admiración
debe causarnos es nuestra propia experiencia.
¿Se imaginan ustedes a un Dios santo que
recibe a criaturas pecadoras como hijas suyas?
¿Se imaginan que cada uno de nosotros ha
experimentado la más grande de las maravillas?
¿Comprenden ustedes que cada uno de nosotros
puede mirar al futuro y enfrentarlo sin temor
porque podemos decir “Dios me ama, a mí”?
Permita Dios que cada uno pueda admirarse ante
la profundidad de tal milagro.
¡Que
así nos ayude Dios!