:: Teología Pastoral
14 de septiembre de 2011
Espectador, incendiario o bombero
Todos sabemos que Puerto Rico enfrenta la peor crisis de su historia.
Es una crisis integral, que abarca problemas sociales, psicológicos,
legales, de orden público, económicos, laborales y hasta espirituales.
Propongo una comparación: la sociedad puertorriqueña es como una casa
que se está quemando. Y la pregunta que se impone es cuál es el rol
que jugamos en este escenario cada una de las personas que vivimos
en este país.
Puerto Rico es como una casa que se está quemando en una esquina de
la comunidad. La luz, el ruido y el calor atrae a los curiosos. Creo
que sólo hay tres roles posibles en este drama. Ante la casa en llamas
cada uno de nosotros puede ser espectador, incendiario o bombero.
• El primer grupo se divierte mirando cómo el fuego destruye la casa.
Quizás hasta le puede provocar pena el incendio. Sin embargo, se limita
a mirar, a admirar y a comentar el fuego.
• El segundo grupo se compone de quienes disfrutan incendiar las casas.
Los incendiarios hacen todo lo posible por propagar el fuego y por
aumentar el impacto destructivo del mismo. Se gozan en la desgracia
ajena y se jactan de su poder destructivo.
• Y el tercer grupo está compuesto de quienes desean apagar el fuego,
ayudando a los demás aun a costa de su seguridad personal.
Esas son las opciones: espectador, incendiario o bombero.
Desgraciadamente, creo que la mayor parte del pueblo de Puerto Rico
ha decidido ser espectador. Queremos que “alguien haga algo”, siempre
y cuando ese “alguien” no sea “yo” y ese “algo” no me “cueste” mucho.
Constantemente le echamos la culpa a los demás -particularmente al
gobierno- de males sociales sistémicos cuya solución requiere la transformación
radical de nuestra sociedad. Pedimos soluciones mágicas e inmediatas,
pero no hacemos nada para contribuir al cambio.
Los medios de comunicación masiva están llenos de quejosos. Y la gente
llega hasta lo ridículo, culpando al gobernador de turno -del partido
que sea- hasta de la trayectoria de los huracanes. Algunos de los quejosos
son espectadores, mientras otros son incendiarios.
Entre los incendiarios están las personas que desean desmantelar al
país, socavar sus instituciones y destruir su economía. Tan incendiario
es el tirador de drogas ilegales como el padre violento que le da palizas
a sus hijas. Ambos contribuyen a la descomposición social de Puerto
Rico; ambos alimentan el fuego que consume nuestra casa.
Puerto Rico no necesita más espectadores. Tampoco necesita más incendiarios.
Nuestro país necesita bomberos, personas que apaguen el fuego que poco
a poco destruye nuestra casa.
En esta coyuntura, la gente de fe no puede quedarse mirando el fuego.
Quienes hemos tomado el nombre de Jesucristo y nos llamamos “cristianos”
o “cristianas” también debemos tomar en serio el evangelio de la vida.
Las iglesias de todas las denominaciones y todos los grupos cristianos
deben tomar acción en sus respectivas comunidades, desarrollando programas
que beneficien al pueblo en crisis.
Aparte de predicar el mensaje de salvación, tenemos que modelar una
vida de fe, de amor y de paz. Tenemos que condenar la violencia contra
la niñez, la mujer y las personas de la tercera edad. Tenemos que enseñarle
valores a quienes enfrentan esta crisis desde la adolescencia y la
juventud. Y tenemos que unirnos con otras organizaciones cívicas, religiosas
y hasta gubernamentales para trabajar a favor de nuestra sociedad.
Los creyentes no podemos quedarnos de brazos cruzados ante la crisis,
afirmando que en el cielo esos problemas acabarán. No podemos ser meros
espectadores de la muerte a paso lento del alma puertorriqueña.
Esas son las opciones, gente: espectador, incendiario o bombero. Y
ante estas alternativas, yo quiero ser bombero.