Y serás bendición es un sermón sobre el tema de la ley de la bendición, basado en el relato del llamamiento de Abram en Génesis 12:1-13.
Este sermón se basa en Génesis 12:1-3, donde Dios llama a Abram a dejar su tierra y le promete bendecirlo para que sea una bendición para toda la humanidad.
Introducción
Comienza indicando que las modas también influyen en la iglesia, tomando como ejemplo el término “bendición”. Algunas prácticas modernas han reducido su significado a una simple confesión verbal o a la prosperidad material.
Bendecir significa hablar bien de alguien, pero en un sentido más profundo, es un acto profético en el que se pide a Dios que otorgue su gracia y vida a las personas. La bendición proviene de Dios, quien es la fuente de toda vida y bien.
La Promesa de Bendición
Dios llamó a Abram y le dió una promesa de bendición, diciéndole que lo usaría como un instrumento para formar un pueblo que viviera en comunión con Él. El propósito divino era bendecir a Abram para que, a su vez, su descendencia y toda la humanidad fueran bendecidas.
Bendición y Maldición
En el v. 3, Dios promete bendecir a quienes bendigan a su pueblo y maldecir a quienes lo maldigan. La maldición implica alejarse de Dios, quedando a merced del mal. La historia de David y Goliat ilustra cómo los enemigos de Dios no pueden prevalecer sobre sus bendecidos.
El propósito divino es que todas las naciones sean bendecidas a través del pueblo de Dios. En Gálatas 3:13-14, Pablo enseña que esta promesa se cumple en Cristo, quien redimió a la humanidad de la maldición y abrió el acceso a la bendición de Abraham para los gentiles.
Conclusión
Dios nos llama a ser canales de bendición para nuestras familias, comunidades y el mundo. El mandato dado a Abram también es nuestro: “Y serás bendición”.
Este sermón, basado en Génesis 3:9-10, examina cómo el pecado rompe las relaciones fundamentales humanas y llama a buscar la gracia salvadora de Dios.
Puntos a desarrollar
Génesis narra el relato de la creación dos veces. La primera narración se encuentra en Génesis 1.1 y termina en Génesis 2.4a. Este es un resumen que exalta a Dios como el soberano creador.
La segunda narración comienza en Génesis 2.4b y es mucho más detallada. Describe cómo el ser humano se rebeló contra Dios, cayendo en pecado y perdiendo la comunión que gozaba con su Creador.
En el huerto de Edén, Dios concede al ser humano tanto libertad como responsabilidad. Empero, le prohíbe comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. La serpiente, que actúa como agente de las fuerzas del mal, persuade a la mujer prometiéndole que sería como Dios. Ella come del fruto y lo comparte con el hombre, quien también es seducido por la idea de ser igual al creador.
El problema es que, en lugar de alcanzar la divinidad, ambos experimentan culpa, vergüenza y miedo. La primera pregunta “misionera” que encontramos en la Biblia se encuentra en Génesis 3.9, cuando Dios pregunta: “¿Dónde estás tú?”. Aunque la respuesta a la pregunta planteada por Dios debió mencionar el lugar donde se encontraba, el hombre responde con una descripción del estado en el cuál le dejó el pecado: está desnudo, temeroso y escondido (Gn 3.10).
Nótese que el pecado produce cuatro separaciones o rupturas:
Primero, rompe la relación con Dios, sustituyendo la comunión por rebelión y el amor por acusaciones.
Segundo, daña la relación con el prójimo, generando conflicto y violencia.
Tercero, corrompe la relación con la naturaleza, representada por la enemistad con los animales y una tierra que produce espinos.
Cuarto, fractura la relación de la persona consigo misma, provocando temor, engaño, ira y angustia.
La historia de Caín y Abel demuestra la expansión de esta corrupción (Gn. 4.1-15). Sin embargo, incluso después de asesinar a su hermano (Gn 4.8), Dios protege a Caín con una señal (Gn. 4.15). La fidelidad divina permanece firma y anticipa el mensaje del evangelio de Jesucristo: Dios quiere vencer la muerte, restaurar la creación y reconciliar las relaciones rotas.
Conclusión
El gran escándalo de la fe es que Dios está dispuesto a perdonar y a restaurar al pecador.
Ante una sociedad separada de Dios, del prójimo, de la naturaleza y de sí misma, la Iglesia debe proclamar con palabras y acciones que existe otra manera de vivir. La pregunta “misionera” continúa vigente; Dios sigue preguntándonos “¿Dónde estás tú?”.
Dios nos llama a abandonar el pecado y escoger el camino de la gracia, el amor, la sanidad y la restauración que sólo se alcanza por medio de la obra de Jesucristo, en el poder del Espíritu Santo.
“¡Nuestro bálsamo no proviene del árbol del terebinto, sino del árbol de la cruz!
¡No es resina de árbol tallado, sino la sangre de aquel que “herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53.5)!
¡Es la sangre de Jesucristo, el hijo de Dios! Y por eso la Iglesia de Jesucristo hoy proclama sin temor que “hay bálsamo en Galaad”, en el nombre del Señor. AMÉN”
Tema: El pueblo de Dios debe mirar el futuro con esperanza, sabiendo que Dios está con él en medio de la crisis.
Área: Desafío profético
Propósito: Dar esperanza al pueblo de Dios.
Diseño: Expositivo
Lógica: Inductiva
Bosquejo del sermón
Introducción
Decir “adiós” se ha convertido en una costumbre en nuestro países. En el mundo de habla hispana la migración es común, tanto entre países hispanoamericanos como de nuestros países a los Estados Unidos.
El dolor que causa la migración
Claro está, la emigración masiva de nuestros pueblos se debe a una combinación de factores muy particulares.
La gente emigra para escapar de situaciones de violencia y pobreza, esperando encontrar estabilidad social y económica en un nuevo hogar.
La gente emigra para reunirse con familiares que se han reubicado en otros países.
La gente emigra cuando se ve desplazada por gobiernos corruptos u organizaciones criminales.
Lo triste es que las personas que emigran muchas veces son rechazadas en los países donde intentan reubicarse. Lo que es más, en varias ocasiones hasta se tilda a los inmigrantes de ser criminales, es decir, de ser una carga para la sociedad.
El exilio como paradigma bíblico
Sin embargo, la fe nos da herramientas espirituales para lidiar con la crisis. La Biblia—la maravillosa Palabra de Dios—nos capacita para enfrentar y vencer los problemas de la vida. Este caso no es la excepción: La Biblia hace referencias continuas a situaciones de exilio muy similares a las nuestras.
Aunque podríamos hacer referencia a toda una variedad de textos y períodos bíblicos, hoy quiero centrarme en los tiempos del “Exilio Babilónico”. “¿Qué es eso?”, usted preguntará. El Exilio fue un período en la historia de Israel y Judá caracterizado por la deportación en masa de la población.
Comencemos recordando que Israel se constituyó como un reino en el Siglo X antes de la Era Cristiana. Sus primeros reyes fueron Saul, David y Salomón. Después del reinado de Salomón, el Reino se dividió en dos. Al norte quedó Israel, cuya capital estaba en la ciudad de Samaria. Al sur quedó Judá, cuya capital estaba en la ciudad de Jerusalén.
Israel, también conocido como “El Reino del Norte”, estuvo gobernado, en su mayoría, por una serie de hombres malvados, quienes vivían muy lejos de Dios. La historia de este reino es violenta, pues en varias ocasiones sufrió sangrientos golpes de estado que sacudieron las bases de la sociedad.
Judá, también conocido como “El Reino del Sur”, estuvo gobernado por descendientes del Rey David. En términos generales, estos hombres fueron un más piadosos que los reyes del Norte. Sin embargo, algunos fueron infieles, tanto que llevaron a Jerusalén al colapso.
Israel fue el primero que cayó en manos extranjeras, cuando fue conquistado por los Asirios. Eventualmente, Judá también cayó ante el ejercito de Babilonia.
Los babilonios tenían una práctica opresiva muy particular. Cuando conquistaban un reino, encarcelaban en campos de concentración a los hombres adultos que habían sobrevivido la invasión militar. Este fue el caso de Judá, pueblo que vio como sus líderes más hábiles y sus jóvenes de mayor potencial fueron deportados a Babilonia.
Para complicar la situación, la juventud hebrea en Babilonia sufría una enorme presión para asimilarse, es decir, para abandonar su identidad judía y para abrazar la identidad de sus captores.
Dios consuela a su pueblo
Sí, la situación es dura. Empero, la Palabra de Dios trae consuelo aun en medio de las situaciones más difíciles. Leamos el capítulo 40 del libro del Profeta Isaías. Allí encontramos palabras de consuelo, cuando Dios le ordena al profeta que anuncie el final del cautiverio. El texto dice:
El Dios de ustedes dice: «Consuelen a mi pueblo; ¡consuélenlo! ¡Hablen al corazón de Jerusalén! ¡Díganle a voz en cuello que ya se ha cumplido su tiempo, que su pecado ya ha sido perdonado; que ya ha recibido de manos del Señor el doble por todos sus pecados.» (Isaías 40.1-2)
Dios también le ordena al profeta que anuncie la construcción de un camino que llevará a su pueblo de vuelta a Jerusalén. El texto dice:
Una voz clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor; enderecen en el páramo una calzada a nuestro Dios. Que todo valle sea enaltecido; que se hunda todo monte y collado; que se enderece lo torcido y que lo áspero se allane. Se manifestará la gloria del Señor, y la humanidad entera la verá. La boca del Señor ha hablado.” (Isaías 40.3-5)
Nótese que estos anuncios fueron proféticos, es decir, que ocurrieron antes de los eventos que anuncian. Pasaron varios años antes de que estos anuncios proféticos se convirtieran en realidad.
De manera sarcástica y pesimista, algunas personas podrían cuestionar las bondades de estas profecías. ¿De qué vale saber que la situación mejorará en el futuro, cuando estamos sufriendo hoy? Y esta es la actitud de mucha gente negativa, que vive derrotada por los problemas que enfrenta.
Sí, hay personas negativas, sarcásticas y pesimistas. Pero el pueblo de Dios no puede dejarse vencer por estas actitudes malsanas. Quienes adoramos al Dios del Cielo, al Señor de la Vida, no podemos dejarnos vencer por el desánimo. Dios no nos llama a vivir derrotados. Por el contrario, Dios nos llama a vivir en esperanza, sabiendo “que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito”.(Romanos 8.28).
Una de las expresiones más hermosas de la esperanza que Dios da a su pueblo se encuentra al final de Isaías 40. El texto dice:
Tú, Jacob, ¿por qué dices que tu camino está oculto para el Señor? ¿Por qué, Israel, alegas que Dios pasa por alto tu derecho? ¿Acaso no sabes, ni nunca oíste decir, que el Señor es el Dios eterno y que él creó los confines de la tierra? El Señor no desfallece, ni se fatiga con cansancio; ¡no hay quien alcance a comprender su entendimiento! El Señor da fuerzas al cansado, y aumenta el vigor del que desfallece. Los jóvenes se fatigan y se cansan; los más fuertes flaquean y caen; pero los que confían en el Señor recobran las fuerzas y levantan el vuelo, como las águilas; corren, y no se cansan; caminan, y no se fatigan. (Isaías 41.27-41)
¡Escuchen la Palabra de Dios! La Biblia no niega la crisis, sino que nos recuerda que el Señor está con nosotros en medio de la crisis.
Este hermoso pasaje bíblico nos recuerda que:
Dios se preocupa por nosotros, ya que no se olvida de su pueblo.
Dios no se cansa de amarnos, de cuidarnos y de bendecirnos.
Dios continúa siendo poderoso, ya que los problemas humanos no anulan el poder divino.
Dios renueva las fuerzas de su pueblo; Dios da nuevas fuerzas a los hombres y a las mujeres que le buscan con fe.
Dios renueva a las personas que confían en él.
Conclusión: ¡Como las águilas!
Hermanos y hermanas, este es un mensaje muy pertinente para nuestra iglesia local, para nuestra comunidad, y para todo nuestro pueblo: El pueblo de Dios debe mirar el futuro con esperanza, sabiendo que Dios está con él en medio de la crisis.
Dios nos llama a levantarnos sobre la crisis, así como las águilas remontan vuelo sobre la tierra. ¿Por qué?
Porque la crisis tendrá fin.
Porque nuestro problemas no son eternos.
Y porque nos esperan nuevos tiempos de prosperidad, en el nombre del Señor. Amén.
Introducción: Todos cargamos un pasado. Para algunos es alegre; para otros, doloroso. Pablo no era la excepción: antes de Cristo, como Saulo, persiguió a la Iglesia (Hechos 9.1-5), incluso aprobando el martirio de Esteban (Hechos 8.1-3). Su celo religioso lo llevó a actuar contra el mandamiento “no matarás” (Éxodo 20.13), hasta que Cristo lo confrontó en el camino a Damasco.
Punto central: Pablo reconoció su error: “Estaba equivocado”. Su encuentro con Jesús lo transformó, llevándolo a declarar: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2.20). Usando el término “sunestauromai” (concrucificado), Pablo describe su muerte al pasado y su renacimiento en Cristo. La idea central de este sermón es: Dios ofrece una nueva vida, liberándonos de un pasado de culpa y dolor (Gálatas 2.15-20).
El pasado de Pablo: Antes de su encuentro con Cristo, Pablo (entonces Saulo) perseguía violentamente a los cristianos, incluso participando en el martirio de Esteban (Hechos 8.1-3). Como fariseo celoso, creía estar sirviendo a Dios, pero su encuentro con Jesús en el camino a Damasco (Hechos 9) lo hizo ver su error. Comprendió que había vivido equivocado, usando la religión para justificar la violencia.
Transformación: Tras su conversión, Pablo experimentó una muerte simbólica a su pasado. En Gálatas 2.19-20, declara: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Esta “concrucifixión” representa su renuncia a su antigua vida y su nueva identidad en Cristo.
Conclusión: Si tu pasado te condena, la solución es morir a él y nacer de nuevo en Cristo. Hoy puedes decir como Pablo: “Ya no vivo yo”, y comenzar una vida transformada por su gracia.