:: Teología Pastoral
Virtudes
privadas y vicios públicos
por
Pablo A. Jiménez
En
septiembre del 1995 tuve la oportunidad de asistir
a la ceremonia de premiación de la escuela
a la cual asistía Antonio José,
mi hijo mayor. En aquel tiempo Tony estaba matriculado
en una academia militar que, a la sazón,
es una de las mejores escuelas de Puerto Rico.
Como pueden imaginar, estas ceremonias se llevan
a cabo con la rigurosidad que distingue a los
militares. Primero, se celebra una actividad de
premiación para cada grupo en el anfiteatro
de la escuela. Segundo, los estudiantes se sientan
cerca del podio y los familiares se sientan en
las gradas del anfiteatro. Tercero, se llaman
a los estudiantes premiados de acuerdo a las distinciones
que hayan ganado: primero los honores, segundo
los altos honores y tercero los premios para el
estudiante más sobresaliente del grupo.
Fue
interesante notar el tremendo contraste entre
la actitud de los estudiantes y los familiares.
Mientras los niños y las niñas aplaudían
a rabiar a cada estudiante premiado, los padres
y las madres demostraban su parcialidad en el
asunto. Si sus niños ganaban los premios
más altos, se levantaban alegremente a
tomar fotos y a celebrar la “victoria”
de sus vástagos. Si sus hijos ganaban los
premios menos prestigiosos, los familiares mostraban
su descontento indicando que sus hijos podrían
hacer mejor trabajo. Si sus hijos no ganaban nada,
los padres y las madres demostraban su enfado
con sus palabras y sus actitudes.
Mi
hijo no ganó el premio de mejor estudiante.
Tampoco ganó un alto honor. Se ganó
un par de cintas y recibió un diploma que
lo designaba estudiante de honor. Sin embargo,
Tony aplaudió y felicitó calurosamente
a cada uno de los “ganadores”. De
cierto modo, compartió la felicidad de
sus amiguitos y amiguitas. Nunca olvidaré
cómo buscaba mi rostro entre la muchedumbre
para decirme por señas “ese que ganó
es mi amigo” o “esa que ganó
está en mi salón”. Nunca olvidaré
su carita de felicidad.
Sin
embargo, hay otro incidentes que nunca olvidaré;
incidente que no fue tan positivo como el que
acabo de contarles. Me refiero a la actitud de
los familiares para con los niños después
de terminada la actividad.
- Los
padres de los estudiantes que no recibieron
mención alguna les decían con
coraje: “El año que viene tienes
que ser honor.”
- Las
madres de las estudiantes que recibieron honores
les decían: “El año que
viene tienes que ser alto honor.”
- Los
familiares de los estudiantes que recibieron
honores les decían: “El año
que viene tienes que ser el mejor estudiante
de la clase.”
- El
padre y la madre del mejor estudiante le decían:
“Tienes que volver a ganar el año
que viene.”
No
niego que salí de allí muy orgulloso
de mi hijo. Si bien sus notas me dieron mucha
satisfacción, más satisfacción
me dio su actitud de compañerismo. Pero
también debo reconocer que salí
de allí muy preocupado por la actitud de
los familiares de los niños. Al parecer
estos no entienden que las “virtudes privadas”
pueden convertirse en “vicios públicos”.
¿Qué
quiero son las “virtudes privadas”?
Las virtudes son las características y
los rasgos de conducta que nos incitan a hacer
el bien. Hasta cierto punto, las virtudes son
las cualidades que nos permiten tener “éxito”
en la vida. Tiempo atrás la gente podía
identificar sin dificultad cuáles eran
las virtudes necesarias para la vida humana. De
hecho, algunos de nosotros todavía podemos
enumerar las “cuatro virtudes cardinales”
(prudencia, justicia, fortaleza y templanza) o
las “tres virtudes teologales” (fe,
esperanza y caridad). Lo triste es que esos tiempos
han quedado en el pasado. Ahora la gente piensa
que todo es relativo; todo--hasta las virtudes--es
relativo. Por lo tanto, en nuestros días
lo que separa a las virtudes de los vicios es
una línea muy borrosa. Tanto así,
que ha veces es imposible distinguir las buenas
acciones de las malas.
A
continuación ofreceremos tres ejemplos
de “virtudes privadas” que, si bien
pueden conducir al “éxito profesional
y económico”, también pueden
ser muy dañinas para la vida en comunidad.
Por eso, se supone que las personas que cultivan
estos rasgos de conducta los manifiesten sólo
en privado.
1.
La primera “virtud” necesaria para
“triunfar económicamente” en
nuestro mundo es el egoísmo. Sí,
así como lo oyen, el egoísmo. Ese
defecto de carácter que nos lleva a amarnos
a nosotros mismos en forma exagerada y a pensar
únicamente en nuestro propios bienestar
es una “virtud privada” de la gente
de éxito. Tomemos, a manera de ejemplo,
el caso de un comerciante. Digamos que un hombre
es el dueño de la ferretería del
barrio. Este hombre vende su mercadería
para obtener ganancia, para ganar dinero, para
mantener a su familia. En este sentido, el ferretero
no es ferretero únicamente por amor a la
carpintería y a la albañilería.
También es ferretero por egoísmo,
porque entiende que por medio de su negocio puede
alcanzar el bienestar propio. Del mismo modo,
los clientes compran allí por conveniencia,
ya sea porque la ferretería les queda cerca
del barrio, porque el dueño les vende a
crédito o porque los precios son razonables.
En este sentido, tanto el comerciante como el
cliente están motivados--hasta cierto punto--por
el egoísmo.
2.
La segunda “virtud” necesaria para
obtener “éxito” en la vida
es la codicia. De hecho, la ambición es
uno de los motores principales de la economía
de mercado. Píenselo bien, ¿por
qué compramos artículos de lujo?
¿Por qué deseamos cambiar el auto
por uno nuevo? ¿Por qué deseamos
tener algo que es “el último grito
de la moda”? Bueno, puede ser que nuestros
motivos sean siempre los más sanos, los
más buenos y los más apropiados.
Sin embargo, me atrevo a pensar que muchos de
nosotros nos “antojamos” de adquirir
ciertas cosas por pura codicia. Vemos el automóvil
último modelo en la televisión.
Es lindo, es lujoso, es nuevo... y si cualificamos
para un “lease” podemos llevarlo a
casa sin pronto pago o depósito alguno.
Queremos el carro nuevo porque es más grande
y mejor. Queremos el carro nuevo porque es una
clara señal de que estamos “triunfando
en la vida”. Sí, estamos triunfando
tanto que podemos comprar un carro nuevo.
3.
La tercera “virtud privada” necesaria
para “triunfar” es la avaricia, definida
como el apego y al amor al dinero. Hasta cierto
punto, la avaricia es lo que nos motiva a trabajar
duro, a ahorrar y a progresar económicamente
en la vida. En resumen, el egoísmo, la
codicia y la avaricia son algunas de las “virtudes
privadas” que caracterizan a los “triunfadores”
en nuestro mundo.
Como
indicamos anteriormente, se supone que la gente
cultive estos rasgos de conducta sólo en
privado, ya que no son actitudes aceptables en
público.
Es
decir, nuestro sistema económico espera
que estemos motivados por cierto grado de egoísmo
privado, pero que en público seamos personas
amables y solidarias. Nuestro
sistema espera que tengamos un cierto grado
de ambición, codicia y avaricia privada,
pero que en público seamos buenos, decentes,
amables y generosos.
Todo
esto nos confronta con un problema enorme: ¿cómo?
¿Cómo podemos ser egoístas
en la oficina y generosos en la calle? ¿Cómo
podemos ser ambiciosos en el trabajo y amables
en el hogar? ¿Cómo se logra este
balance? ¿Dónde está el botón
que hay que oprimir para apagar nuestra avaricia
y encender la misericordia? ¿Dónde?
Este
es el centro del problema. Los seres humanos no
podemos cambiar nuestra personalidad a voluntad.
El buen corazón no es un objeto y, por
lo tanto, no puede quitarse y ponerse a voluntad.
La persona que crece buscando únicamente
su propio bienestar, su propio beneficio, terminará
pisoteando a los demás para lograr sus
propios propósitos.
Dios
sabe muy bien que los seres humanos tenemos esta
horrible tendencia a destruir a los demás
para lograr nuestros propios propósitos.
Por eso, por medio de las palabras de Jesús,
nos enseña a rechazar el egoísmo,
la ambición, la codicia y la avaricia.
Oísteis
que fue dicho: “Amarás a tu prójimo
y odiarás a tu enemigo”. Pero yo
os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid
a los que os maldicen, haced bien a los que
os odian y orad por los que os ultrajan y os
persiguen, para que seáis hijos de vuestro
Padre que está en los cielos, que hace
salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre
justos e injustos. Si amáis a los que
os aman, ¿qué recompensa tendréis?
¿No hacen también los mismo los
publicanos? Y si saludáis a vuestros
hermanos solamente, ¿qué hacéis
de más? ¿No hacen así los
gentiles?
Mateo
5.43-47
y
Ninguno
puede servir a dos señores, porque odiará
a al uno y aborrecerá al otro, o estimará
al uno y menospreciará al otro. No podéis
servir a Dios y a las riquezas.
Mateo
6.24
Antes
de terminar, quiero volver a la anécdota
con la cual comenzamos nuestra reflexión.
Hasta cierto punto, aquellos familiares que exhortaban
a sus hijos a procurar obtener las medallas más
altas en la escuela estaban pensando en el bienestar
de sus hijos. Después de todo, en nuestro
mundo no triunfan los que aplauden con alegría
a sus competidores. No, en nuestro mundo triunfan
las personas que tienen la determinación
necesaria para competir por el primer puesto,
para ganarle a los demás y para vencer
los obstáculos que puedan encontrar en
el camino. Sin embargo, estas personas no se dan
cuenta de que no están criando niños
y niñas, sino monstruos que sólo
pensarán en su propio bienestar.
Esta
última afirmación puede sonar un
tanto fuerte. Sin embargo, como prueba de su veracidad
les pido que consideren estas informaciones de
prensa:
1.
Una joven universitaria que había ocultado
su embarazo da a luz en un hotel con la ayuda
de su novio y echa el cuerpo de su bebito en el
basurero. La muchacha vuelve a su hospedaje, se
desmaya y es llevada en ambulancia al hospital.
Allí se descubre que ha perdido mucha sangre
debido a que había dado a luz recientemente.
El medico forense afirma que el bebé fue
asesinado con una andanada de golpes a la cabeza.
El secretario de justicia de Delaware acusa a
la pareja de asesinato.
2.
Otra joven que también había ocultado
su embarazo asiste a su fiesta de graduación,
da a luz sola en un baño para damas, echa
el bebito en el basurero y vuelve a la pista de
baile. La joven confiesa a sus maestros después
de que un conserje encuentra el baño ensangrentado.
3.
Un hombre se encontraba con su hija de 7 años
en un casino en Las Vegas a las 4:00 AM. A pesar
de que el padre había sido amonestado varias
veces por los guardias de seguridad, la niña
seguía caminando sola por el casino. Entonces
un joven de 18 años, estudiante de escuela
superior, violó y estranguló a la
niña en un baño. El muchacho fue
capturado gracias a que una cámara de seguridad
lo captó acechando a la niña.
4.
Una mujer llevó a su bebito a una clínica
de la comunidad. El médico diagnosticó
que el infante estaba desnutrido y le ordenó
a la madre que lo llevara inmediatamente al hospital.
De camino al hospital, la madre paró en
una salón de belleza para arreglarse las
uñas. El bebé murió. La madre
fue acusada de asesinato.
5.
Dos muchachos y una muchacha en la Florida se
“divirtieron” una noche arrancando
las señales de “Pare” de una
carretera rural. Un mes después tres jóvenes
murieron en un aparatoso accidente de tránsito.
Los muchachos fueron encontrados culpables de
asesinato y fueron condenados a quince años
de prisión.
Desgraciadamente,
los incidentes son tantos podríamos seguir
enumerándolos ad nauseam. Sin embargo,
no queremos caer en la morbosidad que caracteriza
a la prensa sensacionalista; no vamos a hacerle
la competencia ni a “Hard Copy”, ni
a “Primer impacto”, ni a “Ocurrió
así” y mucho menos a “A través
del vídeo”. Basta de ejemplos. Sólo
les pido que se pregunten cuál es el elemento
que tienen en común todos estos incidentes.
La respuesta es obvia: el egoísmo. La carrera
universitaria, la fiesta de graduación
y las uñas postizas de estas jóvenes
“madres”--si es que podemos usar esa
sagrada palabra para describir a estas jóvenes--estaban
primero que el bienestar de los bebitos. El deseo
de satisfacer una fantasía sexual malsana
valió más que la vida de una niña
de 7 años. Y una noche de parranda irresponsable
le costó la vida a tres personas inocentes.
- No
hay interruptor.
- No
hay botón.
- No
hay “switch” que pueda apagar el
egoísmo, la ambición, la codicia,
la avaricia y el pecado.
Las
“virtudes privadas” de la economía
de mercado--las mismas que conducen a la fama
y la fortuna--se han convertido en los “vicios
públicos” de nuestra sociedad.
No
os hagáis tesoros en la tierra, donde
la polilla y el moho destruyen, y donde ladrones
entran y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo,
donde ni la polilla ni el moho destruyen, y
donde los ladrones no entran ni hurtan, porque
allí donde esté vuestro tesoro,
allí estará también vuestro
corazón.
Mateo
6.19-21