17 Diciembre 2007

Mundo de juguete

El 11 de septiembre de 2001, Guillermito se encontraba viendo la televisión. Al igual que usted y yo, el joven de 13 años vio una y otra vez la repetición del derrumbe de las Torres Gemelas.

Guillermito, quien es brillante a pesar de los problemas de desarrollo que sufre desde su nacimiento, le dijo a su mamá: “Yo he visto eso antes”. Iris no le hizo caso, sabiendo que en ocasiones su hijo puede comportarse como un niñito.

Sin embargo, Guillermito buscó su copia de la película “Independence Day” y puso la escena donde una nave espacial destruye las Torres Gemelas. “¿Ves, mami?”, dijo el joven, “esto ya lo habían pasado por la televisión”.

La sociedad postmoderna ha perdido la capacidad de hacer una clara distinción entre la realidad y la fantasía. Nuestra capacidad para producir fantasías es tan amplia, que en ocasiones nuestros simulacros opacan y hasta destruyen la realidad.

Tómese, a manera de ejemplo, el desafío que presenta el sexo virtual. Aunque éste es meramente una forma sofisticada de masturbación, hay personas que lo encuentran más intenso y satisfactorio que el sexo cara a cara. La imagen computarizada es perfecta, sin las libras de más que tiene nuestra pareja. La pareja virtual responde con pasión a todas nuestras iniciativas y está dispuesta a hacer todo lo que nuestra pareja real encuentra repugnante. El problema es que el sexo virtual es falso, tan falso como un billete de tres dólares.

La juventud actual crece en un mundo donde la frontera entre la realidad y la fantasía es tenue, situación que agrava la crisis de valores que nos arropa. Necesitamos, pues, rescatar la realidad. Es mejor vivir en el mundo real que en el falso mundo de juguete creado por la sociedad postmoderna.

¿Cómo podemos aprender a discernir la verdad en medio de la avalancha de simulacros postmodernos?

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