20 Marzo 2008

La muerte del inocente

En el 1987 el gobierno de Costa Rica hizo un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para negociar su deuda externa. Como parte del convenio, la república quedaba obligada a comprar maíz de los Estados Unidos. El problema era que el producto extranjero era más caro que el maíz producido por los campesinos costarricenses.

El Fondo Monetario Internacional sugirió que, a largo plazo, esos agricultores debían sembrar flores y frutas exóticas. Sin embargo, esto no trajo paz alguna a los campesinos, que tenían sus graneros llenos de maíz que no podían vender. Por eso, se tiraron a la calle, marchando por la capital, en protesta contra la decisión del gobierno.

En aquel tiempo yo vivía en San José -la capital costarricense- y vi la demostración por televisión. La policía le cayó a palos a los campesinos, muchos de los cuales estaban con sus familias. Terminaron buscando refugio en la Catedral de San José. La policía rodeó el templo por varios días. Las negociaciones tomaron semanas.

Lo interesante es que Costa Rica era el país más pacífico de América Central y que el presidente de turno, Oscar Arias, ganó el Premio Nobel de la Paz en el 1987 por sus esfuerzos para acabar las guerras que sacudieron el subcontinente en la década de los ochenta. El gobierno de este excelente presidente, siguiendo las pautas del neoliberalismo, decidió que debían sacrificar a los campesinos para asegurar el bienestar del país. Hoy día la economía de Costa Rica se distingue por la exportación de flores y frutas exóticas.

El Viernes Santo recordamos otro sacrificio, es de un predicador palestino hace casi 2,000 años. Jesús de Nazaret también fue crucificado para asegurar el buen funcionamiento del sistema político y económico de la época. Como dijo uno de sus enemigos: “Nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (Juan 11:50, RVR 1995).

La muerte injusta de Jesús queda grabada en la historia como una denuncia contra todas las muertes injustas. Jesús murió para desenmascarar el mal; para tratar de evitar que los inocentes sigan muriendo innecesariamente. El Dios de Israel, que es el Dios de Jesucristo, no necesita sacrificios humanos. Esa fue de una de las primeras enseñanzas que recibió Abraham (véase Génesis 22). Esa es una de las enseñanzas más importantes de la cruz.

Sin embargo, nuestra sociedad sigue sacrificando gente. Es como si nos dijera: “Que muera el criminal, el adicto y el borracho. Que muera la prostituta y el enfermo mental. Que muera el pobre, el desempleado y el discapacitado. Que muera el 'otro' para que 'nosotros' podamos vivir en paz”. Empero, la cruz de Jesús anuncia que Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo para que todas aquellas personas que crean en él no se pierdan, sino que tengan vida eterna (Juan 3:16). Dios no desea que nadie perezca, sino que todos procedamos al arrepentimiento (2 Pedro 3:9).

Una vez más, no hay que ser religioso para solidarizarse con el mensaje de Jesús. Dios desea que todo ser humano tenga vida y vida en abundancia. En esta Semana Santa, en lugar de atacar al “otro”, miremos al hombre inocente que cuelga de una cruz. Escuchemos su mensaje de vida, de reconciliación y de paz.

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