:: Teología Pastoral

El “evangelio” de la soledad

por Pablo A. Jiménez

Una mujer sale de su oficina cerca de las tres de la tarde. Una vez en el “lobby” del edificio se detiene en un “cajero automático” para obtener 500 dólares en efectivo. Después sale y toma un taxi. Este la lleva al aeropuerto donde, después de una comida ligera en el “food court”, aborda un avión a Miami. Tras dos horas de viaje, llega a la ciudad floridiana, toma un taxi y se instala en un hotel. Esa noche, en lo que llega la mañana cuando tendrá que ir a trabajar, la acompaña la televisión.

Las actividades que hemos descrito en el párrafo anterior se han vuelto cotidianas para muchos de nosotros. Nos hemos acostumbrado a vivir en espacios anónimos, que precisan intercambios mínimos con los demás. Con sólo decir “al aeropuerto, por favor”, “¿cuánto es?” y “muchas gracias”, podemos llegar en taxi a nuestro destino. Basta presentar un pasaje de avión y contestar dos o tres preguntas tontas--como “¿ha recibido usted algún paquete de un extraño?”--podemos volar a otra ciudad. Frases como “un número uno, por favor”, nos aseguran que tendremos una comida bastante completa. En todos estos casos, las relaciones interpersonales se minimizan. Ni siquiera necesitamos preguntarle el nombre a quien nos atiende, ya que el taxista tiene colgado en el auto un permiso con su foto y la empleada de la aerolínea tiene un “name tag”. En el caso del cajero automático, la otra persona sencillamente desaparece. Es la máquina la que mágicamente nos saluda por nuestro nombre, nos facilita las transacciones y nos da las gracias por nuestra “visita”.

Estos espacios anónimos se siguen multiplicando en nuestra sociedad. De alguna manera, sustituyen a otros espacios donde las relaciones personales eran centrales. Antes comprábamos la carne en la carnicería de Don Cecilio; ahora la compramos en el supermercado. Sabíamos que Cecilio era cubano, que había luchado en la revolución, que había salido de su país a duras penas--desencantado con el gobierno de Castro. Lo sabíamos porque hablábamos con él mientras cortaba el pedazo de carne que le habíamos pedido, después de decirle que estabamos esperando visitas. Antes conocíamos a quienes nos atendían en los comercios porque formábamos parte de la misma comunidad. Ahora no necesitamos conocer a nadie; vamos al “mall”, estacionamos el auto, entramos en el supermercado, compramos un pedazo de carne que ya está empaquetado, vamos a la caja, respondemos con un “bien, gracias” al saludo forzado de la cajera, salimos de la tienda, nos subimos al auto y nos vamos.

Lo triste es que estamos solos. Estamos profundamente solos en medio de las muchedumbres. Pueden haber 300 personas en el supermercado, pero no hay sentido alguno de comunidad. Quizás alguien rompe la norma, hablando con nosotros por un corto rato: “¡Tanto tiempo!...¿Cómo estás?...¿Y la familia?”. Pero pronto la prisa se impone y volvemos a encerrarnos en nuestra soledad. Estamos tan solos que algunas de las personas que nos parecen más conocidas son perfectas extrañas. La tele nos ofrece una gran variedad de “amigos agradecidos por recibirlos en nuestras casas”; personas que en la vida real no nos conocen y que no tienen la mínima intención de visitarnos. Pero en la fantasía de los medios de comunicación masiva, estas personas son nuestras compañeras. Nos acompañan en San Juan o en Buenos Aires; en Bogotá o en Miami. Cristina, Sevsec, Ricky Martin, Chayanne, Thalía y los reporteros de CNN nos hacen sentir como si estuviéramos en casa.

El antropólogo francés Paul Augé ha acuñado una frase muy descriptiva para referirse a estos espacios del anonimato donde la gente está efectivamente sola a pesar de las personas que le rodean. Augé llama a estos espacios los “no-lugares”.1 A pesar de ser espacios reales no son “lugares” porque no hay interacciones significativas con otras personas; porque nos permiten cargar a cuestas nuestra propia soledad sin que nadie nos moleste. Quizás el ejemplo más gráfico de un “no-lugar” es el espacio cibernético de las computadoras. Las comunicaciones por correo electrónico (mejor conocidas como “e-mail”), permiten intercambiar información sin tener contacto alguno real con otras personas. Esto, unido a las gráficas que ofrecen las páginas matrices (“web pages”), permiten tener el desarrollo de relaciones interpersonales “virtuales”. Creo que la máxima expresión de soledad cibernética es el “sexo virtual”, ya que hay cientos de miles de personas que hoy prefieren acariciar el plástico de un teclado (“keyboard”) a acariciar la piel de otra persona.

La lectura de los trabajos de Augé me ha llevado a preguntarme hasta qué punto la iglesia contemporánea continúa siendo un “lugar” de encuentro para la comunidad. No cabe duda que en el pasado la iglesia puertorriqueña ha sido un espacio de encuentro donde la gente se conocía, compartía el mensaje del evangelio, y trabajaba unida para implantar programas, tejiendo así relaciones interpersonales complejas y profundas. De hecho, podemos decir que la iglesia es quizás el único espacio donde todavía la gente se encuentra para cantar, estudiar, orar y aprender juntas.

Pero no podemos tapar el cielo con la mano. La verdad es que--a la par del modelo de iglesia de comunidad--está surgiendo otro modelo de iglesia. Esta es la congregación a la cual las “visitas” llegan no porque fueron invitadas por un familiar o un amigo, sino porque vieron algún anuncio o alguna referencia a ella en medios de comunicación masiva escrita o electrónica. La gente llega a estas congregaciones porque escucharon un anuncio en la radio o porque vieron al pastor casando a una celebridad en una revista de chismes. Las “visitas” llegan, dejan sus autos en el estacionamiento vigilado por muchachos identificados con “name tags” que dicen “Ujier”, entran al templo, reciben un programa escrito que les ayuda a participar de la “adoración”, cantan siguiendo las letras proyectadas por una pantalla, saludan efusivamente a personas extrañas cuando se lleva a cabo el saludo de la paz, estrechan la mano del ministro o de alguno de sus ayudantes al finalizar el “culto”, suben a sus autos y se van. Los intercambios personales son mínimos. Aparte de los saludos de rigor, su única conversación significativa fue con otro “Ujier” que le dio a llenar la tarjeta de visitas. Esa tarjeta es el medio por el cual la información personal provista por cada “visitante” irá a parar a una base de datos computarizada, asegurando así el establecimiento de una “relación virtual”. Los datos obtenidos servirán para que un miembro del Comité de evangelismo y nuevos miembros le llame para darle las gracias por su “visita” y pedirle que vuelva otra vez. La voz telefónica le indica que la iglesia ofrece un programa de ejercicios aeróbicos al son de música “cristiana” y un grupo de apoyo que busca adelgazar usando principios “bíblicos”. También servirán para enviarle por correo una invitación a la próxima campaña de aniversario, donde un grupo músical “cristiano” de fama internacional cantará las canciones incluidas en su más reciente vídeo clip, incluido en su “CD”.

A pesar de todo este activismo, las personas que visitan estas congregaciones están profundamente solas antes, durante y después del culto. En cierto sentido, presentan las mismas categorías de los “no-lugares” que definimos anteriormente. ¿Cómo podremos llamar a estas congregaciones? ¿Qué nombre sería adecuado para caracterizarlas? Si seguimos la lógica de los trabajos de Augé--a falta de otro nombre más adecuado--podríamos llamar a este tipo de congregación la “no-iglesia”.

Quizás esto parezca un tanto extremo, ya que no podemos negar que hasta en las congregaciones cristianas más gigantescas e impersonales hay pequeños grupos que cultivan relaciones interpersonales profundas. Del mismo modo, reconocemos que hasta en las iglesias de comunidad más efectivas hay feligreses que se sienten solos, pues nunca logran integrarse a la dinámica congregacional. No obstante, hay un factor que nos impide llamar “iglesias” a las congregaciones impersonales: que tratan a la feligresía como un “mercado” no como una comunidad. Expliquemos brevemente lo que queremos decir con la distinción entre “mercado” y “comunidad”.

Las corporaciones contemporáneas usan técnicas de mercadeo para poder vender sus productos al público. Uno de los primeros pasos que deben tomar es determinar cual es su “mercado”, es decir, quienes son las personas o las instituciones interesadas en comprar o usar sus productos o servicios. El “mercado” no es un todo integrado sino una realidad compleja y diversa. Se divide por edades (niños, adolescentes, jóvenes adultos, adultos, envejecientes, etc.); por género (hombre, mujer); por grupos étnico-raciales (puertorriqueño, hispano, latinoamericano, estadounidense, etc.); por nivel educativo (estudios de secundaria, técnicos, universitarios, graduados, postgraduados, etc.); y por literalmente decenas de variantes que sería muy largo enumerar. Sin embargo, uno de los criterios determinantes a la hora de delimitar un “mercado” para un producto es la posición socio-económica de los clientes potenciales: ¿Cuál es su ingreso mensual? ¿Cuanto dinero tienen para gastos discrecionales? ¿Cuánto cuesta el auto que conducen? ¿Cuál es el precio de su casa? ¿En que zona de la ciudad está su casa?, etc. Cualquier empresa, antes de comenzar a producir sus productos o a ofrecer sus servicios--tiene que determinar cual es el mercado que desean alcanzar (lo que se llama en Castilla la Vieja el “target market”).

Volviendo al tema, lo que verdaderamente me perturba de las congregaciones grandes e impersonales es que, al parecer, tienen un “target market” muy bien definido. Aspiran a ser congregaciones urbanas que sirvan primordialmente a las capas media-alta y alta de la sociedad. Su “mercado” principal son las personas profesionales, los negociantes, los industriales y las celebridades. Por eso ofrecen un ambiente muy parecido al de un “mall” o al de una empresa de servicios; ambiente caracterizado por la alta eficiencia en transacciones que--a pesar de la cortesía de quienes ofrecen los servicios--son profundamente impersonales. Por eso también el culto tiene una cierta calidad “espectacular”; por eso parece un “show”. Para apoyar mis argumentos, ofrezco a la siguiente historia--que me relató una amiga hace unos años--a manera de ejemplo:

El jueves pasado me sentía medio “down”. Por eso decidí ir a la iglesia del Rev. Fulano de tal. A la hora del sermón, el pastor salió a predicar disfrazado de boxeador. Entonces dijo que ese día venía a “pelear con el diablo”. La verdad es que su sermón no me edificó nada, pero me reí tanto que se me quitó el “down”.

Este tipo de cosas no ocurren únicamente en Puerto Rico. En los Estados Unidos hay varios “ministerios” que combinan el entretenimiento con la predicación. Hemos visto cosas tan extremas como un grupo de fisiculturistas “cristianos” que recitan textos bíblicos y testifican mientras rompen guías telefónicas o barras de hielo. También a un ministro que--imitando el “show” de David Lettermann--reemplazó el púlpito de su iglesia por un escritorio desde el cual lee cada domingo un “top ten list” de chistes. Es sobre la base de este tipo de experiencias que afirmamos que en las “no-iglesias” un “no-ministro” celebra un “no-culto” cuyo propósito principal no es tanto adorar a Dios como entretener a la gente, haciéndola sentir bien. En una palabra, este tipo de congregación imita las características de los “no-lugares” que aumentan cada día más en nuestra sociedad porque aspiran a servir al mismo “mercado” que patrocina dichos “no-lugares”.

Hay varios criterios para determinar el “éxito” y la efectividad de una congregación. Si usamos únicamente el monto del presupuesto y la asistencia promedio semanal como criterios, tendríamos que llegar forzosamente a la conclusión de que las “no-iglesias”--particularmente las mal llamadas “mega-iglesias”--son las congregaciones más efectivas. Sin embargo, si usamos como criterio el desarrollo de una comunidad cristiana que crece en la fe trabajando unida en la misión de colaborar con Dios en la proclamación y edificación del reino de Dios, serían las iglesias de comunidad las que--no importando su tamaño--serían las más efectivas.2

Bueno, escoja usted. Usted tiene la opción de pertenecer a una congregación que aspire a ser una verdadera comunidad cristiana donde la presencia de Cristo se encarne en las relaciones fraternales de su feligresía. O bien puede visitar una congregación impersonal donde la gente esté efectivamente sola a pesar de estar rodeadas de una multitud. Usted escoge: el evangelio del reino o el evangelio de la soledad.

Notas Bibliográficas

1. Paul Augé, Los no-lugares (Editorial Gedisa).

2. En este punto debemos aclarar que una congregación de feligresía numerosa bien puede conservar su sentido de comunidad. En Puerto Rico hay varios ejemplos de esto. Por ejemplo, tanto la Iglesia Bautista de Carolina como la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en la Calle Comerío de Bayamón supieron crecer sin comprometer el mensaje del reino. Señalamos estos casos porque cada una de estas congregaciones creció a la vez que plantaba congregaciones en diversas comunidades. Otras congregaciones de buen tamaño cultivan el sentido de comunidad por medio de células en distintos puntos de las comunidades a las cuales sirven.