5
Marzo 2008
Evangelio
y violencia
Jesús
de Nazaret nació en un país
ocupado por el ejército del Imperio
Romano. Toda su vida transcurrió
bajo la amenaza que representaban los soldados
extranjeros.
El
ejército romano estaba organizado
en legiones que, durante la época
del temprano imperio, tenían un número
aproximado de 5,000 soldados regulares y
5,000 más en las tropas auxiliares,
para un total de 10,000. La legión
asignada al territorio que hoy llamamos
Palestina era la Décima (Fretensis).
Aunque algunos de sus efectivos estaban
desparramados por todo el territorio, la
mayor parte de los soldados se encontraba
en la ciudad de Cesarea del Mar, donde también
vivía el gobernador militar.
La
Legión Décima viajaba a la
ciudad de Jerusalén varias veces
al año, particularmente en tiempos
de fiestas patrias y religiosas. La fiesta
más importante que celebraban los
judíos cada año era la Pascua,
donde el pueblo recordaba su liberación
del yugo opresor de los egipcios. En esta
fiesta patria el pueblo judío celebraba
su independencia, una independencia dada
por Dios mismo de manera milagrosa.
Los
romanos acostumbraban llegar a Jerusalén
el primer día de la fiesta de la
Pascua, es decir, el domingo. Entraban a
la ciudad por el este, con toda la pompa
que caracteriza sus desfiles militares.
Primero entraban los portaestandartes, seguidos
por los caballeros, después las tropas
regulares y, finalmente, las auxiliares.
El desfile tenía la intención
de intimidar a los judíos que desearan
aprovechar la fiesta patria para exhortar
a sus compatriotas a rebelarse contra el
yugo romano.
La
Biblia enseña que Jesús de
Nazaret hizo su “entrada triunfal”
a Jerusalén el domingo cuando comenzaba
la semana de la Pascua. Sí, Jesús
entró a la Ciudad Santa el mismo
día cuando los romanos hacían
su desfile militar. El contraste no puede
ser mayor. Por el este, llegan miles de
militares, desfilando con armas en las manos
y recordándole a la gente que estaban
prestos a matar a quienes se rebelaran contra
el Imperio. Por el oeste, llega Jesús,
sentado sobre un asno, en plena paz. Un
puñado de seguidores le reciben con
ramas de árboles y de palmas en sus
manos. Su única arma es un discurso
que anunciaba la llegada del reino de Dios.
Los
romanos pronto comprendieron que Jesús
estaba haciendo una demostración
política y religiosa en contra de
la ocupación militar. También
comprendieron que su mensaje era subversivo,
pues exhortaba al pueblo a serle fiel a
otro Señor -el Dios de Israel- y
a otro Imperio: el reino de Dios. Pocos
días después, Jesús
colgaba de una cruz, asesinado por los romanos
que le condenaron a muerte por sedicioso.
Yo
creo que Jesús de Nazaret es el hijo
de Dios, el Señor y el Salvador del
mundo. Sin embargo, no es necesario afirmar
la divinidad de Jesús para reconocer
la importancia de su sacrificio. Este predicador
carismático confrontó a quienes
usaban el asesinato, la represión
y la intimidación como armas para
retener el poder. Jesús afirmó
el valor de la paz, del amor y de la búsqueda
de la justicia. Enfrentó a los romanos
sólo con el poder de su palabra.
Murió rogando por la salvación
de todo el mundo, hasta de los soldados
que le mataban colgándole de una
cruz.
Dos
desfiles, uno dedicado a la muerte y otro
a la vida. Dos desfiles que nos llaman a
tomar una decisión. La entrada triunfal
de Jesús nos desafía a tomar
partido por la vida. Su mensaje tiene vigencia,
ya que nosotros vivimos en una sociedad
asediada por la guerra, por la violencia
institucional y por el crimen. El sacrificio
de Jesús nos sigue llamando a la
justicia y a la paz.
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