Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?: Cuarta Palabra del sermón de Las Siete Palabras, para el viernes santo de la semana santa.
La cuarta palabra es: “Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: ¡Eloi, Eloi! ¿lama sabactani? (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?).” Marcos 15.34
En este momento, llegamos al punto más profundo de la cruz: Jesús se siente desamparado por su Dios, su padre.
Este es probablemente el texto más misterioso de los siete que estamos explorando hoy. ¿Cómo es posible que Dios abandone al justo? ¿Cómo es posible que el Padre abandone al Hijo amado en el cual se complace? ¿Cómo es posible que Dios se desampare a sí mismo?
Aquí tocamos el misterio de la encarnación. Jesús, en su vida terrenal, nunca se identificó con los poderosos; nunca se identificó con los grandes de este mundo. ¡Todo lo contrario! Nació humilde, en un establo, hijo de una familia pobre. Vivió en una pequeña aldea galilea, no en la grandeza de Jerusalén. Y en el momento en que Satanás le tienta, ofreciéndole los reinos del mundo, Jesús toma una decisión.
Le dice NO a la riqueza,
Le dice NO al poder,
Le dice NO a los príncipes de este mundo.
Su opción es por otro reino, el de Dios. Entonces se lanza a predicar diciendo: “El tiempo se ha cumplido; arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mr. 1.15).
Este nuevo reino se distingue de los reinos de este mundo porque afirma que la justicia y la paz de Dios han comenzado a manifestarse en la tierra. Y en esa manifestación, Dios viene a identificarse con el ser humano pecador y desamparado.
Por eso Jesús sana enfermos;
Por eso echa fuera demonios;
Por eso consuela al triste;
Por eso predica el evangelio a los pobres.
El reino nos llama a identificarnos con la persona perdida y desamparada.
Creo que ahora podemos comenzar a entender el significado de las palabras del Crucificado. Jesús cita el Salmo 21.1 porque vino a identificarse con el ser humano perdido; con la persona pecadora, con aquel que está separado de Dios, con quien se sabe imposibilitado de alcanzar salvación.
En este sentido, el grito de Jesús en la cruz tiene el propósito de señalar el abismo que existe entre Dios y la humanidad. Al clamar en desamparo, Jesús revela que, en el sentido más profundo de la palabra, todos nosotros somos desamparados. Todos estamos necesitados de salvación.
Por lo tanto, Jesús vino a identificarse contigo y conmigo. Su desamparo es nuestro desamparo. Su muerte es el castigo que debimos llevar tú y yo.
Imaginen el cuadro: el justo, el fiel, el verdadero, el santo de Dios está crucificado entre dos criminales en el monte de la calavera.
Y si digo “criminales” es por una razón justificada. La cruz era el castigo más violento y despiadado que se conocía en el mundo romano. Al crucificado se le colocaba en lo alto de una cruz para morir asfixiado por el peso de sus músculos desgarrados sobre su pecho. En la cruz, el hambre, la sed, la infección y la gangrena carcomían al condenado. Además, los judíos consideraban que cualquier persona crucificada quedaba “maldita” por la ley de Moisés (Dt. 21.22-23). Por eso le crucificaban alto, para que no contaminara la tierra. Por estas razones sólo eran crucificados los extranjeros, los sediciosos y los criminales más despiadados; porque el castigo de la cruz era algo inhumano.
Jesús es colocado en el Gólgota entre dos crucificados; es llevado a lo alto del monte de la cruz entre dos malhechores que padecían justamente, según confiesa uno de ellos (v. 41).
El cuadro es interesante. En el momento en que los tres condenados a padecer fueron elevados en sus cruces, comienza una dolorosa conversación. Uno de los criminales se burla de Jesús, sugiriéndole que se salve a sí mismo y que le salve a él también. El malhechor le pide a Jesús que haga un milagro, que llame a sus discípulos, en fin, que haga algo para detener la ejecución. Entonces entra en escena el otro criminal, quien reprende al primero por equipararse con Jesús. Después de callar a su compañero, se dirige a Jesús, hablando seguramente con gran dificultad. Este otro criminal reconoce la grandeza de Jesús y le pide “posada”; le pide humildemente que se acuerde de él cuando venga en su reino.
Si, lo oyeron bien, el primero en reconocer al Crucificado como Señor fue otro crucificado. Un marginado, desecho por la sociedad, es quien recibe la revelación divina que le permite reconocer en Jesús al Mesías prometido. A este compañero de cruz, Jesús le ofrece la esperanza de vida eterna. Y esta vida no se pospone a un futuro lejano. La vida abundante que Jesús ofrece comienza aquí y ahora.
Esta es una buena noticia para toda aquella persona que ha sufrido en la vida. Todos aquellos que han sido “crucificados” por el dolor, la pobreza, el desamor y el sufrimiento, pueden encontrar la vida plena en Jesús.
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen es una meditación sobre la Primera de Las Siete Palabras, adecuada para la Semana Santa.
Introducción
El viernes es el día de la muerte. Temprano en la mañana, Jesús es arrestado y llevado preso ante los líderes religiosos de Jerusalén. Estos le juzgan–ilegalmente, por cierto–por los delitos de sedición y blasfemia. Poco después, el Galileo es llevado ante un gobernante cobarde—Poncio Pilatos—y ante un político corrupto—Herodes Antipas—para ser azotado, golpeado, torturado y condenado a muerte. Entonces, es presentado ante el pueblo junto a Barrabás—un criminal habitual—para que la masa escogiera uno para ser liberado. Y la turba, sedienta de sangre inocente, escoge al justo como la víctima que había de morir en la cruz.
No hay esperanza; el galileo se dirige a la cruenta muerte en la cruz. Allí, entre los clavos y el madero, encontrará la voluntad de Dios para su vida. Allí, dirá las siete “palabras”, siete frases que resumirán su obra, su trabajo, su labor en beneficio de la humanidad.
La primera palabra es: “Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Lucas 23.34
La primera frase nos revela la bondad de Jesús. En el momento de agonía y de muerte, su primera palabra es una oración dirigida—en forma personal—al Padre celestial; oración por medio de la cual intercede aún por los asesinos que le crucificaban.
Jesús llama a Dios “Padre”, hablándole en forma íntima y personal. Jesús le llama “padre” para subrayar su profunda comunión con el Creador de todo. Y en su oración al Padre, pide misericordia para sus victimarios.
Jesús intercede por aquellos soldados que se repartían sus vestidos al pie del árbol de la cruz y echaban suertes sobre su manto. Soldados que “no sabían lo que hacían” porque sólo obedecían la férrea disciplina militar del ejército romano. Sólo seguían las órdenes de Pilatos, el gobernador militar. Este había cedido a las presiones políticas de los líderes religiosos que deseaban ver muerto al profeta galileo. Por eso hoy los soldados asesinan a Jesús, considerándolo un reo más; otro condenado a muerte por el regente romano.
Jesús intercede, además, por aquellos que le condenaron. En su oración, el caminante de Nazaret intercede ante Dios por Pilatos, quien le condenó a la cruz después de una profunda lucha consigo mismo. Del mismo modo, intercede por Herodes Antipas, el desquiciado gobernante que veía a Jesús como la reencarnación de Juan el Bautista.
Jesús intercede por los fariseos y los saduceos—los líderes religiosos de la época—quienes le mataban pensando que hacían un servicio a Dios. El Maestro pide por aquellos religiosos que en su esfuerzo de salvarse a sí mismos, se encuentran de frente con Dios en la persona de Jesucristo. Lo contradictorio es que una vez encuentran al Dios encarnado, en vez de adorarle deciden asesinarle.
Jesús intercede por la masa del pueblo, por esa muchedumbre que aún hoy es llevada de un lado para otro por cualquier líder hábil que presente lo malo como bueno y lo bueno como malo (Isaías 5.20).
En fin, Jesús intercede desde la cruz por la humanidad perdida, dejando claro que esa será su labor por toda la eternidad: el representar a la humanidad ante el Padre celestial. En este sentido, Jesús intercede por ti, por mí, por todos nosotros delante de Dios. Intercede porque cuando pecamos contra Dios y el prójimo, tú y yo tampoco “sabemos lo que hacemos”.
Jesús, el refugiado es una reflexión sobre la huída de Jesús y su familia a Egipto, escapando de la tiranía de Herodes el Grande.
El 6 de enero, en la tradición puertorriqueña, es el día especial cuando recordamos la llegada de hombres sabios quienes, guiados por una estrella, llegaron hasta la tierra de Judea buscando al Mesías enviado por Dios para salvar a la humanidad.
Siguiendo la tradición española, en Puerto Rico celebramos la llegada de los Tres Reyes Magos. Esta es una tradición hermosa, aunque se aleja un tanto de la tradición bíblica. El Evangelio según San Mateo, el único que recoge esta historia, no dice el número de los hombres sabios que buscaban al niño Dios, no menciona sus nombres y nunca les llama “reyes”.
A pesar de su disparidad con el testimonio bíblico, la tradición puertorriqueña es hermosa y debe guardarse con amor. Sin embargo, dicha tradición no debe distraernos del profundo mensaje que tiene la historia de los Magos en el testimonio bíblico.
La historia bíblica, en Mateo 2, afirma lo siguiente:
Jesús nació al final del reinado de Herodes, el Grande (Mt. 2.1). Este era un extranjero—proveniente de Idumea—que había llegado al trono de Judá gracias a las maquinaciones de Antípatro, su padre, y su matrimonio con Mariammé, una princesa Asmonea, hija de Juan Hircano II.
Unos hombres sabios llegaron a Judea de tierras lejanas buscando al “rey de los judíos”, orientados por una estrella (v. 1). Se cree que estos hombres eran astrónomos provenientes de Persia. Evidentemente, habían estudiado las Sagradas Escrituras hebreas y la promesa del Mesías venidero, pues conocían la promesa de Números 24:17: “Yo lo veré, pero no en este momento; lo contemplaré, pero no de cerca. De Jacob saldrá una estrella; un cetro surgirá en Israel…”.
También es evidente que no conocían a Herodes, un rey hábil, pero sanguinario, quien había mandado a asesinar a dos de sus hijos con Mariammé, llamados Alejandro y Aristóbulo (7 a.c.). Del mismo modo, estuvo involucrado en el arresto y ejecución de su hijo mayor, Antípatro, a quien tuvo con Doris, su primera esposa. Antípatro falleció solo cinco días antes que su padre en el año 4 a.c.
Herodes recibió a los sabios extranjeros con amabilidad, fingiendo interés en su búsqueda (v. 2). Sin embargo, las palabras de los sabios le estremecieron (v. 3), pues Herodes sabía muy bien que no tenía derecho al trono de Judea.
El Rey recurrió a líderes religiosos versados en la teología para escudriñar las profecías bíblicas (v. 4). Correctamente, estos le indicaron que el Mesías habría de nacer en la ciudad de Belén (v. 5), como indica la profecía de Miqueas 5.2 (v. 6).
6. Con esta información en mano, Herodes llamó a los sabios y les pidió que encontraran al Mesías y que, a su regreso, pasaran por Jerusalén para informarle donde estaba el niño (vv. 7-8)
Los sabios siguieron la estrella hasta donde estaba el niño (vv. 9-10). Entraron a la casa donde estaba María de Nazaret, junto a Jesús, y le adoraron (v. 10).
También le dieron tres regalos: Oro, incienso y mirra (v. 11). El oro representa la realeza de Jesús, el incienso evoca el culto a Dios y la mirra, la amargura que sufren los profetas. De esta manera, los regalos de los sabios profetizan el “Triple Oficio” de Cristo, como profeta, sacerdote y rey.
Por medio de una revelación en sueños, Dios le dice a los sabios que regresen a su tierra “por otro camino”, sin informar a Herodes sobre el paradero del Mesías recién nacido (v. 12).
Del mismo modo, Dios le dijo en sueños a José que emigrara a Egipto para escapar de la ira de Herodes (v. 13). Tan pronto despertó, viajó con su familia a Egipto, donde encontraron refugio hasta que Herodes murió (vv. 14-15).
Cuando notó que los sabios no regresaban a decirle donde estaba el niño, Herodes mandó a asesinar a todos los niños menores de dos años en la ciudad de Belén (v. 16). Dado que la ciudad era relativamente pequeña, contando con unos 150 a 200 habitantes, se calcula que el número de niños asesinados debió oscilar entre 5 a 7. Claro está, no hay evidencia histórica de esta masacre, pues la historia no recuerda la muerte de los pobres. Sin embargo, nadie duda que Herodes—quien mató a dos de sus propios hijos—era capaz de asesinar a los hijos de otros personas.
Un ángel dio la noticia sobre la muerte de Herodes a José (vv. 19-20), quien pronto regresó al territorio de Israel (v. 21).
Sin embargo, cuando supo que Arquelao, uno de los hijos de Herodes, era el rey de Judea, José decidió ubicarse en Galilea, una provincia al norte del territorio nacional (v. 22).
Específicamente, la familia se mudó a la aldea de Nazaret, razón por la cual Jesús era llamado “Nazareno” (v. 23).
El mensaje teológico de este pasaje bíblico es claro: Los sabios extranj eros representan a todas las personas no-judías que vendrían a la fe de Jesucristo.Confirman, de manera milagrosa, que Jesús era el Mesías enviado por Dios para salvar a la humanidad. Además, de manera profética, anuncian el “Triple oficio” de Cristo como profeta, sacerdote y rey.
Sin embargo, el texto también contiene otra enseñanza, pertinente para todo tiempo y lugar. Por medio de esta historia, Dios en Cristo se identifica con la niñez perseguida, que escapa buscando refugio. Sí, Jesús es el rostro humano de Dios, encarnado en un niño pobre, quien escapa junto a su familia de un dictador desalmado.
Desgraciadamente, a través de los tiempos la niñez ha sufrido a causa de la pobreza y de la violencia. Regímenes, tanto de derecha como de izquierda, han perseguido y asesinado a niños y niñas sin defensa. Y líderes religiosos sin escrúpulos se han vendido al mejor postor, usando su conocimiento teológico para facilitar la violencia y la persecución de las personas más vulnerables de la sociedad.
Ante esta dura realidad, Mateo 2 anuncia la buena noticia del Evangelio: Que Dios se hizo humano en la persona histórica de Jesús de Nazaret, quien nació pobre, fue perseguido y eventualmente asesinado. ¡La buena noticia es que Dios ha provisto salvación a la humanidad precisamente por medio de ese niño refugiado!
Demos gracias a Dios, pues, por Cristo Jesús y luchemos en favor de la niñez pobre, perseguida y refugiada. ¿Por qué? Porque cuando bendecimos a un niño o a una niña, estamos bendiciendo a Dios mismo. “De cierto les digo, que si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humilla como este niño es el mayor en el reino de los cielos; y cualquiera que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí.” (Mateo 18.3-5 RVC)
Amor: Si hay una palabra que nos lleva a pensar en la grandeza de Dios es, precisamente, amor. Del mismo modo, la palabra amor define la Navidad como ninguna otra. Quien nace humilde en el pesebre de Belén es Emanuel, “Dios con nosotros”, el amor hecho carne para bendición de toda la humanidad.
Hoy exploraremos ese amor desde una perspectiva diferente, meditando sobre las enseñanzas de la Epístola del Apóstol Pablo a Tito, un texto bíblico que no es muy conocido en nuestras congregaciones.
La Epístola de Tito
Cuando pensamos en Tito, pensamos en 1 y 2 Timoteo. En conjunto, estas tres cartas se conocen como “Las Epístolas Pastorales”, dado que recalcan la organización de la Iglesia Primitiva.
Allí encontramos enseñanzas sobre temas relacionados al liderazgo de la Iglesia, tales como los requisitos para servir como anciano o anciana, diácono o diaconisa y para puestos que ya la Iglesia no tiene, tales como el de la “viuda” (que era ocupado por ancianas solitarias que eran mantenidas por la Iglesia).
Por esta razón, rara vez se escuchan sermones sobre estas epístolas, a menos que se hable sobre la organización de la iglesia, sobre el ministerio o sobre los diversos aspectos administrativos de la Iglesia.
Cuando se manifestó la bondad
Por eso es tan sorprendente encontrar en esa corta epístola un pasaje cuyo contenido teológico es tan exquisito que rivaliza el contenido de otras epístolas paulinas, tales como Romanos, Gálatas y Efesios.
Me refiero a Tito 3, versículos del 4 al 7, que lee de la siguiente manera:
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.
Enumeremos brevemente los muchos temas que este corto texto trata de manera tan condensada. Este pasaje bíblico habla sobre:
La revelación o manifestación de Dios, a quien el ser humano sólo puede conocer si el Señor decide revelarse a la humanidad.
De las cualidades o atributos de Dios, entre los cuales se encuentran la bondad y el amor.
De la salvación por gracia, por medio de la fe en Dios. Los seres humanos alcanzamos salvación por la pura misericordia divina, no por nuestras obras ni por nuestras buenas acciones.
El texto habla sobre el bautismo, al que describe como el “lavamiento de la regeneración”. Es decir, que por medio del bautismo el ser humano es hecho nueva criatura, dejando atrás la vida vieja y los pecados de ayer.
No podemos olvidar la referencia a la obra del Espíritu Santo de Dios, que Jesucristo ha derramado sobre la Iglesia para salvación de toda la humanidad.
El tema de la justificación también se encuentra presenta, recalcando que Dios nos convierte en personas justas de manera gratuita, por pura gracia divina.
Todo esto es una herencia espiritual a la cual las personas que llegan a ser hijas de Dios por medio de la fe pueden aspirar.
Finalmente, el tema de la esperanza también está presente. Lo encontramos como esperanza de vida eterna, de vida perdurable, de vida en un un mundo asediado por las fueras de la muerte.
Conclusión
Todo esto toma un tinte distinto cuando lo leemos durante la temporada navideña. Hoy lo vemos con toda claridad: El nacimiento de Jesús de Nazaret es la plena manifestación de la bondad divina; es la plena revelación de los propósitos salvíficos de Dios para con la humanidad.
Por eso hoy damos gracias a Dios por Cristo: por su nacimiento, por su vida, por sus enseñanzas, por su sacrificio en la cruz y por su obra salvífica a favor de toda la humanidad.
Damos gracias a Dios por Cristo, nuestro Señor. AMÉN
Tema: Dios no justifica el asesinato, aun cuando se haga en nombre del honor.
Área: Cuidado pastoral
Propósito: Ayudar a la audiencia a comprender teológicamente los eventos del 11 de septiembre.
Clasificación: Sermón de ocasión, predicado en el servicio de consolación llevado a cabo en la Iglesia Cristiana «La Hermosa» (Discípulos de Cristo), por la Convención Hispana del Noreste, el 14 de octubre de 2001
Diseño: Expositivo
Lógica: Inductiva
Introducción
Hace un tiempo descubrí un pequeño restaurante de comida árabe, muy cerca de mi oficina, en la ciudad de Indianápolis. Con alegría vi que tenían «baklava», un postre hecho con nueces, azúcar morena, y hojaldre. Mientras decidía si debía romper mi dieta o no, el dueño del restaurante me miró con curiosidad y me preguntó: «¿De qué país viene usted?» Le respondí: «De Puerto Rico, una isla del Caribe». Sorprendido, me dijo: «Usted parece árabe. Debe tener sangre de los moros que vivieron tiempo atrás en España. Yo soy libanés. Total, todos venimos de la cuenca del Mar Mediterráneo.»
Sí, todas las personas hispanas tenemos raíces en la cuenca del Mediterráneo. Esto explica los puntos de contacto entre la cultura hispana y las culturas bíblicas. Por ejemplo, el pueblo latino tiene un alto sentido del honor, al igual que los pueblos hebreos y árabes.
El honor es un valor muy importante en la Biblia. El mismo puede ser muy positivo, pero también puede tener consecuencias negativas. Es positivo cuando nos inspira a hacer el bien, a cumplir nuestra palabra, y a actuar de acuerdo a nuestros ideales. Pero es un valor negativo cuando inspira sentimientos de falso orgullo y de venganza. De hecho, el falso sentido del honor es lo que inspira la primera tragedia de la Biblia: la muerte de Abel a manos de su hermano Caín.
El pecado de Caín
De acuerdo a las Sagradas Escrituras, Adán y Eva, la primera pareja de seres humanos, tuvieron dos hijos (Gn 4.1). El mayor se llamaba Caín, y cuando creció se dedicó a cultivar la tierra. El menor se llamó Abel, y se dedicó a pastorear ovejas (v. 2).
Con el tiempo, Caín y Abel llegaron a ser hombres. Con la madurez, vino la responsabilidad de participar del culto de adoración a Dios. Como sabemos, en los tiempos del Antiguo Israel los sacrificios de animales y la presentación de los frutos del campo eran parte de la adoración a Dios. Es decir, estas eran las «ofrendas» que los creyentes llevaban al altar de Dios.
De acuerdo al relato del Génesis, Caín presentó como ofrenda a Dios parte del fruto que había cosechado (v. 3). Del mismo modo, Abel presentó una oveja como sacrificio a Dios (v. 4a). Es decir, cada hermano trajo consigo una ofrenda que representaba el trabajo que llevaban a cabo diariamente.
Dios consideró las ofrendas de ambos hermanos, mirando con agrado «a Abel y a su ofrenda» (v. 4b). Muchas personas han tratado de explicar por qué Dios prefirió la ofrenda del hermano menor. Podríamos esbozar algunas de esas teorías, defendiendo a Dios en el proceso. Sin embargo, Dios no necesita defensa. Sencillamente, la Biblia indica que una ofrenda fue agradable y la otra no, sin dar razón u explicación alguna.
Caín reaccionó con dolor al juicio de Dios. De hecho, la Biblia lo describe en términos que evocan un estado depresivo: «Por lo cuál Caín se enojó en gran manera y decayó su semblante» (v. 5b). Sin embargo, tratar de psicologizar este texto sería un error. Caín no reacciona de manera negativa porque necesitaba «Prozac» o porque padecía de «desorden bipolar» (la condición mental que está de moda). Por el contrario, Caín reacciona negativamente porque entiende que la decisión de Dios le ha deshonrado públicamente.
En los tiempos de la Biblia, los hermanos mayores tenían más autoridad y más derechos que el resto de la familia. Heredaban una «doble porción», es decir, dos veces la cantidad de dinero y propiedades que los demás. En ausencia del Padre, actuaban como jefes de familia. Después de la muerte del padre, se convertían en los líderes del clan familiar.
El hijo mayor también debía prepararse para tomar las riendas de la vida espiritual de la familia. El jefe de familia era quién dirigía las devociones familiares, quien intercedía a Dios en oración por los miembros de su casa, y quien repartía la bendición divina a cada cual. Por derecho, pues, el liderazgo espiritual le correspondía a Caín, no a Abel. El rechazo de su sacrificio se convirtió en una afrenta, una vejación, una deshonra.
Es precisamente este sentido de falso honor lo que mueve a Caín a asesinar a su hermano Abel. Su honor, violentado por el rechazo de Dios, le lleva a «limpiar la afrenta» motivada por el sacrificio de su hermano.
Dios, quien ve el corazón de Caín, le indica que debe calmarse. Dios le llama a actuar con rectitud, si desea recibir honor. Dios le advierte que «el pecado está a la puerta, acechando» (v. 7b), listo para tomar control de su vida. Caín no escucha la advertencia de Dios. Por el contrario, cegado por la venganza, anda en busca de su hermano. Con engaños, le lleva al campo y lo asesina (v. 8).
Dios va al encuentro del hermano fraticida y pregunta por el paradero de Abel. Dios le da al hermano asesino la oportunidad de confesar su pecado. Caín contesta con desdén, expresando una de las frases más cínicas de toda la Biblia: «No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?» (v. 9). Ofendido por el cinismo y la mentira, Dios confronta a Caín, diciendo: «¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra» (v. 10).
El ataque al «World Trade Center»
¡La voz de la sangre de nuestros hermanos clama a Dios desde la ciudad de Nueva York!
La tragedia experimentada el pasado 11 de septiembre es un triste ejemplo de las consecuencias del pecado que, escondido como un ladrón detrás de una puerta, está listo a despojarnos. El ataque a las dos torres que formaban parte del «World Trade Center», son un hecho infame, que será recordado como una acto vil y cobarde. El asesinato de miles de personas inocentes, las heridas a miles de obreros y transeúntes, y el terror sembrado en los corazones de los habitantes de esta gran ciudad son actos pecaminosos; actos que Dios repudia y rechaza de manera definitiva.
Desde el momento en que ocurrió el primer ataque, muchas personas se han preguntado: ¿Por qué Dios permitió esta tragedia? Debe quedar claro, pues, que Dios no es el responsable de la maldad humana.
Dios no dirigió el destino de estos asesinos, ni les ayudó a hacer sus fechorías.
Dios no castigó a las personas asesinadas en los aviones, ni a las desaparecidas en los derrumbes.
Dios no se complace de la maldad humana.
Estos actos asesinos demuestran que en este mundo hay personas que dedican sus vidas a practicar el mal, a servir al pecado, y a ser agentes de la muerte.
Dios rechaza y combate tanto a las fuerzas de la muerte como a quienes les sirven.
El Dios de la vida desea que toda la humanidad disfrute la vida a plenitud, gozando del bien, bendiciendo a los demás con alegría.
El Dios cristiano no mata a nadie; el Dios de la vida no es un asesino.
La muerte de José D. Sánchez, de Esmerlin Salcedo, de Eliezer Jiménez, de John Robert Cruz, y de tantas otras personas relacionadas a nuestras congregaciones vino a consecuencia del pecado humano, no de la voluntad divina. Es la consecuencia de un acto de venganza, perpetrado por una pandilla de hombres que, como Caín, estaban tratando de limpiar su honor.
«¿Venganza?» podrá preguntar usted. «¿Venganza de qué?» Son actos de venganza por la pasada hegemonía de Gran Bretaña sobre los países árabes; la muerte de miles de palestinos durante los pasados 53 años; por la muerte de cientos de civiles libaneses; por la pérdida de más de un cuarto de millón de soldados iraquíes; y por la forma en que los Estados Unidos reclutó, entrenó, y financió a la guerrilla afgana para lucha contra el ejercito soviético, sólo para abandonarla en el proceso.
Los asesinos del 11 de septiembre pensaron que el asesinato de miles de personas inocentes vengaría la muerte de sus antepasados, de sus amigos, y de sus familiares. Al igual que Caín, un falso sentido del honor les llevó a cometer un acto infame.
Nuestro país debe recordar la lección de este texto bíblico, evitando así dejarse llevar por un sentido equivocado del honor. De otro modo, nuestra sed de venganza sólo lograra causar más tragedias en los países árabes e islámicos. Tragedias que, a su vez, serán vengadas por las próximas generaciones. Debemos hacer todo lo posible por evitar caer en un círculo de venganza.
Creo que debemos aprender tanto del texto bíblico como de la triste experiencia del 11 de septiembre que la venganza es un instrumento del pecado que debemos rechazar. Debemos, pues, orar a Dios pidiendo que nos libre de estos sentimientos de venganza. Aprendamos pues, que el asesinato no se justifica, aún cuando se haga en nombre del honor.
Conclusión
A pesar de mis palabras, muchos podrían todavía preguntar: «¿Dónde estaba Dios cuando se estaban derrumbando las torres?» No sé. No puedo contestar esa pregunta de manera definitiva.
Sólo puedo indicarles mi sospecha de que la clave para contestar esa pregunta desde una perspectiva cristiana está en la cruz de Jesucristo. Jesús también murió de manera trágica, a manos de una «elite» religiosa deseosa de castigar al blasfemo, es decir, al maestro cuyas enseñanzas habían «deshonrado» su religión. A manos de un aparato militar deseoso de castigar al subversivo, que se había declarado «rey de los judíos», deshonrando así al emperador romano.
Yo estoy convencido de que el pasado 11 de septiembre Jesús estaba en su cruz, muriendo de forma trágica una vez más. Estoy convencido de que aquel día Jesús fue sepultado en el alud de metal y concreto que quedó en lugar de los antes imponentes edificios. Y estoy convencido, de que aquellas personas que mueren con Cristo, resucitarán juntamente con él.
*****
Esta es una traducción del sermón titulado «Elusive Honor», publicado en el libro Shaken Foundations: America’s Pulpits after the Terrorist Attacks, editado por David P. Polk (St. Louis, MO: Chalice Press, 2001), pp. 104-109.
Cocinas desayuno, almuerzo y a veces hasta la cena antes de las seis de la mañana. Preparas a tus chicos y a tus chicas para ir a la escuela. En ocasiones, hasta tienes que llevarlos tú misma.
Aún así, tu día apenas comienza. Tienes que llegar al trabajo, a veces en tu vehículo privado y otras en transporte público. Trabajas horas y horas, quizás haciendo labores que no te agradan, para mantener a tu familia. Enfrentas sexismo y hostigamiento de parte de hombres que te ven como presa fácil. Y, a veces, pasas el día sin comer.
Quizás tienes un esposo amoroso y trabajador, lo que aliviaría tu carga, pero no siempre es así. A veces tienes una pareja errática, que no abona a tu estabilidad emocional ni financiera. Puede que tu esposo sea un hombre cuya condición de salud no le permita trabajar. Sea por machista, por estar confinado, por estar ausente, por trabajar tiempo extra o, sencillamente, por pereza, tu pareja no coopera. Ve las tareas de la casa como responsabilidad exclusiva de la mujer.
Y no puedo olvidar que quizás nunca te casaste legalmente o, si lo estuviste, ahora estás divorciada. Eso hace tu carga aún mayor, principalmente cuando tu ex-pareja no cumple con sus responsabilidades financieras.
Sales del trabajo, pero tienes compras que hacer. Llegas a tu casa tarde en la tarde, a terminar de cocinar, a supervisar asignaciones y a hacer otras tareas del hogar. Y las tareas son interminables, tantas que no voy a enumerarlas aquí.
No puedo olvidar que también trabajas como voluntaria en tu comunidad, ya sea en la escuela local, en alguna institución social o en la Iglesia. No sé como haces tantas cosas a la vez, pero las haces. Las haces aunque te agotan y te obligan a acostarte muy tarde.
¿Cuánto duermes? Pocas horas. Mañana te levantarás temprano–aunque agotada–para volver a comenzar.
A ti, madre trabajadora, te deseo felicidad, justicia y paz en el Día de las Madres. Que Dios te bendiga hoy y siempre.
A las madres trabajadoras
Vea otros vídeos, ensayos y sermones para el Día de las Madres.
Idea central: Jesús nació «en la plenitud del tiempo» para salvar a la humanidad.
Área: Formación espiritual
Propósito: Explorar el significado del nacimiento de Jesús.
Diseño: Expositivo, en ocasión de Adviento y Navidad
Lógica: Inductiva
Introducción
Una de las cosas más preciadas que los seres humanos podemos intercambiar es una promesa. Una promesa compromete nuestro honor. No es un artículo que puede perderse ni un objeto que pueda romperse. Es, sencillamente, una idea, una frase, una oración donde empeñamos nuestra palabra asegurando que haremos algo en el futuro. Sin embargo, a pesar de su sencillez, las promesas son peligrosas. Son peligrosas porque crean dos cosas: primero, un pacto entre quien promete y quien recibe la promesa; y segundo, crean expectativa, pues quien recibe la promesa queda esperando su cumplimiento.
Navidad como promesa
Navidad es, precisamente, una promesa. En esta temporada celebramos el cumplimiento de la promesa que Dios hizo a la humanidad: la promesa de enviar un Salvador que liberara al mundo del pecado, la maldad y la opresión. Lo notable es que ese Salvador no sería un ángel ni un ser sobrenatural, sino una persona. La fe de Israel esperaba el cumplimiento de lo anunciado por el profeta Isaías 7.14: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel». Por lo tanto, el Salvador sería un ser humano ungido por Dios para una tarea extraordinaria, plenamente humano y plenamente divino. Ese es el motivo por el cual su nacimiento era tan esperado.
Promesa cumplida
El apóstol Pablo, profundo conocedor de las Escrituras, interpreta el nacimiento de Jesús como el cumplimiento de esa promesa divina. Escribiendo a las iglesias de Galacia, declara que «cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley» (Gá 4.4). Con esta frase, Pablo afirma que Jesús nació en el momento perfecto de la historia, en la “plenitud del tiempo”, convirtiendo en realidad la promesa largamente esperada.
Pablo también destaca que Jesús nació de una mujer, subrayando así el papel de la mujer en el plan redentor y afirmando la plena humanidad de Cristo. Jesús no fue un ser etéreo ni un espíritu ilusorio, sino un ser humano real que conoce nuestras pasiones, luchas y necesidades. Finalmente, Pablo enseña que, por medio de la obra del Hijo, recibimos la adopción como hijos e hijas de Dios. El Espíritu Santo transforma nuestro corazón y nos permite clamar «¡Abba, Padre!» (Ro 8.15; Gá 4.6), una expresión íntima que significa “papá”, “papi”, la palabra que un infante usa para dirigirse con confianza a su padre.
Conclusión
Hoy, mientras nos preparamos para celebrar la Navidad, recordamos que Jesús nació «en la plenitud del tiempo» para salvar a la humanidad. En medio de las fiestas, los regalos y las comidas, hagamos un alto para celebrar el cumplimiento de la promesa divina. Que esta Navidad sea un recordatorio de la fidelidad de Dios y de nuestra identidad como hijos e hijas del Padre celestial.
Celebramos el Día de los Padres en un mundo profundamente marcado por la incertidumbre. Vivimos tiempos convulsionados, donde se combinan crisis económicas, desgaste emocional, tensiones familiares y, sobre todo, una gran pérdida de valores.
En medio de este panorama difícil, necesitamos levantar una voz de profética, llena de esperanza. Dios nos llama a vivir en una relación de amor y justicia con nuestro Señor. Esto nos convertirá en hombres que aman a Dios, que cuidan de sus familias y que viven con integridad. Hoy, queremos recalcar ese llamado, porque la Palabra de Dios afirma que es “bienaventurado el varón” que persevera en la justicia.
Para guiarnos en esta reflexión, vamos al Salmo 1.
I. El prólogo del salterio
El Salmo 1 no es simplemente otro poema bíblico: es la puerta de entrada al libro de los Salmos. Este cántico presenta un retrato del hombre bendecido por Dios: un hombre que no sigue el consejo de los malos, que no se detiene en el camino del pecado, y que no convive con burladores.
Este hombre justo se deleita en la Palabra de Dios. No se limita a leerla ocasionalmente:la medita día y nocheen la Ley de Dios , permitiendo que esa verdad transforme su vida.
En medio de un mundo donde muchos se dejan arrastrar por lo fácil, el hombre que medita en la Palabra de Dios tiene raíces firmes. Puede resistir la presión y dar fruto a su tiempo.
II. El contraste
El salmista utiliza una herramienta poderosa: la comparación. Contrasta al hombre justo con el injusto. No hay puntos medios. No se puede caminar con Dios y seguir la maldad al mismo tiempo.
Veamos tres áreas donde este contraste es evidente:
1. La calidad de vida
El hombre justo florece como árbol plantado junto a corrientes de agua. Su vida tiene propósito, dirección, fruto.
En cambio, el impío se desvanece. No tiene raíces. Es como paja que se lleva el viento.
2. La comunidad
El justo se aparta del mal y busca la comunión con otros que aman a Dios.
El injusto, por su propia conducta, queda fuera de la comunidad de los justos. No encaja en el pueblo que vive conforme a los valores del Reino.
3. El resultado final
El Señor cuida el camino del justo. Pero el camino del impío… lleva a la perdición.
Conclusión: Un llamado a los hombres de hoy
Hoy, más que nunca, la sociedad necesita hombres valientes, hombres de fe, hombres que opten por la justicia. No perfectos, sino decididos a caminar con Dios.
El mundo necesita hombres que:
Honren a sus familias 🏠
Sean honestos en el trabajo 💼
Sirvan a su comunidad 🤝
Busquen a Dios con sinceridad 🙏
Sean ejemplo de vida íntegra 💡
Dios está llamando a todos los hombres —especialmente a los padres— a tomar una decisión de fe. Si eliges caminar con Cristo, si eliges deleitarte en su Palabra, serás como árbol junto a corrientes de agua, darás fruto en tu tiempo, y todo lo que hagas prosperará.
Ese hombre es bienaventurado. Ese hombre eres tú, si decides hoy vivir para Dios. Amén.
Hay experiencias que hermanan a la humanidad. Una de ellas es la maternidad. Todo ser humano conoce el amor maternal. Tanto hombres como mujeres hemos visto de cerca el inmenso amor y los cuidados que le proporciona una madre a su hijo.
La Biblia presenta varios ejemplos del amor maternal. Uno de los más emotivos es el caso de Agar.
Marco escénico
La historia de Agar forma parte del ciclo de historias relacionadas a Abram, el patriarca hebreo.
Abram había recibido la promesa de parte de Dios de que sería padre de un niño. Este sería su heredero (15.4). Sin embargo, al retardarse el cumplimiento de la promesa, su esposa Sara le sugiere que tome a su esclava como “madre sustituta.” Agar, la esclava, no tenía opciones. Su condición de esclava la obligaba a someterse a los deseos de su ama. Por eso Sara la trata como si fuera un objeto.
Trama
Agar concibió. Su embarazo cambió su situación en la casa de Abram. Agar ya no era un objeto; ahora era la madre del heredero. Esto provoca una situación de tensión y rivalidad entre Sara y Agar (16.4). Agar huye al desierto, quizás tratando de volver a su tierra (16.7). Y es precisamente en el desierto donde Dios viene al encuentro de Agar.
Pero esta no fue la única vez que Dios tuvo que venir en auxilio de la mujer egipcia. Unos 14 años después del nacimiento de Ismael, Abram vio cumplida la promesa del Señor. Abram hizo un pacto con Dios, pacto que cambió su nombre en el proceso a Abraham. Como señal del pacto, Abraham tuvo un hijo con Sara, llamado Isaac.
Esto sólo agravó la rivalidad entre Agar y Sara. Finalmente, Sara le ordenó a Abraham que echara a Agar a la calle. Abraham le dio un poco de comida para el camino—pan y agua—y Agar se encaminó al desierto.
Vencida por el hambre y la sed, Agar se echó a morir (21.15-16). Una vez más, Dios vino a su encuentro proveyendo agua en forma milagrosa, dándole así un nuevo futuro (21.17-19)
Punto culminante
¿Por qué Dios vino en auxilio de Agar? Hay varias respuestas posibles:
Podemos decir que Dios ama a todo el mundo.
O podemos explicarlo a base de la misericordia de Dios.
Quizás sea parte de su plan para la vida de Agar.
Ahora bien, creo que la respuesta es más profunda que eso. Dios intervino a favor de Agar porque Dios conoce de primera mano el amor que siente una madre por su hijo. Dios conoce el amor maternal porque ama a la humanidad como una madre a sus hijos.
Debemos recordar que Dios no es un hombre, sino un espíritu. Por lo tanto, queda claro que Dios no es un “varón”. De hecho, la Biblia emplea varias imágenes femeninas para describir el carácter y la acción de Dios.
Por ejemplo, hay varios pasajes bíblicos que describen a Dios como un ave que guarda a sus pollitos bajo sus alas. Deuteronomio 32.11-12 se compara a Dios con un águila y Mateo 23.37 con una gallina de pollos.
El libro de los Salmos se refiere constantemente a la protección que reciben los justos bajo “las alas de Dios” (Sal 17.8; 36.7; 57.1; 61.4; 63.7; 91.4).
Quizás el texto que relaciona más directamente el amor de Dios al amor maternal es Isaías 66.13, donde la profecía afirma que Dios consolará al pueblo exilado como una madre consuela a sus hijos e hijas.
Desenlace
En este sentido, hoy estamos celebrando el día del amor de Dios, encarnado y revelado en al amor de una madre. Del mismo modo que una madre ama, cuida y protege a sus hijos e hijas, Dios te ama, te cuida y te protegerá por siempre. Amén.