Transformen el mundo – Go, Change the World

Un sermón sobre Lucas 10:1-10 que destaca el llamado a transformar el mundo a la imagen del Reino de Dios. / A sermon on Luke 10:1-10 that highlights the call to transform the world in the image of the Kingdom of God.

Este sermón reflexiona sobre el desafío de transformar el mundo a partir del relato de Lucas 10.1–10. Parte del reconocimiento de que la vida cotidiana es dura, generando en las personas el deseo de imaginar espacios alternos de justicia, compasión y solidaridad. Sin embargo, esos espacios suelen quedarse en el ámbito de los sueños.

Jesús, por el contrario, no solo imaginó un mundo diferente, sino que lo encarnó al anunciar el reino de Dios: un proyecto de renovación que honra a los pobres, sana a los quebrantados y confronta a los poderosos. Su estrategia fue sencilla y profunda: formar una comunidad, capacitarla y enviarla a proclamar y encarnar ese reino. A través de la misión de los setenta y dos en Lucas y de la expansión universal en Hechos 1.8, Jesús mostró que la utopía divina se concreta mediante personas dispuestas a decir “sí” al llamado.

El sermón concluye afirmando que esta estrategia permanece vigente. Cristo sigue llamando, equipando y enviando a hombres y mujeres para construir un mundo transformado por el amor, la misericordia, la verdad y la justicia. El documento invita al lector a escuchar ese llamado y a participar activamente en la misión de transformar el mundo en el nombre del Señor.

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This sermon explores the Christian call to transform the world, using Luke 10.1–10 as its foundation. It begins by acknowledging the harsh realities of life, which lead many to imagine alternative spaces marked by justice, compassion, and solidarity. Yet such spaces often remain only dreams.

Jesus, however, not only imagined a renewed world but embodied it through the proclamation of the Kingdom of God—a vision that uplifts the poor, comforts the broken, and challenges the powerful. His strategy was both simple and revolutionary: gather a community, equip it, and send it out to enact God’s mission. The sending of the seventy-two in Luke and the broader universal mission of Acts 1:8 demonstrate that God’s utopia becomes real when people courageously respond to the divine call.

The sermon concludes that Jesus’ strategy has not changed. He continues to call, equip, and send individuals—especially the overlooked—to build a world shaped by love, mercy, truth, and justice. The reader is invited to hear this call and join in the sacred task of transforming the world in the name of the Lord.

Lucas 10
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Sígueme – El Discipulado en la tradición del Ejército de Salvación

Este ensayo sobre el discipulado cristiano —inspirado en la tradición del Ejército de Salvación— explora cómo vivir la fe con propósito, santidad y servicio.


Hay palabras que cambian la historia. Entre ellas, pocas son tan simples y a la vez tan profundas como las que Jesús pronunció a orillas del mar de Galilea: “Ven, sígueme.”

No eran palabras vanas ni una invitación poética. Eran —y siguen siendo— una irrupción divina. Un llamado a dejar lo seguro, lo predecible, lo cómodo… para caminar con Dios hacia lo desconocido.

Ese llamado sigue resonando hoy, en medio de nuestra vida acelerada, nuestros calendarios saturados y nuestras contradicciones espirituales. ¿Por qué? Porque el discipulado cristiano no es un programa para los más piadosos: es la esencia misma de lo que significa creer. Ser discípulo es responder a la voz de Cristo que sigue diciendo: “Sígueme.”

Todo comienza con una proclamación: “El tiempo se ha cumplido. El Reino de Dios se ha acercado. Arrepiéntanse y crean en la buena noticia.” (Marcos 1.15)

Jesús no hablaba de una utopía idealista. Hablaba de una realidad presente: Dios ya está actuando en medio de nosotros. Y si el Reino está cerca, entonces nuestra vida tiene que cambiar de dirección.

Arrepentirse y creer es más que una decisión religiosa: es una rendición total. Es decirle a Dios: “Toma el timón de mi historia.” En la espiritualidad del Ejército de Salvación, esto se vive con una sencillez poderosa: fe que se traduce en acción, santidad que se manifiesta en servicio, amor que se convierte en justicia. William y Catherine Booth lo resumieron así: “Salvados para servir.”

Imagina la escena. Cuatro pescadores en plena faena, cansados, con las manos curtidas y los ojos puestos en sus redes. Y de pronto, una voz. Una mirada. Una propuesta que lo cambia todo: “Ven, sígueme, y te haré pescador de personas.”

Lo asombroso no es solo la invitación, sino la respuesta: “Al instante dejaron sus redes y lo siguieron.”

El discipulado empieza en ese momento: cuando algo dentro de ti dice “sí”, aun sin entender del todo a dónde te llevará ese camino. Seguir a Jesús no es agregarlo a tu agenda; es reordenar toda tu vida en torno a Él. Como decía William Booth, “la medida del poder de una persona es la medida de su entrega.”

Y sí, seguir a Cristo implica dejar atrás algunas redes: la comodidad, el miedo, la búsqueda de aprobación, o el deseo de control. Pero cuando lo haces, descubres algo inesperado: al soltar, te liberas.

Hoy sabemos más de Biblia que nunca antes. Tenemos podcasts, conferencias, seminarios, aplicaciones… y, sin embargo, a veces nuestra vida no refleja lo que decimos creer.

Jesús no busca estudiantes de teología; busca discípulos que vivan como Él.

El discípulo no memoriza ideas: imita una vida. Y eso requiere algo que va más allá de la mente: una transformación del corazón.

Cuando Jesús dice: “Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9.23), no habla de sacrificios dramáticos, sino de una fidelidad cotidiana. Negarse a uno mismo es elegir amar cuando cuesta, servir cuando nadie ve, perdonar cuando duele.

El Ejército de Salvación entiende bien esta diferencia. Sus soldados no solo firman una declaración de fe: asumen un pacto de vida. El discipulado, para ellos, no es teoría… es práctica. Es la teología convertida en biografía.

Un día, un joven se acercó a Jesús con la mejor de las preguntas: “¿Qué debo hacer para tener vida eterna?” Jesús lo miró con ternura, pero también con verdad: “Vende todo lo que tienes… y sígueme.” (Marcos 10.21)

El joven se fue triste. No porque fuera malo, sino porque no podía soltar. Y ahí está la gran prueba del discipulado: ¿qué cosa, si Jesús te la pidiera hoy, te costaría dejar?

El discipulado no es “gracia barata”. Requiere renuncias reales: ego, orgullo, comodidad, posesiones, control. Pero a cambio, ofrece lo que ningún tesoro puede comprar: una vida libre, plena y significativa.

Los primeros salvacionistas entendieron esto tan bien que vivían con lo justo, sirviendo a los más pobres, convencidos de que su recompensa no estaba en la tierra. Y descubrieron la paradoja del Reino: lo que se entrega, se multiplica. Lo que se pierde por Cristo, se gana en abundancia.

Seguir a Jesús no se sostiene solo con entusiasmo. Se alimenta con hábitos santos. Jesús habló de tres: dar, orar y ayunar. Tres prácticas que, lejos de ser rituales vacíos, son formas de cultivar una relación íntima con el Padre.

  • Dar, porque la generosidad nos cura del egoísmo.
  • Orar, porque el alma necesita oxígeno divino.
  • Ayunar, porque el cuerpo debe recordar que no todo lo que deseamos nos conviene.

En la tradición salvacionista, estas disciplinas no son obligaciones, sino caminos de gracia. Se practican en comunidad, se viven en silencio, se expresan en servicio. La verdadera espiritualidad no se mide por cuántas palabras usamos al orar, sino por cuánto amor ponemos al servir.

Ser discípulo siempre termina en esto: hacer discípulos. Jesús no dijo “vayan y prediquen sermones”, sino “vayan y hagan discípulos.” (Mateo 28.19)

El discipulado no se multiplica por discursos, sino por vidas. Cuando amamos sin condiciones, cuando servimos sin esperar recompensa, cuando perdonamos lo imperdonable… estamos evangelizando.

El Ejército de Salvación lo vive de una manera muy concreta: corazón a Dios, mano al ser humano. Su teología se encarna en comedores sociales, refugios, hospitales y calles. No hay separación entre fe y acción. Evangelizar es vivir de tal modo que otros sientan curiosidad por Jesús.

Jesús nunca prometió un discipulado fácil. “Todos los odiarán por causa de mi nombre, pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo.” (Marcos 13.13)

Seguirlo implica atravesar pruebas, dudas, momentos de cansancio. Pero la perseverancia es el sello del amor verdadero.

El Ejército de Salvación nació enfrentando burlas, violencia y pobreza. Sus primeros predicadores eran golpeados en las calles, pero siguieron adelante porque sabían que Dios era su fuerza. Su lema, “Sangre y Fuego”, resume la pasión del discípulo: la sangre de Cristo que redime, y el fuego del Espíritu que impulsa.

Perseverar no es resistir pasivamente: es seguir amando, sirviendo y creyendo cuando todo parece cuesta arriba. Porque quien empezó la buena obra en nosotros… la terminará (Filipenses 1.6).

El discipulado no es una etapa: es una forma de vivir. Empieza con el llamado, crece en el seguimiento, madura en la entrega y florece en la misión. Cada paso nos va moldeando hasta que un día, sin darnos cuenta, empezamos a parecernos un poco más a Jesús.

La gracia no es solo el punto de partida: es el motor del camino. No seguimos a Cristo para ganarnos su amor; lo seguimos porque ya lo hemos recibido. Y esa gracia nos empuja a vivir con propósito, humildad y esperanza.

El Ejército de Salvación lo expresa con sencillez: “La santidad no nos aparta del mundo; nos envía a servirlo.” El discipulado no es aislamiento, es presencia transformadora.

El tiempo ha pasado, pero la voz sigue siendo la misma: “Ven, sígueme.”

Hoy, igual que ayer, Jesús sigue caminando entre nosotros. Nos encuentra en la rutina, en la duda, en la prisa, y nos invita a confiarle la dirección de nuestra vida. Responder a ese llamado es decirle “sí” cada día. No un sí perfecto, sino uno perseverante.

Seguirlo es vivir en clave de Reino:

  1. Arrepentirse y creer.
  2. Seguir y obedecer.
  3. Aprender e imitar.
  4. Rendirse y servir.
  5. Orar y actuar.
  6. Ir y compartir.
  7. Perseverar y confiar.

Al final, el discipulado no se trata de hacer más cosas para Dios, sino de ser más como Cristo.

Es un camino de gracia, sostenido por el Espíritu, vivido en comunidad y destinado a la gloria.

El Reino está cerca. El tiempo es ahora. Ven y síguelo. Amén.


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