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Marzo 2008
La
muerte del inocente
En
el 1987 el gobierno de Costa Rica hizo un
acuerdo con el Fondo Monetario Internacional
(FMI) para negociar su deuda externa. Como
parte del convenio, la república
quedaba obligada a comprar maíz de
los Estados Unidos. El problema era que
el producto extranjero era más caro
que el maíz producido por los campesinos
costarricenses.
El
Fondo Monetario Internacional sugirió
que, a largo plazo, esos agricultores debían
sembrar flores y frutas exóticas.
Sin embargo, esto no trajo paz alguna a
los campesinos, que tenían sus graneros
llenos de maíz que no podían
vender. Por eso, se tiraron a la calle,
marchando por la capital, en protesta contra
la decisión del gobierno.
En
aquel tiempo yo vivía en San José
-la capital costarricense- y vi la demostración
por televisión. La policía
le cayó a palos a los campesinos,
muchos de los cuales estaban con sus familias.
Terminaron buscando refugio en la Catedral
de San José. La policía rodeó
el templo por varios días. Las negociaciones
tomaron semanas.
Lo
interesante es que Costa Rica era el país
más pacífico de América
Central y que el presidente de turno, Oscar
Arias, ganó el Premio Nobel de la
Paz en el 1987 por sus esfuerzos para acabar
las guerras que sacudieron el subcontinente
en la década de los ochenta. El gobierno
de este excelente presidente, siguiendo
las pautas del neoliberalismo, decidió
que debían sacrificar a los campesinos
para asegurar el bienestar del país.
Hoy día la economía de Costa
Rica se distingue por la exportación
de flores y frutas exóticas.
El
Viernes Santo recordamos otro sacrificio,
es de un predicador palestino hace casi
2,000 años. Jesús de Nazaret
también fue crucificado para asegurar
el buen funcionamiento del sistema político
y económico de la época. Como
dijo uno de sus enemigos: “Nos conviene
que un hombre muera por el pueblo, y no
que toda la nación perezca”
(Juan 11:50, RVR 1995).
La
muerte injusta de Jesús queda grabada
en la historia como una denuncia contra
todas las muertes injustas. Jesús
murió para desenmascarar el mal;
para tratar de evitar que los inocentes
sigan muriendo innecesariamente. El Dios
de Israel, que es el Dios de Jesucristo,
no necesita sacrificios humanos. Esa fue
de una de las primeras enseñanzas
que recibió Abraham (véase
Génesis 22). Esa es una de las enseñanzas
más importantes de la cruz.
Sin
embargo, nuestra sociedad sigue sacrificando
gente. Es como si nos dijera: “Que
muera el criminal, el adicto y el borracho.
Que muera la prostituta y el enfermo mental.
Que muera el pobre, el desempleado y el
discapacitado. Que muera el 'otro' para
que 'nosotros' podamos vivir en paz”.
Empero, la cruz de Jesús anuncia
que Dios amó tanto al mundo que envió
a su Hijo para que todas aquellas personas
que crean en él no se pierdan, sino
que tengan vida eterna (Juan 3:16). Dios
no desea que nadie perezca, sino que todos
procedamos al arrepentimiento (2 Pedro 3:9).
Una
vez más, no hay que ser religioso
para solidarizarse con el mensaje de Jesús.
Dios desea que todo ser humano tenga vida
y vida en abundancia. En esta Semana Santa,
en lugar de atacar al “otro”,
miremos al hombre inocente que cuelga de
una cruz. Escuchemos su mensaje de vida,
de reconciliación y de paz.
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