:: Sermones

Espíritu

Por Pablo A. Jiménez

 

En las meditaciones anteriores hemos estado hablando de la palabra, los testigos, y la comunidad cristiana. Vimos cómo la Palabra nos crea, nos sostiene, nos convierte y demanda una respuesta de nuestra parte. Vimos, además, cómo esa Palabra fue revelada a un grupo de testigos que nos legaron sus experiencias con Dios en las Escrituras y cómo ese testimonio antiguo se mantiene vivo en medio de la comunidad cristiana, de la Iglesia de Jesucristo. En todo esto podemos ver una autoridad, un poder, una fuerza especial. Esa fuerza crea, sostiene, demanda, testifica, revela y convierte. Ese poder impactó a los escritores sagrados, dándole sabiduría divina para redactar el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Esa autoridad todavía es visible cuando una persona responde con fe y compromiso a la predicación del Evangelio.

Ahora bien, debemos señalar que ese poder divino no puede ser manipulado al antojo de ningún ser humano. Es más, nadie puede decir: “Yo tengo el poder divino.” Todo lo contrario, esa autoridad de Dios, por ser parte de Dios mismo, es libre y soberana. Esa fuerza celeste va y viene donde quiere; toca y transforma al que desea; es cómo el viento que “ni sabes de dónde viene, ni a dónde va” (Jn. 3:8b). Y nosotros debemos sentirnos felices cuando vemos que ese poder divino se manifiesta en lo que hacemos. Ese poder, esa fuerza, es lo que nosotros llamamos el Espíritu Santo.

La Escritura dice en II Cor. 3:17 “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” Esa libertad, es la libertad que Dios tiene de revelarse al ser humano, de hacerse accesible a la humanidad y así liberar al mundo del miedo, del pecado y de la muerte. Esa libertad de Dios, esa acción del Espíritu de Cristo en nosotros es lo que hace posible la existencia del Cristianismo. Es más, esa acción del Espíritu de Dios es lo que hace posible la existencia de cada creyente en el mundo, porque es Dios mismo, a través de su Espíritu el que transforma nuestras vidas y hace nuevos nuestros corazones.

No obstante, debemos tener en cuenta que hay dos formas de contristar al Espíritu y alejarlo de nuestras vidas. En primer lugar, apagamos el Espíritu cuando rechazamos su dirección; cuando no nos dejamos guiar por él; y cuando no tenemos la confianza para recibir la iluminación, la reprensión y la consolación del Espíritu Santo. En segundo lugar, alejamos la virtud divina de nuestras vidas cuando nos dejamos vencer por la pereza y tratamos de “domesticar” al Espíritu de Cristo; Espíritu que no puede ser domado, sino que actúa de manera libre y soberana en la creación.

Por lo tanto, debemos reconocer que a través del Espíritu Santo, Dios nos otorga su gracia y que, en última instancia, todos necesitamos de él. Cuando reconocemos nuestra pobreza, cuando reconocemos nuestra dependencia, y cuando reconocemos que necesitamos la dirección y la acción del Espíritu de vida en nuestras vidas, es cuando somos verdaderamente ricos en el Señor.

Quiera Dios que cada uno de nosotros reciba esa dirección divina para poder ser testigos efectivos en este mundo.

¡Así nos ayude Dios!