1 Febrero 2008

El 57

La víctima del asesinato #57 del 2008 fue un muchacho relacionado con la Iglesia que pastoreo, pues algunos de sus familiares son miembros de nuestra congregación.

Su muerte y su funeral fueron similares a los de otros muchachos conectados con las pandillas que controlan los puntos de droga. Este joven, menor de 30 años, cayó en el vicio después de un accidente que le dejó incapacitado y en dolor constante. Alguien le recomendó que usara “perico” para aliviar su dolor. Como el narcótico fue tan efectivo, comenzó a usarlo constantemente.

El 57 murió ejecutado desde un auto en marcha. Como es la costumbre en estos casos, le dispararon a la cara. Después de un par de días, le entregaron el cuerpo a la funeraria, donde el embalsamador reconstruyó el rostro del difunto con cera, plástico, maquillaje y una peluca. Como es costumbre, lo velaron en la funeraria, donde el aire acondicionado evita que se derrita la cera.

Las escenas en las funerarias son muy tristes. No hay palabras para consolar a una madre o a un padre que ha perdido a un hijo de una manera tan trágica. Empero, la muerte de sus hijos casi nunca les sorprende. Para estos muchachos, llegar a los 30 años es un privilegio que muy pocos alcanzan.

Estos muchachos casi siempre dejan huérfanos a un hijo o una hija. Aunque algunos se han casado legalmente, la mayoría de sus relaciones han sido consensuales. De todos modos, en la funeraria casi siempre hay una “viuda” caminando atontada al lado de un niño o una niña de corta edad que no entiende lo que pasa. Las viudas de los otros muchachos que han caído en la lucha urbana consuelan a sus nuevas compañeras en el dolor.

Los entierros también son únicos. Uno puede ver a docenas de personas con camisetas adornadas con el nombre, el apodo y una foto del difunto. A veces, las camisetas tienen dibujos de hojas de marihuana, de armas o de otros motivos alusivos a la vida en la calle. Las viudas suelen vestir de manera similar: mahones azules y la mencionada camiseta. Sus hijos e hijas visten igual. Nunca he visto a una viuda vestida de negro en uno de estos entierros.

El séquito va acompañado de escolta policíaca, una ambulancia y un camión con un enorme equipo de sonido. La selección de canciones tiende a ser ecléctica. En el viaje al camposanto usted puede escuchar a Samuel Hernández, a Tito Rojas o a la Orquesta La Selecta. Sin embargo, impera el reguetón, donde varios intérpretes han grabado canciones alusivas a la muerte en la calle.

Ya en el cementerio, hay poco que decir. El ambiente es tenso. Aunque la mayor parte de la familia llora con dolor, acompañada por amistades, a veces hay personas que llaman a la venganza. Hacen estos llamados a pesar de la presencia de efectivos de la Policía y, a veces, hasta del alcalde del pueblo.

El momento de colocar el féretro en el nicho o en la tumba tiende a ser caótico. Hay gritos, empujones, desmayos, flores y mucho llanto. Los que más tristeza dan son los abuelos, quienes rara vez comprenden por qué sus nietos han muerto.

Al final del entierro del 57, vi una joven que me pareció conocida. Ya de vuelta en mi oficina recordé quién era. Es la viuda de otro de los muchachos, a quien yo enterré a finales de diciembre del 2007.

Descansa en paz, 57. Que Dios tenga misericordia de ti…y de nosotros también.

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