Marcos 1.14–15 presenta el inicio del ministerio público de Jesús con una declaración que resume el núcleo de su mensaje: “Se ha cumplido el tiempo… El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas noticias!”. Según este texto, Jesús predicaba un mensaje diferente, centrado en la proclamación del evangelio del Reino de Dios.
Después del encarcelamiento de Juan el Bautista, Jesús comienza su misión en Galilea, una región periférica y marginada, no en Jerusalén, centro del poder religioso. Este detalle subraya el carácter contracultural de su obra. Su anuncio afirma que Dios actúa en la historia y que su intervención es concreta y cercana. El “tiempo cumplido” indica que la promesa divina alcanza un momento decisivo; el Reino no es una idea abstracta, sino la presencia activa de Dios transformando la realidad.
El término “evangelio” (euangelion) significaba originalmente “buena noticia”, usado en el Imperio Romano para celebrar eventos del poder imperial. Jesús redefine el concepto: la verdadera buena noticia no exalta al César, sino que proclama la soberanía de Dios. El Reino anunciado por Jesús no es un territorio físico, sino un orden nuevo basado en justicia, misericordia, paz y amor. Por ello, el discipulado cristiano implica adoptar los valores del Reino y rechazar los “antivalores” y los “disvalores” que dominan las estructuras humanas.
Después que encarcelaron a Juan, Jesús se fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de Dios. “Se ha cumplido el tiempo –decía–. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas noticias!”
Marcos 1.14-15 (NVI)
Marcos destaca tres verbos esenciales que estructuran la respuesta al mensaje: predicar, arrepentirse y creer. Jesús predica públicamente, llevando su mensaje a la vida cotidiana. El arrepentimiento (metanoia) implica un cambio profundo de mente y conducta, una transformación integral como respuesta al amor divino. Creer no es mera aceptación intelectual, sino confianza activa y compromiso total con la realidad del Reino.
El llamado a los primeros discípulos y las acciones liberadoras de Jesús —sanidades y expulsión de demonios— muestran que el Reino produce efectos concretos: restauración, liberación e inclusión. Así, el discipulado no es evasión espiritual, sino participación activa en la misión transformadora de Dios. En conclusión, el mensaje de Jesús es diferente porque anuncia un Reino presente y dinámico que invita a una decisión radical. Es una buena noticia que transforma vidas y redefine la historia.
Un maestro diferente es la primera de toda una serie de presentaciones sobre el discipulado cristiano, basada en el final del Sermón de la Montaña en Mateo 7.
Esta prédica cristiana reflexiona sobre Mateo 7.28–29, texto que concluye el Sermón del Monte afirmando que las multitudes se asombraban de Jesús porque enseñaba “como quien tiene autoridad”. A partir de esta declaración, presenta a Jesús de Nazaret como un maestro diferente, cuya singularidad no radica solo en el contenido de su enseñanza, sino en la fuente y el poder transformador de su poder. Su autoridad o “exousía” no era impuesta, sino reconocida, pues brotaba de su comunión con Dios y de su fidelidad al Reino.
Cuando Jesús terminó de decir estas cosas, las multitudes se asombraron de su enseñanza, 29 porque enseñaba como quien tenía autoridad y no como los maestros de la Ley.
Mateo 7.28-29 NVI
En contraste con los escribas y fariseos del primer siglo, cuya enseñanza se había vuelto rutinaria y distante de la experiencia del pueblo, Jesús hablaba desde la coherencia entre palabra y acción. Su vida respaldaba su mensaje. Por eso su enseñanza no era meramente informativa, sino profundamente existencial y pastoral: comunicaba vida y provocaba transformación.
El texto identifica tres elementos fundamentales del discipulado cristiano. Primero, la admiración ante su enseñanza: el asombro inicial que conmueve el corazón y abre la puerta a la conversión. Segundo, la autoridad de su voz: los creyentes no siguen un sistema doctrinal abstracto, sino a una persona viva, cuya palabra es norma de fe y conducta. Tercero, el llamado a la práctica: escuchar sin obedecer es edificar sobre arena; el verdadero discipulado implica acción, compromiso con la justicia y fidelidad concreta al evangelio.
Finalmente, la prédica subraya que el discipulado es comunitario. Jesús formó una comunidad llamada a vivir los valores del Reino: justicia, paz, solidaridad y amor. Seguir al Maestro diferente implica asumir su estilo de vida y participar en la construcción de una nueva humanidad bajo el señorío de Cristo.
Después de Bad Bunny, ¿Qué debe hacer la iglesia? es un ensayo sobre la revitalización de la iglesia escrito por el Dr. Pablo A. Jiménez.
Después del discutido espectáculo que presentó Benito Antonio Martínez Ocasio—mejor conocido como “Bad Bunny”—el domingo 8 de febrero de 2026 en el medio tiempo o descanso del Super Bowl LX, ¿qué debe hacer la iglesia?
Por varias semanas las redes sociales se vieron congestionadas por comentarios a favor o en contra del artista y de su espectáculo. Muchos de esos comentarios fueron colocados en las redes por personas cristianas: agentes pastorales, líderes congregacionales y feligreses, en general. Ahora que ha pasado el espectáculo, ¿qué debe hacer la iglesia?
Imagino que muchas personas creyentes continuarán enfrascadas en las batallas culturales, en general, y en la denuncia de las letras de la música urbana, en particular. Si van a invertir su tiempo en esas tareas, les indico que hay muchos otros artistas e “influencers” que publican líricas objetables en sus canciones, muchas de ellas mucho más fuertes que las de Martínez Ocasio. Pueden comenzar con Annuel AA, seguir con Karol G (quien tiene canciones muy subidas de tono a pesar de su actual “look” inocente) y terminar con Young Miko. De ahí pueden seguir examinando otras líricas sexualmente explícitas, como las de Tokisha, o analizar el subgénero del “maleanteo”, donde se destacó el difunto Pacho, que en paz descanse.
Creo que otras personas tornarán su mirada a temas políticos, como los archivos de Epstein, que contienen una larga lista de hombres adinerados que, ayudados por algunas mujeres, se dedicaron a la trata humana, la explotación de chicas adolescentes y la promoción de la perversión sexual, en general. Esos pervertidos ya tendrán su recompensa: “Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo” (2 Co 5.10 NVI).
Ahora bien, les ruego que me permitan hacer una recomendación. En lugar de desgastarnos en batallas culturales y en debates políticos interminables, tornemos nuestra mirada a las ordenanzas y mandamientos que nos dejó nuestro Señor Jesús. En particular, quiero resaltar dos pasajes bíblicos del Evangelio según San Mateo: la parábola del Juicio a las Naciones (Mt 25.31-46) y las palabras finales de Jesucristo resucitado, pasaje apodado “La Gran Comisión” (Mt 28.16-20).
La parábola del Juicio a las Naciones presenta los criterios que el Hijo del Hombre utilizará para juzgar al mundo: dar alimento al hambriento, agua al sediento, hospitalidad al forastero, vestimenta al desnudo, cuidado pastoral al enfermo y atención a las personas encarceladas (Mt 25.35-36 y 42-43). Si unimos los primeros dos, dar alimento y agua a las personas hambrientas y sedientas, obtenemos cinco criterios normativos.
»Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. 32 Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. 33 Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda. 34»Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. 35Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y me dieron alojamiento; 36 necesité ropa y me vistieron; estuve enfermo y me atendieron; estuve en la cárcel y me visitaron”. 37Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos o sediento y te dimos de beber? 38¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento o necesitado de ropa y te vestimos? 39¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?”. 40El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”. 41»Luego dirá a los que estén a su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. 42Porque tuve hambre y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed y no me dieron nada de beber; 43fui forastero y no me dieron alojamiento; necesité ropa y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron”. 44Ellos también contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, enfermo o en la cárcel y no te ayudamos?”. 45Él responderá: “Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”. 46»Aquellos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».
Mateo 25.31-46
Al leer la parábola, nótese que tanto las personas que se salvan como las que se condenan le preguntan al Juez Celestial cuándo hicieron o dejaron de hacer estas cosas (vv. 38-39 y 42-43). Es decir, ninguno de los dos grupos cumplió o rechazó los criterios usados por Jesús de manera consciente; dicho de otro modo, se salvaron o se condenaron “sin darse cuenta”. La respuesta de Jesús a ambos reclamos es contundente: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mt 25.40 NVI, véase el paralelo en el v. 45).
Yo creo que la iglesia debe prestar más atención a estos cinco criterios. ¿Por qué? Porque yo soy un viejo profesor que muchas veces le he dicho a mis estudiantes que incluiré tal o cual pregunta en el examen final. Por lo regular, quienes prestan atención estudian los temas señalados y obtienen buenas calificaciones. Empero, quienes no prestan atención a mis palabras tienden a fracasar en el curso.
Desde este punto de vista, creo que Jesús de Nazaret nos dio cinco preguntas clave que incluirá en el “examen final” de nuestras vidas. Se supone que las personas de fe sincera cumplan los criterios de manera orgánica, sin darse cuenta de que se han convertido en parte integral de su vida cotidiana. Repito, el creyente que menosprecia los cinco criterios estipulados por Jesús en la parábola del Juicio a las Naciones pone en peligro su salvación.
El segundo pasaje es tan conocido que la mayor parte de ustedes conocen, por lo menos, algunas de sus partes de memoria.
Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña que Jesús les había indicado. 17Cuando lo vieron, lo adoraron; pero algunos dudaban. 18Jesús se acercó entonces a ellos y dijo: —Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. 19Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.
Mateo 28.16-20
Desde mi punto de vista, entiendo que las instrucciones finales de Jesús en Mateo 28.16-20 contienen órdenes que la Iglesia debe seguir hoy: discipular nuevos creyentes de todos los pueblos de la tierra, bautizar a las personas discipuladas, y enseñarles a seguir los mandamientos de Jesús. Dicho de otro modo, por medio de “La Gran Comisión”, Jesús invita a la iglesia a participar en el plan de salvación de Dios para el mundo. Esta es una misión “global” que trasciende barreras étnicas, lingüísticas y culturales. Es un llamado a ser “embajadores en nombre de Cristo” que proclamen el “mensaje de la reconciliación” (2 Co 5.20 NVI).
Basado en estos dos pasajes bíblicos, me aventuro a sugerirles diez tareas que bien pueden orientar y hasta reorientar nuestro ministerio pastoral.
Reviva el tema de la evangelización en su iglesia local. Recalque la tarea misionera de la Iglesia en predicación, en sus estudios bíblicos y en la escuela bíblica dominical. Cada miembro de su iglesia local debe comprender que Dios desea que toda persona tenga la oportunidad de escuchar el mensaje del evangelio, confesar a Jesucristo como Señor y entrar en el proceso de formación y crecimiento espiritual que llamamos “discipulado cristiano”. Por esta razón, su iglesia local debe recibir con entusiasmo y amor a toda persona que se acerque buscando una experiencia espiritual transformadora con Dios.
Reciba con amor a quienes visitan su iglesia por primera vez. Su iglesia local debe tener un grupo de líderes que reciban a todas las personas que asisten regularmente a sus oportunidades de adoración. Sin embargo, deben prestar particular atención a quienes asisten a su iglesia por primera vez. La iglesia debe tener material informativo listo para distribuir a las personas visitantes. Por ejemplo, debe tener un folleto que detalle el programa de la iglesia, el horario de la oficina y los números telefónicos y correos electrónicos de contacto. También debe distribuir porciones bíblicas, tales como tratados con textos bíblicos, libros de la Biblia (como el evangelio de Juan), o copias gratuitas del Nuevo Testamento. Otra buena opción sería regalarle a cada visitante un USB con copias electrónicas de los folletos informativos y con una prédica o estudio bíblico en audio o vídeo.
Predique sermones evangelísticos regularmente. Sugerimos que dedique todo un mes de cada año al tema de la evangelización. Durante los restantes once meses, debe predicar al menos un sermón enfocado en la evangelización. Es decir, sugerimos que predique un mínimo de quince sermones evangelísticos al año. Recuerde que un buen sermón evangelístico se expresa en lenguaje sencillo, no en “jerga evangélica”, ya que se dirige a personas que ni han leído la Biblia ni conocen la cultura de las iglesias protestantes, evangélicas o pentecostales. Repito: predique partiendo de la premisa de que las personas que le escuchan hoy nunca antes han escuchado el mensaje del evangelio. De esta manera, su sermón será tan sencillo que toda persona que preste atención podrá comprenderlo bien.
Oriente a todas las personas que respondan a los llamados al altar. Es común terminar los sermones con un tiempo de oración donde se invita a las personas que han sido conmovidas por la prédica a pasar al altar. Lamentablemente, la inmensa mayoría de las congregaciones cristianas no aprovechan estas oportunidades para confirmar las experiencias de fe. ¿Cómo remediar esta situación? Sugerimos que reclute y adiestre a un grupo de miembros de su iglesia local interesados en orientar a nuevos creyentes. Estas personas deben acercarse a quienes pidan la oración y preguntarles si ya son creyentes. Si no lo son, deben invitarles a confesar a Jesucristo como Señor y Salvador por medio de la oración de fe. Quienes hagan esa oración deben pasar a un salón u oficina para recibir una orientación por miembros del grupo de evangelización. Si sus recursos lo permiten, regálale a cada nuevo creyente una Biblia que pueda atesorar como un recuerdo del día de su conversión.
Ofrezca clases para nuevos creyentes y candidatos al bautismo. Invite a los nuevos creyentes a tomar las clases básicas de discipulado cristiano. Como parte del plan de estudio del curso, debe explicar el plan de salvación, lo que implica ser miembro de una iglesia cristiana y el significado de las ordenanzas o sacramentos. El curso debe preparar a los nuevos creyentes para ser bautizados.
Organice un banco de alimentos. En obediencia a Mateo 25.31-46, sugerimos que organice un banco de alimentos para proveer sustento a las personas necesitadas. Puede recaudar una ofrenda especial una vez al mes para apoyar este esfuerzo, solicitando a cada familia de la Iglesia que done alimentos no perecederos o dinero. Además, puede entrar en acuerdos de colaboración con bancos de comida establecidos por el gobierno o por organizaciones no gubernamentales, pues estas organizaciones casi siempre están dispuestas a proveer alimentos a instituciones religiosas.
Organice un banco de ropa. Mateo 25 también exhorta a la Iglesia a proveer vestimenta a las personas necesitadas. Su iglesia puede recoger ropa, zapatos y otros artículos del hogar para distribuirlos posteriormente. Nótese que este tipo de proyectos requiere mucho trabajo y, por lo tanto, necesita que un grupo de personas voluntarias lo desempeñe como un ministerio. La ropa recibida debe ser debidamente clasificada. La iglesia debe apartar un lugar donde colocar los artículos y tener un horario específico para recibir a las personas visitantes. Los artículos deben ser donados, no vendidos. Tome en consideración que tendrá que descartar parte de la ropa donada, pues algunas personas tienden a aportar artículos rotos o inservibles. Del mismo modo, cuídese de los acaparadores que desean llevarse la mayor cantidad de artículos posibles para revenderlos después.
Recalque la visita a personas enfermas. En la parábola del juicio a las naciones también se recalca la importancia de visitar a las personas enfermas. Su iglesia local debe tener un ministerio donde personas debidamente adiestradas visiten regularmente a quienes están enfermos. Este es un ministerio muy completo, dado que la enfermedad tiene muchas variables: hay enfermedad pasajera y enfermedad crónica; hay personas que convalecen en sus hogares, mientras otras están en hospitales; y hay personas enfermas que son miembros de la iglesia, mientras otras forman parte de la comunidad que rodea a la Iglesia. Sea cual sea la situación, el ministerio de visita a enfermos debe estar preparado para ministrar con amor.
Desarrolle ministerios carcelarios. Son muchos los pasajes bíblicos que recalcan la importancia de los ministerios carcelarios. Al igual que los anteriores, el desarrollo de ministerios carcelarios es complejo. Algo que aumenta el grado de dificultad es que las personas que sirven en la capellanía voluntaria deben ser debidamente reconocidas por las autoridades. Por lo tanto, es posible que deban tomar algún curso y entregar alguna documentación para obtener los permisos requeridos. Del mismo modo, las visitas a las cárceles deben ser coordinadas con la administración de cada institución penal.
Provea servicios pastorales a personas extranjeras. ¿Qué está haciendo su iglesia local para cumplir activamente con el mandato de recibir al “forastero” (Mt 25.35)? Quizás la instrucción menos obedecida Jesús sea la de bendecir a las personas extranjeras. No obstante, esta enseñanza está presente en toda la Biblia. Desde los relatos del Éxodo, que recalcan la importancia de mostrar misericordia a los huérfanos y a las viudas (Éx 22.22), hasta Apocalipsis 7.9-10, donde creyentes de toda tribu, lengua y nación alaban al Cordero, la Palabra de Dios recalca el alcance global de la fe cristiana.
En conclusión, ¿qué debe hacer la iglesia? La iglesia cristiana debe adorar a Dios, proclamar el evangelio del Reino y hacer nuevos discípulos de Jesucristo, bautizándoles y formándoles en la fe de acuerdo a sus enseñanzas. Esta es la tarea principal de la Iglesia hoy.
Imagino que algunos criticarán mis palabras, argumentando que lo que pongo sobre la mesa como agenda para el futuro no es más que una reiteración de la misión de Dios, en la cual la iglesia debe participar activamente. Les concedo el punto. ¡Tienen toda la razón! Después de la presentación de Bad Bunny, la iglesia debe enfocarse en lo que debió estar haciendo antes y durante el espectáculo presentado en el Super Bowl LX: adorar a Dios, proclamar el evangelio y hacer nuevos discípulos, bautizándoles y formándoles en la fe de Jesucristo.
“La iglesia debe enfocarse en lo que debió estar haciendo antes… adorar a Dios, proclamar el evangelio y hacer nuevos discípulos, bautizándoles y formándoles en la fe de Jesucristo.”
Este ensayo sobre el discipulado cristiano —inspirado en la tradición del Ejército de Salvación— explora cómo vivir la fe con propósito, santidad y servicio.
Hay palabras que cambian la historia. Entre ellas, pocas son tan simples y a la vez tan profundas como las que Jesús pronunció a orillas del mar de Galilea: “Ven, sígueme.”
No eran palabras vanas ni una invitación poética. Eran —y siguen siendo— una irrupción divina. Un llamado a dejar lo seguro, lo predecible, lo cómodo… para caminar con Dios hacia lo desconocido.
Ese llamado sigue resonando hoy, en medio de nuestra vida acelerada, nuestros calendarios saturados y nuestras contradicciones espirituales. ¿Por qué? Porque el discipulado cristiano no es un programa para los más piadosos: es la esencia misma de lo que significa creer. Ser discípulo es responder a la voz de Cristo que sigue diciendo: “Sígueme.”
1. El Reino que se acerca
Todo comienza con una proclamación: “El tiempo se ha cumplido. El Reino de Dios se ha acercado. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1.15)
Jesús no hablaba de una utopía idealista. Hablaba de una realidad presente: Dios ya está actuando en medio de nosotros. Y si el Reino está cerca, entonces nuestra vida tiene que cambiar de dirección.
Arrepentirse y creer es más que una decisión religiosa: es una rendición total. Es decirle a Dios: “Toma el timón de mi historia.” En la espiritualidad del Ejército de Salvación, esto se vive con una sencillez poderosa: fe que se traduce en acción, santidad que se manifiesta en servicio, amor que se convierte en justicia. William y Catherine Booth lo resumieron así: “Salvados para servir.”
2. Dejar las redes
Imagina la escena. Cuatro pescadores en plena faena, cansados, con las manos curtidas y los ojos puestos en sus redes. Y de pronto, una voz. Una mirada. Una propuesta que lo cambia todo: “Ven, sígueme, y te haré pescador de personas.”
Lo asombroso no es solo la invitación, sino la respuesta: “Al instante dejaron sus redes y lo siguieron.”
El discipulado empieza en ese momento: cuando algo dentro de ti dice “sí”, aun sin entender del todo a dónde te llevará ese camino. Seguir a Jesús no es agregarlo a tu agenda; es reordenar toda tu vida en torno a Él. Como decía William Booth, “la medida del poder de una persona es la medida de su entrega.”
Y sí, seguir a Cristo implica dejar atrás algunas redes: la comodidad, el miedo, la búsqueda de aprobación, o el deseo de control. Pero cuando lo haces, descubres algo inesperado: al soltar, te liberas.
3. De saber mucho a vivirlo de verdad
Hoy sabemos más de Biblia que nunca antes. Tenemos podcasts, conferencias, seminarios, aplicaciones… y, sin embargo, a veces nuestra vida no refleja lo que decimos creer.
Jesús no busca estudiantes de teología; busca discípulos que vivan como Él.
El discípulo no memoriza ideas: imita una vida. Y eso requiere algo que va más allá de la mente: una transformación del corazón.
Cuando Jesús dice: “Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9.23), no habla de sacrificios dramáticos, sino de una fidelidad cotidiana. Negarse a uno mismo es elegir amar cuando cuesta, servir cuando nadie ve, perdonar cuando duele.
El Ejército de Salvación entiende bien esta diferencia. Sus soldados no solo firman una declaración de fe: asumen un pacto de vida. El discipulado, para ellos, no es teoría… es práctica. Es la teología convertida en biografía.
4. El precio de seguir a Jesús
Un día, un joven se acercó a Jesús con la mejor de las preguntas: “¿Qué debo hacer para tener vida eterna?” Jesús lo miró con ternura, pero también con verdad: “Vende todo lo que tienes… y sígueme.” (Marcos 10.21)
El joven se fue triste. No porque fuera malo, sino porque no podía soltar. Y ahí está la gran prueba del discipulado: ¿qué cosa, si Jesús te la pidiera hoy, te costaría dejar?
El discipulado no es “gracia barata”. Requiere renuncias reales: ego, orgullo, comodidad, posesiones, control. Pero a cambio, ofrece lo que ningún tesoro puede comprar: una vida libre, plena y significativa.
Los primeros salvacionistas entendieron esto tan bien que vivían con lo justo, sirviendo a los más pobres, convencidos de que su recompensa no estaba en la tierra. Y descubrieron la paradoja del Reino: lo que se entrega, se multiplica. Lo que se pierde por Cristo, se gana en abundancia.
5. La rutina que forma el alma
Seguir a Jesús no se sostiene solo con entusiasmo. Se alimenta con hábitos santos. Jesús habló de tres: dar, orar y ayunar. Tres prácticas que, lejos de ser rituales vacíos, son formas de cultivar una relación íntima con el Padre.
Dar, porque la generosidad nos cura del egoísmo.
Orar, porque el alma necesita oxígeno divino.
Ayunar, porque el cuerpo debe recordar que no todo lo que deseamos nos conviene.
En la tradición salvacionista, estas disciplinas no son obligaciones, sino caminos de gracia. Se practican en comunidad, se viven en silencio, se expresan en servicio. La verdadera espiritualidad no se mide por cuántas palabras usamos al orar, sino por cuánto amor ponemos al servir.
6. La misión: convertir la fe en testimonio
Ser discípulo siempre termina en esto: hacer discípulos. Jesús no dijo “vayan y prediquen sermones”, sino “vayan y hagan discípulos.” (Mateo 28.19)
El discipulado no se multiplica por discursos, sino por vidas. Cuando amamos sin condiciones, cuando servimos sin esperar recompensa, cuando perdonamos lo imperdonable… estamos evangelizando.
El Ejército de Salvación lo vive de una manera muy concreta: corazón a Dios, mano al ser humano. Su teología se encarna en comedores sociales, refugios, hospitales y calles. No hay separación entre fe y acción. Evangelizar es vivir de tal modo que otros sientan curiosidad por Jesús.
7. Cuando el camino se hace largo
Jesús nunca prometió un discipulado fácil. “Todos los odiarán por causa de mi nombre, pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo.” (Marcos 13.13)
Seguirlo implica atravesar pruebas, dudas, momentos de cansancio. Pero la perseverancia es el sello del amor verdadero.
El Ejército de Salvación nació enfrentando burlas, violencia y pobreza. Sus primeros predicadores eran golpeados en las calles, pero siguieron adelante porque sabían que Dios era su fuerza. Su lema, “Sangre y Fuego”, resume la pasión del discípulo: la sangre de Cristo que redime, y el fuego del Espíritu que impulsa.
Perseverar no es resistir pasivamente: es seguir amando, sirviendo y creyendo cuando todo parece cuesta arriba. Porque quien empezó la buena obra en nosotros… la terminará (Filipenses 1.6).
8. La vida completa del discípulo
El discipulado no es una etapa: es una forma de vivir. Empieza con el llamado, crece en el seguimiento, madura en la entrega y florece en la misión. Cada paso nos va moldeando hasta que un día, sin darnos cuenta, empezamos a parecernos un poco más a Jesús.
La gracia no es solo el punto de partida: es el motor del camino. No seguimos a Cristo para ganarnos su amor; lo seguimos porque ya lo hemos recibido. Y esa gracia nos empuja a vivir con propósito, humildad y esperanza.
El Ejército de Salvación lo expresa con sencillez: “La santidad no nos aparta del mundo; nos envía a servirlo.” El discipulado no es aislamiento, es presencia transformadora.
9. El eco de un llamado eterno
El tiempo ha pasado, pero la voz sigue siendo la misma: “Ven, sígueme.”
Hoy, igual que ayer, Jesús sigue caminando entre nosotros. Nos encuentra en la rutina, en la duda, en la prisa, y nos invita a confiarle la dirección de nuestra vida. Responder a ese llamado es decirle “sí” cada día. No un sí perfecto, sino uno perseverante.
Seguirlo es vivir en clave de Reino:
Arrepentirse y creer.
Seguir y obedecer.
Aprender e imitar.
Rendirse y servir.
Orar y actuar.
Ir y compartir.
Perseverar y confiar.
Al final, el discipulado no se trata de hacer más cosas para Dios, sino de ser más como Cristo.
Es un camino de gracia, sostenido por el Espíritu, vivido en comunidad y destinado a la gloria.
El Reino está cerca. El tiempo es ahora. Ven y síguelo. Amén.
El capítulo 6 del libro de Deuteronomio presenta uno de los textos más significativos de toda la Escritura hebrea: el Shemá, una afirmación contundente sobre la unicidad de Dios y el llamado al amor absoluto hacia el único y sabio Dios. Este pasaje no solo constituye la base teológica del monoteísmo judío, sino que también ofrece una profunda reflexión sobre el rol de la educación religiosa y la formación espiritual en la comunidad de fe.
La declaración “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno” no es solo una confesión doctrinal, sino una invitación a la obediencia amorosa. La palabra hebrea “shemá” implica tanto escuchar como obedecer, estableciendo así un vínculo inseparable entre fe y práctica. Este llamado a amar a Dios “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt 6.5) se convierte en el gran mandamiento que Jesús mismo retoma en los Evangelios (Mateo 22.37-40), confirmando su vigencia en la ética cristiana.
Pero este amor no puede quedar en la interioridad del creyente. Deuteronomio 6 nos exhorta a repetir estas palabras constantemente, a enseñar a las nuevas generaciones, a integrarlas en la cotidianidad del hogar y del camino. Esta pedagogía de la fe no se limita a la transmisión de conocimiento, sino que apunta a una formación integral que abarca la mente, el corazón y las acciones. La repetición diaria, los símbolos visibles en las manos, los ojos y las puertas (vv. 6-9), subrayan la centralidad de la Palabra en todos los aspectos de la vida.
En un mundo marcado por la fragmentación y el olvido espiritual, este pasaje bíblico nos recuerda que la verdadera fidelidad a Dios se cultiva desde la infancia, mediante una educación que narra la historia de la salvación, transmite los mandamientos divinos y forma personas capaces de amar a Dios y al prójimo. En definitiva, Deuteronomio 6 nos convoca a formar creyentes firmes, que vivan una fe encarnada, coherente y comunitaria.