4 Febrero 2008

Iglesia y estado

La idea de la separación entre la iglesia y el estado surge en respuesta a las políticas de los estados europeos modernos. En gran parte, la Reforma Protestante fue posible porque el viejo Sacro Imperio Romano se desquebrajó, surgiendo así los estados europeos.

Siguiendo las pautas del medioevo, los estados se aliaron a movimientos religiosos. Había estados católicos y protestantes. Entre los protestantes, había estados anglicanos, luteranos y reformados, entre otros. La colonización de América ofreció una válvula de escape para las minorías religiosas europeas, quienes se sentían oprimidas en sus respectivos países. Por ejemplo, puritanos ingleses y hugonotes franceses emigraron al Nuevo Mundo añorando la libertad de culto que no encontraban en sus países. Sin embargo, la hegemonía británica implicaba que la Iglesia Anglicana tendría un lugar privilegiado en la sociedad norteamericana.

Por ser la “Iglesia Oficial”, sus líderes tendrían acceso a los centros de poder, sus ministros recibirían subsidios del Estado y sus templos ocuparían los lugares más prominentes en las ciudades. Al triunfar la Revolución Estadounidense, líderes religiosos de distintas denominaciones presionaron para que la nueva Constitución proclamara la libertad de culto.

También en Francia la Revolución Francesa proclamó el estado laico. Así surge el lenguaje que informa la Constitución de Puerto Rico: “No se aprobará ley alguna relativa al establecimiento de cualquier religión ni se prohibirá el libre ejercicio del culto religioso. Habrá separación de la iglesia y el estado” (Artículo II, Sección 3).

Yo afirmo la separación de la iglesia y el estado. Yo no deseo que el estado apruebe un credo o una religión oficial. Durante mis experiencias en Centro y Sur América durante las décadas de los 80 y 90 pude ver de primera mano el discrimen que se establece cuando un país tiene una Iglesia oficial. Reitero, no tengo interés en que el estado tenga una iglesia oficial u obligue al pueblo a someterse a doctrina alguna. La separación de la iglesia y el estado no sólo protege a la primera de los excesos de los grupos religiosos extremistas, sino también de los abusos del estado.

En el ámbito puertorriqueño, las iglesias tienen ciertos privilegios de los cuales voy a comentar dos. El primero es la exención contributiva. Aunque otras instituciones también están exentas, las iglesias no están obligadas a rendir informes anuales al estado. El segundo privilegio es que el estado permite que los ministros oficien matrimonios. Mucha gente no sabe que cuando un ministro oficia una boda e inscribe un matrimonio está actuando como representante del estado. Mi preferencia sería que las iglesias no tuvieran estos privilegios. Esto dejaría más claros los linderos entre la iglesia y el estado.

Creo que las iglesias deberían tener los mismos derechos y responsabilidades de cualquier otra corporación sin fines de lucro y que el estado debería encargarse de los aspectos legales de los matrimonios, dejando a las iglesias los aspectos ceremoniales y religiosos. Empero, en nuestro actual estado de derecho el matrimonio es una institución donde la iglesia y el estado colaboran.

Los cambios en las leyes que regulan el matrimonio afectan directamente a los líderes religiosos y a las congregaciones que pastorean. Ahora bien, las personas que se consideran a sí mismas como “religiosas” tienen derecho a opinar sobre los problemas y las situaciones que afectan sus respectivos países. Como cualquier otro ciudadano que pague impuestos, tienen derecho a contribuir al debate social y a participar del proceso político, si así lo desean. Su participación no cancela la separación entre la iglesia y el estado. Claro está, cada cual tiene el deber de participar de manera responsable. Le toca al pueblo condenar y rechazar a quienes participen de manera irresponsable e irrespetuosa.

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