El Apocalipsis habla a la Iglesia es una meditación sobre la misión delegada por Dios a la Iglesia, basada en Apocalipsis 7.9-13.
9 Después de esto vi aparecer una gran multitud compuesta de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas. Era imposible saber su número. Estaban de pie ante el trono, en presencia del Cordero, y vestían ropas blancas; en sus manos llevaban ramas de palma, 10 y a grandes voces gritaban: «La salvación proviene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.» 11 Todos los ángeles estaban de pie, alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, y delante del trono inclinaron el rostro y adoraron a Dios. 12 Decían: «¡Amén! A nuestro Dios sean dadas la bendición y la gloria, la sabiduría y la acción de gracias, y la honra, el poder y la fortaleza, por los siglos de los siglos. ¡Amén!
13 Entonces uno de los ancianos me dijo: «Y estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son? ¿De dónde vienen?» 14 Yo le respondí: «Señor, tú lo sabes.» Entonces él me dijo: «Éstos han salido de la gran tribulación. Son los que han lavado y emblanquecido sus ropas en la sangre del Cordero. 15 Por eso están delante del trono de Dios, y le rinden culto en su templo de día y de noche; y el que está sentado en el trono los protege con su presencia. 16 No volverán a tener hambre ni sed, ni les hará daño el sol ni el calor los molestará, 17 porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los llevará a fuentes de agua de vida, y Dios mismo secará de sus ojos toda lágrima.
La palabra griega que traducimos como “paz” es el vocablo “eirene”. A diferencia del hebreo “shalom”, que significa “paz como bienestar general”, “eirene” significa “paz como el final o la ausencia de conflicto”. Sobre esta base, la reflexión explora el significado de Romanos 5.1, afirmando que alcanzamos la paz cuando dejamos de luchar contra Dios.
5.1Así, pues, justificados por la fe tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, 2por quien tenemos también, por la fe, acceso a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios. 3Y no sólo esto, sino que también nos regocijamos en los sufrimientos, porque sabemos que los sufrimientos producen resistencia, 4la resistencia produce un carácter aprobado, y el carácter aprobado produce esperanza. 5Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.
Tom Bandy presenta dos modelos de iglesia. El primero es el de la Iglesia tradicional que va en deterioro constante. Estas congregaciones están destinadas a cerrar en el futuro cercano. El segundo es el de la Iglesia que crece de manera firme y constante. Nuestro deseo es ofrecer pautas que lleven a nuestras congregaciones a ser Iglesias en crecimiento.
I. La Iglesia en Deterioro
La congregación en deterioro valora, sobre todas las cosas, el sentido de pertenencia; quieren que la feligresía desarrolle un sentido de «familia», que cada persona se sienta parte del grupo. Aquí el proceso de «crecimiento en la fe» pasa por cinco etapas, a saber:
A. Miembro
Estas congregaciones recalcan la importancia de convertirse en miembro «activo» de la feligresía. Sin embargo, rara vez ofrecen clases para nuevos creyentes. Establecen requisitos mínimos para mantener la membresía, tales como asistir a la Iglesia una vez al mes (o menos, en algunas ocasiones). Lo importante es que las visitas «se sientan en familia» y acepten formar parte de la lista oficial de miembros.
B. Amigo
Estas congregaciones prestan gran importancia a la amistad. Allí es más importante entablar amistad con el liderazgo establecido que asistir a las actividades de la Iglesia. Los líderes establecidos informan a los nuevos miembros de las tradiciones y de la historia de la congregación, de manera que las personas «nuevas» sepan como actuar correctamente. En este tipo de congregación, la tradición tiene un peso muy grande.
C. Compañero
El liderazgo establecido nomina a los puestos directivos a aquellas personas que ven como sus «compañeras», compartiendo sus valores, su nivel social, o su trasfondo étnico. Por esta razón, los cuerpos directivos tienden a ser homogéneos étnica y culturalmente, aunque la congregación sea diversa. Las amistades de los líderes tradicionales pueden ser nominadas a puestos directivos aunque lleven pocos meses asistiendo a la Iglesia.
D. Director
El «premio» a la madurez espiritual es formar parte del cuerpo directivo de la congregación. Los miembros de estos cuerpos directivos entienden que su labor principal es «supervisar» tanto el funcionamiento general de la Iglesia como el trabajo específico del pastor o la pastora.
E. Guardián
El nivel más alto de liderazgo laico en este tipo de Iglesia se alcanza cuando un miembro es visto como uno de los baluartes o pilares de la congregación. En ocasiones, los guardianes ocupan los puestos más altos por varios años corridos; en otras, toman turnos. De todos modos, los guardianes entienden que su misión es «mantener» la tradición de la Iglesia.
El Rol del Ministro
En la «congregación en deterioro», el pastor se ve como un empleado de la congregación cuya responsabilidad principal es llevar a cabo la misión de la Iglesia. Es al pastor a quien le toca buscar «almas» (es decir, nuevos miembros) y relacionarse con la comunidad en general.
II. La Iglesia en crecimiento
La Iglesia en crecimiento valora, sobre todas las cosas, la misión de la Iglesia. Por esta razón, crece en términos espirituales y numéricos. Al igual que el modelo anterior, entiende que el crecimiento en la fe pasa por cinco etapas, pero muy distintos a los anteriores:
A. Misión
Cada congregación debe buscar cuál es su propósito o misión específica en la comunidad a la cual desea servir. Esta misión debe enunciarse en forma breve, tanto que pueda resumirse en una oración que pueda escribirse en un afiche o en una pancarta. Otra manera de ver este punto es afirmando que cada congregación debe buscar la «canción» que Dios ha puesto en su «corazón».
B. Membresía
La congregación en crecimiento recalca que no todo el mundo puede ser miembro. Por eso, ofrece clases de discipulado para nuevos creyentes y para personas que desean trasladarse de otras congregaciones. Queda claro que la membresía implica responsabilidades, tales como colaborar en alguno de los ministerios de la Iglesia, asistir regularmente, y ofrendar a cierto nivel.
C. Madurez
La Iglesia recalca que cada creyente debe buscar alcanzar madurez en la fe, por medio del ejercicio de las disciplinas espirituales. Por esto, ofrece diversas oportunidades para que cada persona crezca en la fe, discerniendo los dones y las capacidades que Dios la ha concedido.
D. Capacitación
Este tipo de congregación ofrece una amplia gama de oportunidades de adoración, estudio, y servicio. Ofrece, pues, servicios de adoración dirigidos a los distintos «públicos» que desea alcanzar, desde personas no-creyentes a creyentes maduros. Cultiva distintos estilos de adoración, ofreciendo servicios tradicionales, contemporáneos y hasta experimentales.
E. Ministerio
Cada creyente es responsable de discernir el «ministerio» al cual Dios le ha llamado. El liderazgo congregacional es responsable de facilitar el cumplimiento de esos ministerios, capacitando a cada creyente para hacer un trabajo de excelencia. En este sentido, la señal de la madurez espiritual es que el creyente es «enviado» a llevar a cabo su ministerio en beneficio de la comunidad donde se encuentra la congregación.
El Rol de la figura pastoral
Nótese, pues, que en este sistema el pastor o la pastora tiene un rol educativo o magisterial. El equipo ministerial le ofrece cuidado pastoral a la feligresía, mientras le enseña cómo crecer en la fe y como ser un agente activo en el desempeño de la misión de la Iglesia Cristiana. Cumplir la misión cristiana y relacionarse con la comunidad es labor de toda la membresía de la congregación.
La Iglesia en crecimiento tiene cuerpos directivos pequeños, que delegan autoridad y recursos económicos para que los grupos de trabajo puedan llevar a cabo su trabajo. Por ejemplo, sugiere que el grupo de adoración de la Iglesia puede tener una cantidad designada en el presupuesto anual de la congregación, de modo que puedan comprar los materiales que necesitan para llevar a cabo su ministerio.
III. Conclusión
Ofrecemos el modelo de la Iglesia en crecimiento con la esperanza de que sea de bendición para todas nuestras congregaciones.
Bibliografía
Thomas G. Bandy, Kicking Habits: Welcome Relief for Addicted Congregations (Nashville: Abingdon Press, 1997).
Un sermón sobre Marcos 1.21-28, el primer milagro que ocurre en Marcos, enfocando en lo que ocurre en una comunidad de fe cuando falta el poder de Dios.
Un escrito sobre revitalización de la Iglesia que enumera 12 características de una iglesia sana, por el Dr. Pablo A. Jiménez.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles vemos los comienzos de la Iglesia Primitiva. Allí encontramos una Iglesia sana, que crecía aún en medio de la persecución y el conflicto.
Al ver las muchas maravillas y señales que los apóstoles hacían, todos se llenaban de temor, y todos los que habían creído se mantenían unidos y lo compartían todo; vendían sus propiedades y posesiones, y todo lo compartían entre todos, según las necesidades de cada uno. Todos los días se reunían en el templo, y partían el pan en las casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, mientras alababan a Dios y brindaban ayuda a todo el pueblo. Y cada día el Señor añadía a la iglesia a los que habían de ser salvos.
Hechos 2.44-47, RVC
Eso me lleva a preguntar: ¿Cuáles son las características de una Iglesia sana? ¿Qué distingue a las Iglesias que cumplen con la Gran Comisión de ir y hacer discípulos?
A continuación presentamos 12 características de las Iglesias saludables.
Características de una Iglesia Sana
1. Sentido de visión y de misión
La visión es resultado de discernir la voluntad de Dios para nuestras vidas, en particular, y para nuestra congregación, en general.
Es discernir el futuro que Dios prefiere para nuestra Iglesia local.
Es comprender cual es el área específica de la vida cristiana a la cual Dios nos llama a ser excelentes.
2.Enseñanza Bíblica
El estudio de la Biblia, como Palabra de Dios, es crucial para nuestras vidas. La Biblia es la regla de fe y conducta.
“Fue así como los que recibieron su palabra fueron bautizados, y ese día se añadieron como tres mil personas, las cuales se mantenían fieles a las enseñanzas de los apóstoles y en el mutuo compañerismo, en el partimiento del pan y en las oraciones.” (Hechos 2.41-42, RVC)
3. Discipulado & Capacitación
Aunque todas las congregaciones tienen líderes, las iglesias saludables se concentran en el desarrollo y la capacitación de líderes.
Los dirigentes que capacitan a otros invierten gran parte de su tiempo en el discipulado, en la delegación y en la multiplicación.
4. Discernimiento de dones
Los líderes ayudan a los miembros a reconocer los dones que Dios les ha dado y a encontrar espacios donde puedan ejercer dichos dones.
Esta es la característica más importante. Descubrir y aplicar dones lleva a practicar el “sacerdocio universal del creyente.”
5. Espiritualidad ferviente
Las iglesias saludables desarrollan una espiritualidad ferviente, donde se siente la presencia del Señor en medio de la oración y de los servicios de adoración.
También recalcan el ejercicio de las disciplinas espirituales, tales como la oración, la lectura de la Biblia, el servicio y la visitación, entre otras.
6. Estructuras funcionales
Las iglesias saludables desarrollan estructuras que facilitan su funcionamiento.
Echan a un lado la burocracia;
Limitan el tiempo dedicado a reuniones;
Están abiertas al cambio y la experimentación;
Y “dan permiso” a las ideas nuevas.
7. Culto inspirador
Este es el principio que diferencia a las congregaciones en crecimiento de las que están estancadas y de las que están decayendo.
El culto debe inspirar a las personas que participan de él.
El culto también debe tener una estructura evangelística.
8. Células integrales
Las células “integrales” son espacios donde la feligresía puede poner su fe en práctica.
Los participantes pasan de ser meros espectadores a ser participantes activos en la misión.
Las células se ven como parte integral de la Iglesia, dándose apoyo mutuo.
9. Respuesta a las necesidades de la gente
La clave del crecimiento de la iglesia es dirigir las actividades evangelísticas hacia las preguntas, inquietudes y necesidades de los no-creyentes.
Esto pone una doble carga sobre la iglesia: determinar las necesidades de los no-creyentes y crear programas flexibles orientados a ellos.
10. Buenas relaciones afectivas
Las iglesias saludables demuestran su amor a través de sus buenas relaciones interpersonales y de sus obras de misericordia a favor de la comunidad.
Se ven como comunidades abiertas, no como familias cerradas.
Esta es la característica más importante para los no-creyentes.
11. Apertura al cambio
Al igual que el Apostol Pablo, debemos estar dispuestos a adaptarnos a la situaciones en las cuales debemos ministrar.
“Entre los judíos me comporto como judío, para ganar a los judíos; y, aunque no estoy sujeto a la ley, entre los que están sujetos a la ley me comporto como si estuviera sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley. Entre los que no tienen ley, me comporto como si no tuviera ley, para ganar a los que no tienen ley (aun cuando no estoy libre de la ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo). Entre los débiles me comporto como débil, para ganar a los débiles; me comporto como todos ante todos, para que de todos pueda yo salvar a algunos. Y esto lo hago por causa del evangelio, para ser copartícipe de él.” (1 Corintios 9.20-22, RVC)
12. Total dependencia de Dios
Debemos trabajar con ahínco, con sentido de urgencia, sabiendo que—al final—todo depende de Dios. Es necesario vivir en esta paradoja.
“Por tanto, amados míos, ya que siempre han obedecido, no sólo en mi presencia, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor, porque Dios es el que produce en ustedes lo mismo el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2.12-13, RVC)
Conclusión
Si bien la iglesia ni puede “forzar” el crecimiento, puede crear las condiciones necesarias para que el crecimiento ocurra. Dios nos llama a cultivar las características necesarias para que la Iglesia pueda crecer, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Thomas Bandy, un teólogo pastoral experto en el tema del crecimiento de la Iglesia, ha hecho un estudio sociológico muy profundo sobre las necesidades espirituales de las sociedades postmodernas.
Aunque toda clasificación puede ser arbitraria, Bandy sugiere que podemos identificar ocho tipos de problemas que causan ansiedad o angustia espiritual en el mundo contemporáneo. Estas son:
El abandono
La soledad
El vacío
La falta de sentido
El destino
La muerte
La culpa
Y la vergüenza
En este episodio analizamos en detalle cada una de estas ansiedades, sus consecuencias y sus implicaciones ministeriales.
¿Qué está buscando la gente que viene por primera vez a nuestras Iglesias?
Y si digo “por primera vez”, es porque los estudios sociológicos nos indican que dos de cada tres personas menores de 38 años se criaron fuera de la fe.
Nunca han visitado una iglesia con regularidad.
Nunca han leído la Biblia en detalle.
Nunca han tenido una tradición religiosa.
Aún así se acercan a la iglesia, buscando algo. La pregunta es: ¿Qué están buscando?
Las Generaciones del Milenio, aquellas personas nacidas a partir del 1982, tienen un profundo interés en la espiritualidad. A diferencia de sus padres y de sus abuelos, saben que el racionalismo no es la respuesta a los misterios de la vida.
Por esta razón, están abiertas a explorar prácticas espirituales que puedan enriquecer su vida. Nótese que dije “prácticas espirituales”, porque la mayoría de las personas que pertenecen a estas generaciones no se criaron en la fe de Jesucristo. Por eso, están abiertas a explorar el budismo, la astrología y hasta el wiccanismo.
Claro está, con el tiempo se dan cuenta que esas formas alternas de espiritualidad no pueden responder a los problemas fundamentales de sus vidas. Así que eventualmente llegan a la iglesia, buscando la respuesta definitiva a su inquietud espiritual.
Así que pregunto por tercera vez: ¿Qué está buscando la gente inquieta espiritualmente que visita nuestras Iglesias por primera vez?
La respuesta es muy sencilla: Poder.
Están buscando una fuente de poder que les ayude a enfrentar los problemas de la vida.
Están buscando una fuente de poder que les conduzca a una transformación espiritual.
Están buscando una fuerza espiritual superior que les dé poder para vivir.
Queda claro, pues, que todo en nuestra sociedad ha cambiado. O, mejor dicho, casi todo ha cambiado. Y si digo “casi”, es porque hay una institución que no ha cambiado su horario dominical; que se sigue reuniendo a la misma hora que se reunía cuando casi todo el resto de la sociedad descansaba el domingo; que a veces parece que está esperando el regreso de la década del 1950. La institución que no ha cambiado su itinerario dominical es la iglesia.
La mayor parte de las congregaciones cristianas se siguen reuniendo el domingo en la mañana. Los únicos cambios significativos en su itinerario son la eliminación de los servicios religiosos en la noche y el comienzo del culto un poco más tarde en la mañana, pues algunas congregaciones hoy comienzan el servicio de adoración entre las 10:30 a las 11:00 am.
Por esta razón, vemos una merma en la participación de personas jóvenes y de la clase trabajadora en nuestros cultos dominicales. Son muchas las personas entre 18 a 45 años que trabajan los domingos. Por eso, no pueden adorar regularmente en congregaciones donde el servicio del domingo en la mañana se ofrece entre las 9 AM a la 1 PM.
¿Quiénes son las personas que pueden participar libremente de nuestros servicios dominicales?
La niñez
Las personas de la tercera edad
Las personas pensionadas por edad o por enfermedad
Las personas desempleadas
Y aquellas personas cuyo empleo le permite tener libres los domingos, porque trabajan en oficinas de gobierno, en el magisterio o porque tienen derecho a ese privilegio por el tiempo que llevan trabajando en la compañía.
Esto me lleva preguntar, ¿quienes no pueden participar con libertad en nuestros servicios dominicales?
Aquellas personas que trabajan en comercios, en industrias de servicio y en el campo de la hospitalidad.
Aquellas personas que trabajan en el campo de la salud, particularmente en hospitales y en laboratorios médicos.
Y aquellas personas que trabajan dando seguridad, como policías, bomberos y guardias privados.
Para preguntarlo con más claridad, ¿a quienes estamos excluyendo?
A los chicos y a las chicas que necesitan hacer tareas universitarias los domingos.
Al chico que trabaja en un restaurante de comida rápida
A la mesera del restaurante que abre los domingos para almuerzo.
A la nueva empleada de la mega tienda, que tendrá que trabajar los domingos por unos 18 a 24 meses antes de poder pedirlo libre.
A la madre soltera que tiene dos trabajos y que, por lo tanto, necesita el domingo para descansar, limpiar la casa y hacer compras.
Al padre no-custodio que tiene que recoger o llevar de vuelta a sus hijos e hijas el domingo en la mañana.
Y a la enfermera que termina su turno a las 7:00 AM.
La Iglesia – la comunidad de la esperanza es una meditación sobre eclesiología escrita y predicada por el Dr. Pablo A. Jiménez.
La Iglesia es la comunidad que vive entre la venida del Señor Jesucristo en carne, y la venida del Señor Jesucristo en gloria. Es la comunidad que vive en el «todavía otro poco de tiempo» del cual habla Jesús en el Evangelio según San Juan (Juan 7.33). Es comunidad que vive en la espera de un Mesías que ya vino, pero que vendrá y nos tomará a sí mismo para él (Juan 14.3). ¡Esta es la Iglesia del Señor!
La Iglesia espera. Espera ser redimida de la vida en el mundo. Espera la renovación del tiempo antiguo (Isaías 37.26), viviendo con su Señor. Espera la manifestación de las últimas cosas (Romanos 8.19), cuando Jesucristo vendrá en gloria.
La Iglesia ha sido redimida del mundo, porque vive en una historia que sufre «dolores de parto» a causa de la maldad humana (Romanos 8.22). Un mundo donde reina «el principe de la potestad del aire» (Efesios 2.2), trayendo a su paso daño y destrucción. Como dijo Jesús: «el ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir» ( Jn. 10.10).
Vivimos en cautiverio. Del mismo modo que el pueblo de Israel estuvo en cautiverio en tierra extraña (Salmo 137.4), nosotros, el pueblo de Dios, vivimos en la tierra extraña del pecado. Somos peregrinos. Nuestro hogar se encuentra en «lugares celestiales» (Efesios 1.3, 20 y 2.6), «escondido con Cristo en Dios» (Colosenses 3.3). Y como pueblo que no tiene donde «recostar su cabeza» (Mateo 8.20), a veces nos sentamos a las orillas del río sin deseos de continuar viviendo (Salmo 137.1-2), mientras las personas del mundo que nos oprime nos piden que les cantemos algunos de los cánticos de Sión (Salmo 137.3); que les mostremos la alegría del Evangelio mientras vivimos en la pena del exilio.
La Iglesia aguarda. Aguarda ser redimida de un mundo de pecado en el cual se siente extraña y no encuentra lugar.
Pero la Iglesia no sólo aguarda. También recuerda. Recuerda que fue llamada por Dios a predicar un mensaje de salvación a un mundo en crisis. Recuerda que fue llamada a ser sal para preservar al mundo de la destrucción (Mateo 5.13). Recuerda que fue llamada a ser luz para alumbrar a un mundo en tinieblas (Mateo 5.14-16). Recuerda que fue llamada a ser el heraldo que se levanta sobre un monte alto y anuncie que se ha cumplido el tiempo de castigo y que los pecados son perdonados (Isaías 40.9-10).
La Iglesia es heredera del llamamiento de Isaías, que Cristo hace suyo en el libro de Lucas cuando toma el rollo de la sinagoga y dice:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor.
Lucas 4.18-19
La Iglesia lleva en su memoria colectiva la encomienda del Señor Jesús de ir a predicar el Evangelio (Marcos 16.15), de ir a hacer discípulos (Mateo 28.19), de ser testigos en Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra (Hechos 1.8).
La Iglesia recuerda el rostro del Señor Jesús diciendo: «No temáis, manada pequeña, porque a vuestro padre le ha placido daros el reino» (Lucas 12.32).
La presencia de nuestro Señor Jesucristo corta la pena de nuestros corazones. Es sal que quema la herida y cura el dolor. Cristo es camino (Juan 14.6) que nos lleva por la vida, dirigiendo nuestros pasos hasta la presencia misma de Dios (Hebreos 2.10). Espera que nos resucita de la muerte con que nos pagó el pecado (Romanos 6.23). Es verdad, es novedad de vida ante las mentiras del mundo.
Empero, aún así nos preguntamos qué debemos hacer. ¿Qué será de nosotros como pueblo peregrino? ¿Pasaremos el resto de nuestras vidas entre el bien el mal, entre la bendición y la maldición? ¿Soportaremos la vida en un mundo oscuro siendo nosotros hijos e hijas de luz? ¿Venceremos los embates del pecado, que quieren destruir nuestras casas?
La respuesta es positiva: ¡Venceremos! Porque la Iglesia es la comunidad de la esperanza. Porque si la Iglesia aguarda y recuerda es porque el Señor misericordioso ha derramado su amor en nuestros corazones (Romanos 5.5) en forma de promesa. La promesa de que «este mismo Jesús…así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1.11), según le dijeron los ángeles a los varones galileos.
Tenemos promesa de labios de Señor Jesús, registrada en Juan 14.1-3.
No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.
Tenemos la certeza de ser «más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8.37). Sabemos que nada «nos podrá separar del amor de Cristo» (Romanos 8.39). Ni tribulación, ni angustia, ni persecución, ni hambre, ni peligros, ni espada o desnudez (Romanos 8.38-39). Sabemos que la victoria es nuestra porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Juan 5.4).
¡Venceremos! No por nuestra fuerza, porque no es con espada ni con ejércitos ni con carros de a caballo que se gana la batalla, sino con el Espíritu de Dios (Oseas 1.7).
¡Venceremos! Porque «más son los que están con nosotros los que están» contra nosotros (2 Reyes 6.16).
¡Venceremos! Porque «las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas» (2 Corintios 10.4).
¡Venceremos! Porque Jesús dijo: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16.33).
¡Venceremos! Porque «pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y fieles» (Apocalipsis 17.14).
La Iglesia vive en fe, con la certeza de que el Señor es fiel; con la esperanza de que cumplirá sus promesas.
Por eso la Iglesia guarda muy cerca de su corazón la expresión del salmista:
Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion,
Seremos como los que sueñan.
Entonces nuestra boca se llenará de risa,
Y nuestra lengua de alabanza;
Entonces dirán entre las naciones:
Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos.
Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros;
Estaremos alegres.
Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová,
Como los arroyos del Neguev.
Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.
Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla;
Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.