:: Teología Pastoral
Éxito
y fidelidad
por
Pablo A. Jiménez
Serían
como las 2:00 p.m. Había salido unos 10
minutos antes de la Academia Discípulos
de Cristo en Montañez. Caminaba a mi casa;
caminaba por necesidad. Mami estaba enferma, mas
bien, estaba muriendo. El dinero escaseaba. Mi
presupuesto diario para ir a la escuela era de
35¢, suma que gastaba en la mañana
cuando tomaba el carro público desde el
difunto "Bates" hasta la intersección
de la avenida Santa Juanita con la Carretera 174.
Por eso caminaba a casa en la tarde; por eso no
comía cosa alguna en la Academia.
Serían
como las 2:00 p.m. cuando el sol picante de primavera
nos instó a entrar al Kentucky Fried Chicken
del Victory Shopping Center para tomar agua. Digo
“nos” porque no caminaba solo. Me
acompañaba mi buen amigo, Benny Guevara.
Yo caminaba por necesidad; él caminaba
para que yo no caminara solo.
Al
entrar al Kentucky encontré a Vidal con
su familia. Vidal, un primo de mi mamá,
era el “evangélico” ejemplar
de mi familia. Con su pantalón negro, su
camisa blanca y su corbata oscura, Vidal era la
viva estampa de la santidad pentecostal. Hombre
de mirada serena y de hablar pausado, Vidal era
el único creyente a quien mi familia materna
respetaba.
No
recuerdo qué hacía Vidal por aquellos
lares. La mente me traiciona. Quizás estaba
visitando a --y orando por-- mi madre enferma.
No sé. Lo que nunca olvidaré es
que no me invitó a comer.
Yo
no comía desde la tarde anterior cuando
Edwin, mi padre de crianza, me había comprado
un “Whopper”... y no comería
nada más hasta que me comprara otro. Por
eso el pollo, el pan y las papitas me parecieron
más suculentas que nunca. Pero el tan esperado
“¿Gustas?” nunca llegó.
Han
pasado muchos años desde aquel episodio.
Ahora rara vez visito un Kentucky. No voy por
dos razones. Por un lado, no puedo. Las hambres
terribles que pasé ese fatídico
año de 1975 me afectaron el estómago:
Hay ciertos alimentos que no me caen bien al estómago.
Por otro, no quiero. No quiero porque cada vez
que entro a un Kentucky me parece ver a un mozalbete
sudado y hambriento esperando la pregunta ausente:
“¿Gustas?”.
Hoy
puedo darme el lujo de no comer pollo frito. Sí,
porque poder decidir lo que uno va a comer es
un lujo para mi. Un lujo logrado con mucho estudio,
con mucho trabajo, con mucho esfuerzo.
Hoy
los papeles se han invertido. Ahora yo soy el
evangélico más “famoso”
de mi familia. Ahora soy yo el que puedo estar
sentado frente a la mesa abundante, rodeado de
aire acondicionado. Eso implica que el que corre
el peligro de “comer pan delante de los
pobres” soy yo. Hoy, yo soy “Vidal”.
Sí.
Ahora el que corre el peligro de pecar de esa
manera soy yo. Digo “pecar” porque
comer pan delante de los pobres es pecado. Porque
pavonear los lujos adquiridos ante quienes carecen
de lo básico para vivir es una falta de
respeto al prójimo y al Dios que nos creó.
Comer
pan delante de los pobres es pecado. Lo implica
Pablo cuando condena al que “se adelanta
para tomar su propia cena” dejando a los
demás con hambre (I Co. 11.21). Lo implica
Santiago cuando afirma que quienes le dicen al
necesitado “Id en paz, calentaos y saciaos”
pero no les dan “las cosas que son necesarias
para el cuerpo” tienen una fe muerta (Stg.
2.14-16). Lo dice explícitamente I Juan
3.17-18: “Pero el que tiene bienes de este
mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra
contra él su corazón, ¿cómo
mora el amor de Dios en él? Hijitos, no
nos amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho
y en verdad.”
- Hace
años yo era el hambriento; hoy
soy el saciado.
- Hace
años yo era el pobre; hoy vivo como un
rico.
- Hace
años yo envidiaba; hoy soy el envidiado.
- Hace
años yo era la víctima; hoy soy
el victimario.
Soy
el victimario potencial y pertenezco a una denominación
que corre el mismo peligro. Del mismo modo en
que yo pude escapar de la pobreza en que me dejó
la orfandad, la Iglesia Cristiana (Discípulos
de Cristo) en Puerto Rico ha superado su pobreza
inicial. Las iglesias que en septiembre de 1934
--cuando apenas recogían unas pesetas de
ofrendas-- prefirieron declararse en sostenimiento
propio antes de apagar el fuego del Avivamiento,
hoy recogen millones de dólares. Contamos
con más de 100 congregaciones. La mayoría
puede sostener con dignidad a sus pastoras y ministros.
Algunas hasta pueden tener aún más
de un pastor y proveerles las herramientas modernas
necesarias para su trabajo. La ICDC en Puerto
Rico ha tenido “éxito”.
Eso
es lo que me hace recordar la frase que el Rev.
Roberto A. Rivera, presidente de la Asociación
para la Educación Teológica Hispana
(AETH), me enseñó hace poco. Un
frase que me ha obligado a examinar toda mi vida:
“Dios no nos ha llamado a tener éxito;
nos ha llamado a ser fieles.” Sus palabras
saben a verdad. Yo he tenido cierto “éxito”
en mi carrera ministerial. Ahora bien, ¿he
sido fiel? Esa es la pregunta clave.
Éxito
y fidelidad. Quizás lo primero ha venido
a expensas de lo segundo. Quizás he estado
tan ocupado trabajando para Dios que he olvidado
estar con Dios. Quizás tengo que volver
a convertirme. O lo que es mejor, tengo que volver
a la práctica de la fe que me enseñaron
Doña Rafa, desde su lecho de enferma; Don
Ciro, en la ICDC en Juan Sánchez; y Doña
Cristina, en Sonadora. Y junto conmigo, quizás
toda nuestra hermandad tenga que volver a la senda
antigua trazada por la larga lista de heroínas
y héroes de la fe que nos enseñaron
con su ejemplo que el único “éxito”
que agrada a Dios es aquel que nace de la fidelidad.
Quiera
Dios bendecirnos. Quiera Dios enseñarnos
a vivir con sencillez, en humildad, y en solidaridad
con las personas necesitadas. Quiera Dios librarnos
de la seducción del lujo y del exceso al
que nos invita la sociedad de consumo. Quiera
Dios hacernos sensibles a las miradas de aquellos
que admiran lo mucho que tenemos rogando escuchar
la ansiada pregunta: “¿Gustas?”.