12
Mayo 2008
Me
dijeron que era bella
Me
dijeron que tenía 24 años
y que era bella. Me dijeron que tenía
un hijo de ocho años, que había
tenido a los 16. Me dijeron que desde los
14 años había sido la pareja
sentimental de un hombre que era 10 años
mayor que ella y que su relación
había sido tormentosa.
Cuando
llegué a la funeraria me dirigí
a la primera capilla. Me acerqué
al féretro y vi una mujer desfigurada,
con la piel manchada, que parecía
tener más de 40 años. Pensé
que me había equivocado de capilla.
“El
marido la estranguló, por eso se
ve así”, me dijo un caballero
que estaba a mi izquierda, cuya presencia
yo no había notado. “Mírela”,
me ordenó, señalando una fotografía
colocada entre los arreglos florales.
La
joven en la foto era tan hermosa como me
habían dicho. La piel morena clara
que exhibía en la foto había
quedado atrás. Su compañero
sentimental la había estrangulado,
lo que había desfigurado su rostro,
causando hematomas y hemorragias que le
daban un color grotesco a su piel.
Salí
de la capilla medio atontado por la escena.
Afuera, encontré al padre de la joven,
quien llevaba de la mano a su nietecito
huérfano. El hombre lloraba en silencio,
de manera casi imperceptible. Le extendí
la mano, me presenté y le di el pésame.
Secando sus lágrimas, el hombre trató
de hablar para explicarme lo que había
pasado. Yo lo detuve, indicándole
que una de sus sobrinas, quien es miembro
de la iglesia que pastoreo, ya me había
contado todo.
El
hombre continuaba estrechando mi mano, quizás
porque necesitaba apoyo. Entonces le dije:
“Yo sé que usted hizo todo
lo posible por separarla de ese hombre.
Esto no es su culpa. Es culpa del abusador”.
Esas palabras motivaron un torrente de lágrimas
y de palabras. El padre enlutado me contó
cómo la joven se había enamorado
del abusador siendo una niña; cómo
los intentos de disciplinarla fallaron;
y cómo el abusador escapó
a acusaciones de violación técnica
y de violencia doméstica.
Lo
más triste es que, aún después
de convertirse en toda una mujer, la joven
mantenía una relación ambivalente
y tormentosa hacia el abusador. Lo mismo
le ponía una orden de protección
que se iba de fin de semana con él.
No deseaba ser golpeada, pero respondía
celosa si se enteraba que el abusador estaba
saliendo con otra mujer. Por alguna razón,
la joven no encontraba cómo romper
los lazos que la unían al abusador.
Durante
las semanas que precedieron a su muerte,
la familia le dio un ultimátum a
la joven: “O rompes la relación
con el abusador o te vas de la casa”.
En respuesta, la muchacha volvió
a solicitar una orden de protección.
La corte asignó una fecha para revisar
la pensión alimentaria y la custodia.
Empero, el abusador le pidió una
última oportunidad y la joven accedió
a verlo. Ese fue el error que le costó
la vida.
El
padre de la joven muerta, quien era un perfecto
extraño, me abrazó y lloró
en mi hombro un rato. “Yo vuelvo mañana”,
le dije cuando finalmente se calmó
un poco. “El entierro es a las 10:00
a.m.”, respondió.
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