Criminalidad
y violencia en Puerto Rico:
Una perspectiva teológica y pastoral
Por
Pablo A. Jiménez
Escuche
el audio de esta conferencia
La
teología cristiana es la reflexión
sobre la práctica de la fe. Dicha reflexión
implica la interacción entre el conocimiento
de Dios—revelado en las Escrituras y mediado
por la tradición de la Iglesia—y
la experiencia humana, expresada por medio de
la cultura. Toda teología es misional y
pastoral, dado que analiza la acción de
Dios en el mundo y en la sociedad. De manera más
sencilla, podemos decir que la teología
cristiana interpreta la vida a la luz de la fe
de Jesucristo.
Desgraciadamente,
el crimen, la delincuencia y la violencia forman
parte integral de la vida puertorriqueña.
No hay comunidad en Puerto Rico que esté
libre del crimen y de sus consecuencias. Todo
esto nos obliga a considerar los aspectos teológicos
del tema.
La
violencia y el deseo
La
reflexión teológica sobre el tema
del crimen es mínima. La mayor parte de
los escritos sobre la violencia enfocan sus aspectos
estructurales. En particular, examinan cómo
la estructura socioeconómica, y la superestructura
ideológica que aquella informa, crea y
sostiene la violencia institucional contra los
sectores más débiles y vulnerables
de la sociedad.
Sin
embargo, la investigación nos lleva a considerar
los escritos de René Girard, un pensador
francés que ha publicado ensayos muy provocativos
sobre el origen de la violencia. La tesis de Girard
es muy compleja y no esperamos hacerle justicia
en el breve resumen que proveemos a continuación.
En su expresión más sencilla, Girard
afirma que el origen de la violencia es el deseo.
Sí, el deseo de poseer un objeto que está
en manos de otra persona. El sujeto—es decir,
la persona que desea—ve el objeto deseado
en las manos de otro, el mediador, quien se convierte
en el contrincante del sujeto. ¿Y por qué
le llamamos el mediador? Porque el sujeto no desea
el objeto hasta que lo ve en las manos de la otra
persona. El deseo de poseer el objeto es mediado
por el impulso a imitar la conducta del otro.
Un
ejemplo nos ayudará a comprender esta teoría.
Pepito es un niño de cinco años,
quien ve a Juanito, su primo, jugando con un balón.
Pepito encuentra el balón atractivo y lo
desea. Entonces confronta a Juanito y le pide
que le dé el balón. Juanito se niega
rotundamente, afirmando que el balón le
pertenece. La confrontación entre los dos
niños escala y terminan peleando. En este
caso, Pepito es el sujeto, el balón es
el objeto y Juanito es el mediador.
El
crimen surge, pues, de la codicia. El deseo descontrolado
de poseer algo ajeno lleva al ser humano a confrontar
violentamente a los demás. En el proceso,
el objeto pierde su valor y la controversia se
convierte en un fin en sí misma. Volviendo
al ejemplo de los niños, mientras están
peleando nadie está jugando con el balón.
Uno de ellos puede esconderlo y hasta destruirlo
con tal de «ganarle» a su contrincante.
Por
eso, podemos afirmar que la mayor parte de los
conflictos no tienen razón de ser. El incidente
que provocó el conflicto se olvida y la
lucha se convierte en una batalla por el prestigio
de ganar y por el placer de derrotar al contrincante.
Lo
más grave es que, en la controversia por
obtener el objeto deseado, el sujeto termina deshumanizando
al contrincante. En lugar de verle como un ser
humano valioso, lo vemos como un estorbo o como
un enemigo que impide el logro de nuestros deseos.
Aquí
llegamos al campo de lo teológico. El criminal
que usa la violencia para someter a los demás
a sus deseos actúa como si fuera un «dios»
que tiene derecho sobre la vida de los demás.
En el caso del asesinato, el criminal actúa
como una divinidad que se atribuye la prerrogativa
de decidir quién vive y quién muere.
El asesino se ve a sí mismo como aquel
que tiene en sus manos la vida y la muerte del
otro.
La
violencia y la cruz
La
teología cristiana debe reflexionar sobre
el crimen, dado que el origen de nuestra fe es,
precisamente, un crimen: el asesinato de Jesús
de Nazaret. La cruz es el símbolo central
de la fe cristiana. En la cruz, el inocente por
excelencia fue asesinado por «nada»,
pues fue acusado falsamente.
Nótese
que, en el Evangelio de Juan, Poncio Tiberio Pilato,
el gobernador militar, reclama el derecho a decidir
sobre la vida o la muerte de Jesús, cuando
lo amenaza diciendo: «¿No sabes que
tengo autoridad para crucificarte o para soltarte?»
(Jn. 19:10). Jesús responde a sus palabras
afirmando la humanidad de Pilato cuando responde:
«Ninguna autoridad tendrías contra
mí si no te fuera dada de arriba…»
(Jn. 19:11). Es decir, Jesús responde afirmando
que el misterio de la vida y de la muerte está
en las manos de Dios, no en las de Pilato.
Una
reflexión teológica sobre el auge
del crimen y de la delincuencia en Puerto Rico
debe llevar a la Iglesia a considerar, por lo
menos, los siguientes puntos:
1.
La cruz de Jesús es la muerte que tiene
el propósito de acabar con todas las muertes.
Jesús murió para dar vida, y vida
abundante (Jn. 10:10). Jesús murió
para denunciar y desenmascarar los poderes del
mal, del pecado y de la muerte, liberando a la
humanidad del control de las fuerzas malignas.
2.
El mensaje de la cruz debe conducirnos a una pastoral
de solidaridad con las víctimas del crimen,
particularmente de las personas más débiles
y vulnerables de la sociedad.
3.
La proclamación evangélica debe
afirmar la plena humanidad del otro. En tono profético,
la predicación cristiana debe denunciar
a las instituciones y a los agentes del mal que
deshumanizan a los demás.
4.
La Iglesia también debe denunciar el impulso
consumista, que lleva a la sociedad a codiciar
cada vez más cosas. También debe
alzar su voz profética contra el impulso
hedonista que motiva el consumo de substancias
controladas cuyo único propósito
es proveer una sensación de bienestar pasajero.
5.
Es necesario desarrollar programas de capellanía
para fomentar la transformación de aquellas
personas que han caído en la garras del
crimen y de la adicción.
6.
La Iglesia debe comprender que la educación
religiosa está íntimamente ligada
a la enseñanza de valores positivos. Educar
en la fe es enseñar los valores del reino
de Dios, tales como el amor, el gozo, la paz,
la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe,
la mansedumbre y la templanza (véase Gal.
5:22-23).
7.
Finalmente, la Iglesia debe confesar su pecado,
pues en ocasiones ha sido cómplice de la
violencia que arropa al País. Por ejemplo,
cuando una Iglesia local exhorta a una víctima
de violencia doméstica a permanecer en
una relación abusiva, legitima el crimen
y peca contra Dios, contra la víctima y
contra la sociedad.
Conclusión
La
sociedad puertorriqueña necesita que la
Iglesia—en sus diversas expresiones—alce
su voz para educar a la sociedad sobre la violencia
social y para defender a las víctimas del
crimen y de la delincuencia en Puerto Rico. Nuestra
Isla lo necesita.