Será como un sueño ofrece audio, vídeo y un bosquejo listo para predicar basado en el Salmo 126, escrito y predicado por el Dr. Pablo A. Jiménez.
Medios – Salmo 126
Bosquejo listo para predicar – Salmo 126
Texto: Salmo 126
Tema: Dios, quien nos ha librado de problemas en el pasado, nos librará de problemas futuros.
Área: Cuidado pastoral
Propósito: Inspirar a la congregación a encontrar esperanza en medio del sufrimiento, confiando en que el Dios que obró en el pasado, obrará también en el futuro.
Diseño: Expositivo
Lógica: Inductiva
Introducción
Impacto emocional del salmo: una mezcla de nostalgia, dolor, esperanza y alegría.
Enfoque del mensaje: cómo el Salmo 126 refleja la dinámica de la vida de fe—entre lágrimas y risas, entre el exilio y el regreso.
I. Dios ha hecho grandes cosas (vv. 1-3): La alegría de la liberación pasada
Análisis de diferentes traducciones del v.1: ¿pasado o futuro?
Independientemente del tiempo verbal, el salmo describe una experiencia de redención tan profunda que parece un sueño.
El gozo se manifiesta en tres elementos:
Sueños cumplidos.
Risas que brotan del alma.
Alabanza pública que reconoce el poder de Dios.
Aplicación: Recordar lo que Dios ha hecho en nuestras vidas fortalece nuestra fe para hoy.
II. Aun necesitamos liberación (vv. 4-6): El sufrimiento presente y la oración por restauración
El clamor por una nueva liberación revela que el pueblo todavía enfrenta crisis.
La condición humana: las bendiciones del pasado no eliminan los problemas del presente.
Referencia a Mateo 6:34: Cada día trae su propio mal.
Aplicación: No debemos idealizar el pasado ni temer el futuro. Dios sigue obrando.
III. Imágenes de esperanza: agua y cosecha (vv. 4-6): Dios obra en lo oculto y transforma el dolor
Arroyos del Neguev: imagen de renovación repentina y abundante tras una sequía.
El sembrador que llora: símbolo del creyente que trabaja en medio del dolor, con la esperanza de una cosecha gozosa.
Aplicación: Aun cuando sembramos con lágrimas, Dios promete una cosecha de gozo.
Conclusión
El Salmo 126 enseña que la memoria del gozo pasado y la fe en el Dios que actúa nos sostienen hoy.
Llamado a la acción: Sigamos sembrando, bendiciendo y luchando por la vida, con la certeza de que la cosecha vendrá.
Frase final: Aunque hoy sembremos llorando, mañana recogeremos con alegría… y viviremos como los que sueñan.
Idea Central: Dios desea transformar nuestras vidas, dándonos un nuevo futuro.
Área: Cuidado pastoral
Propósito: Exhortar a la audiencia a confiar en Dios en tiempos de crisis.
Diseño: Expositivo
Lógica: Inductiva
Introducción
Eran días malos; tiempos de crisis donde la tormenta se veía bordeando
el horizonte.
Israel, el Reino del Norte compuesto por diez tribus hebreas, había
caído en las manos de los Asirios. Los ejércitos extranjeros habían arrasado la
ciudad, asesinado a los hombres jóvenes y adultos y violado a las mujeres. De
Israel ya no quedaba nada.
Pasados casi cien años, los ejércitos babilonios acechaban al reino de
Judá. La pregunta era: ¿Pasará aquí lo que pasó allá? ¿Caerá Jerusalén como
cayó Samaria? ¿Será Judá borrada de la faz de la tierra?
El problema
El tema del futuro de Jerusalén dividía al liderazgo religioso de Jerusalén.
La mayor parte de los sacerdotes afirmaban que Jerusalén no podía caer en manos
de los ejércitos extranjeros. Afirmaban que Dios intervendría milagrosamente
para garantizar la seguridad de la Ciudad Santa.
Sin embargo, el profeta Jeremías tenía una visión distinta. El profeta
afirmaba que Dios había entregado la ciudad en las manos de los invasores
extranjeros, debido a los muchos pecados de la comunidad. Acusaba a los reyes y
las familias de los poderosos de haber violado el pacto con Dios, robando al
pueblo inocente. También acusaba al pueblo de haber caído en el pecado de la
idolatría, adorando a las divinidades de los pueblos extranjeros. Sus palabras
eran muy duras.
Jeremías anunció que los ejércitos extranjeros invadirían Jerusalén: «Del norte se soltará el mal sobre todos los moradores de esta tierra. Porque yo convoco a todas las familias de los reinos del norte, dice Jehová; vendrán, y pondrá cada uno su campamento a la entrada de las puertas de Jerusalén, junto a todos sus muros en derredor y contra todas las ciudades de Judá (Jer. 1.14-15).
Y sobre la idolatría del pueblo, el Profeta decía: «Cómo te he de perdonar por esto? Tus hijos me dejaron y juraron por lo que no es Dios. Los sacié y adulteraron, y en casa de prostitutas se juntaron en compañías. Como caballos bien alimentados, cada cual relinchaba tras la mujer de su prójimo. ¿No había de castigar esto?, dice Jehová. De una nación como esta, ¿no se había de vengar mi alma? Escalad sus muros y destruid, pero no del todo; quitad las almenas de sus muros porque no son de Jehová. Porque resueltamente se rebelaron contra mí la casa de Israel y la casa de Judá, dice Jehová» (Jer. 5.7-11).
El pueblo estaba muy confundido. ¿Cómo discernir la verdad entre estos dos mensajes? Los profetas de la corte del rey decían que Jerusalén no podía caer en manos extranjeras. Pero Jeremías anunciaba juicio, diciendo: «No confíen en esos que los engañan diciendo: ¡Aquí está el templo del Señor, aquí está el templo del Señor!» (Jer. 7.4)
En casa del alfarero
Los profetas acostumbraban acompañar sus mensajes con actos proféticos
que, de alguna manera, ilustraban sus enseñanzas. Jeremías hizo varios actos
proféticos, pero quizás el más memorable es el que hizo en la casa del
alfarero.
Jeremías escuchó la voz de Dios que le decía: «Levántate y desciende a
casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras» (18:2). Al llegar allí, el
profeta vio al alfarero de la vecindad que estaba trabajando en el torno.
El torno de alfarero es una máquina que
tiene una superficie redonda y plana (también llamada la «platina») sobre un
eje que la hace girar. Sobre la platina, el alfarero modela o tornea el barro
con las manos mojadas en una substancia llamada «barbotina» (una pasta con alto
contenido de agua). El artesano moldea el barro por medio de apretones y
estiramientos.
En la
antigüedad, el torno era movido por el pie del alfarero, que actuaba sobre una
pesada rueda de madera. Esto le daba al sistema suficiente inercia para girar
constantemente a pesar de la presión y el freno que ejercía el alfarero sobre
el barro.
Mientras el profeta veía al alfarero trabajar, notó que la vasija le
estaba saliendo mal (v. 4). Entonces, usando el mismo barro, el alfarero unió
la masa y volvió a empezar. Esta vez, la vasija quedó bien y el alfarero pudo
colocarla en el horno (v. 5).
En ese momento, Dios volvió a hablarle al profeta, diciendo: «¿No
podré yo hacer con vosotros como este alfarero, casa de Israel?, dice Jehová.
Como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mis manos, casa de
Israel.» (v. 6).
El mensaje
Ese día el pueblo de Judá comprendió el mensaje que Dios le había dado
a Jeremías. Dios no deseaba destruir a su pueblo. Del mismo modo que el
alfarero podía hacer otra vasija de la misma masa de barro, Dios quería darle
una nueva forma a su pueblo. Como el alfarero no desecha el barro, Dios no
deseaba desechar a su pueblo.
Dios desea que su pueblo comprenda que ha pecado y que, arrepentido,
regrese a la comunión con Dios. Dios no desea destruir a su pueblo, como
tampoco desea substituirlo por otro pueblo. Dios desea darnos una forma nueva,
un camino nuevo, un futuro nuevo.
Lamentablemente, el pueblo de Judá no
cambió sus caminos y terminó oprimido por los babilonios. El liderazgo político,
cívico y religioso fue deportado a Babilonia, donde fue encarcelado en campos
de concentración. El liderazgo militar fue asesinado. Pasaron varias décadas
antes que el pueblo judío pudiera volver a su tierra.
Lamentablemente, muchas personas hoy
leen este pasaje como una pieza arqueológica. Lo ven como una reliquia del
pasado, que habla de las tribulaciones del antiguo pueblo de Israel. No piensan
que tiene pertinencia alguna para sus vidas.
Conclusión
Yo les propongo otro camino. Leamos este
pasaje bíblico como lo que es: palabra de Dios para nosotros hoy. Dios le dice
hoy a nuestro pueblo que debe mejorar sus caminos y sus obras si quiere un
futuro de paz y prosperidad. Por mucho tiempo nos hemos amparado en la idea de
que «nada malo nos puede pasar». Mientras tanto, el crimen arropa nuestra tierra,
derramando la sangre de personas inocentes.
Basta ya; basta ya de usar el nombre de
Dios en vano para justificar nuestros excesos. La corrupción tiene un precio
muy alto. La crisis de valores que carcome nuestro pueblo nos está matando a
plazos cómodos. Si no cambiamos nuestros caminos, enfrentaremos el juicio de
Dios.
La buena noticia es que el juicio de
Dios no destruye, sino que transforma. Dios no quiere destruirte, sino que
quiere darle una vida nueva.
Dios no quiere destruir a la iglesia, sino que
quiere transformarla en una comunidad de fe vibrante que bendiga a toda nuestra
comunidad tanto con sus palabras como con sus obras de misericordia.
Dios no quiere destruir al pueblo, sino que quiere darle un nuevo futuro, en el nombre del Señor. AMÉN.
Flores en el desierto es una prédica cristiana sobre la profecía que aparece en el capítulo 35 del libro del profeta Isaías, apropiada para la temporada de adviento.
Rudimentos
Texto: Isaías 35:1-10
Idea central: La esperanza de vida y salvación nos lleva a proclamar que el futuro que Dios tiene deparado para la humanidad traerá grande bendición.
Bosquejo – Flores en el desierto – listo para predicar
Introducción
Cuando uno viaja por las riveras del Río Jordán, usted puede ver en medio del desierto toda una serie de árboles frutales. La escena es impresionante, pues evoca la profecía que aparece en el capítulo 35 del libro de Isaías.
Una promesa de salvación
El capítulo 35 de Isaías contiene una serie de profecías muy hermosas. La más conocida se encuentra en los vv. 1-2.
Isaías 35 afirma que el desierto florecerá. Esta es una profecía sobre el final de los tiempos. Empero, no es una profecía de juicio, sino de salvación. Las flores en el desierto simbolizan la renovación de todas las cosas, la victoria de la vida sobre la muerte y el gozo de la salvación. Esta profecía de salvación le da ánimo al creyente. Por eso, el profeta exhorta a quienes han perdido la esperanza en los vv. 3 y 4.
¿Cómo describe el profeta los actos salvíficos de Dios? En los vv. 5 y 6a el profeta afirma que Dios ha de hacer grandes prodigios y milagros en medio de su pueblo. El texto bíblico describe cómo Dios restaura a la humanidad. Al final de los tiempos, los ciegos verán, los sordos escucharán, los cojos saltarán y los mudos cantarán. Estas también son «flores en el desierto» que sugieren que nada hay imposible para Dios. Del mismo modo que el desierto puede florecer, la humanidad puede ser regenerada, en el nombre del Señor.
El profeta describe un terreno fértil por donde corren torrentes de aguas.(vv. 6b-7). ¡Hasta las partes más secas se convertirán en estanques! ¡Hasta las cuevas de los perros salvajes serán campos fértiles! Estas son imágenes de fertilidad, de gozo y de esperanza.
Dios exige santidad
Ahora bien, la promesa de vida y salvación va de la mano con una demanda o condición: Dios exige que el ser humano viva en santidad (v. 8).
La santidad es integridad. La persona que vive en santidad, actúa con integridad. Tiene una sola cara, una sola voz y una sola palabra; sus palabras y sus acciones son congruentes; y su conducta es consistente.
Para el justo, el juicio de Dios trae alegría y esperanza. La persona justa no teme al juicio divino. Quien vive en comunión con Dios, vive confiado en el cuidado divino. Por el contrario, quien practica la injusticia vive en el miedo, en la ansiedad y en la desesperación. Teme al juicio divino, porque sabe que está actuando de manera indebida. Por eso ve el futuro con desconfianza y aprensión.
Conclusión
El poema profético de Isaías concluye con palabras tan conmovedoras como hermosas (vv.9-10). Quienes creemos en Cristo Jesús, Señor nuestro, esperamos con ansias el día cuando desaparezcan los peligros del camino. Esperamos el día cuando las personas redimidas y liberadas por Dios puedan regresar al santuario.
Esta esperanza de vida y salvación nos lleva a proclamar que el futuro que Dios tiene deparado para la humanidad traerá grande bendición. Será un futuro de gozo, de paz y de alegría. Será un futuro de renovación y victoria. Sabemos que todo esto es cierto porque la iglesia ve flores en el desierto todos los días. Vemos personas que reciben sanidad, que superan vicios y que cambian sus vidas. Cada vez que una mujer escapa de una situación de violencia, que un hombre asume sus responsabilidades como padre, y que una familia se restaura, vemos flores en el desierto.
¡Proclamemos con esperanza que el desierto florecerá, en el nombre del Señor, Amén!
La Iglesia – la comunidad de la esperanza es una meditación sobre eclesiología escrita y predicada por el Dr. Pablo A. Jiménez.
La Iglesia es la comunidad que vive entre la venida del Señor Jesucristo en carne, y la venida del Señor Jesucristo en gloria. Es la comunidad que vive en el «todavía otro poco de tiempo» del cual habla Jesús en el Evangelio según San Juan (Juan 7.33). Es comunidad que vive en la espera de un Mesías que ya vino, pero que vendrá y nos tomará a sí mismo para él (Juan 14.3). ¡Esta es la Iglesia del Señor!
La Iglesia espera. Espera ser redimida de la vida en el mundo. Espera la renovación del tiempo antiguo (Isaías 37.26), viviendo con su Señor. Espera la manifestación de las últimas cosas (Romanos 8.19), cuando Jesucristo vendrá en gloria.
La Iglesia ha sido redimida del mundo, porque vive en una historia que sufre «dolores de parto» a causa de la maldad humana (Romanos 8.22). Un mundo donde reina «el principe de la potestad del aire» (Efesios 2.2), trayendo a su paso daño y destrucción. Como dijo Jesús: «el ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir» ( Jn. 10.10).
Vivimos en cautiverio. Del mismo modo que el pueblo de Israel estuvo en cautiverio en tierra extraña (Salmo 137.4), nosotros, el pueblo de Dios, vivimos en la tierra extraña del pecado. Somos peregrinos. Nuestro hogar se encuentra en «lugares celestiales» (Efesios 1.3, 20 y 2.6), «escondido con Cristo en Dios» (Colosenses 3.3). Y como pueblo que no tiene donde «recostar su cabeza» (Mateo 8.20), a veces nos sentamos a las orillas del río sin deseos de continuar viviendo (Salmo 137.1-2), mientras las personas del mundo que nos oprime nos piden que les cantemos algunos de los cánticos de Sión (Salmo 137.3); que les mostremos la alegría del Evangelio mientras vivimos en la pena del exilio.
La Iglesia aguarda. Aguarda ser redimida de un mundo de pecado en el cual se siente extraña y no encuentra lugar.
Pero la Iglesia no sólo aguarda. También recuerda. Recuerda que fue llamada por Dios a predicar un mensaje de salvación a un mundo en crisis. Recuerda que fue llamada a ser sal para preservar al mundo de la destrucción (Mateo 5.13). Recuerda que fue llamada a ser luz para alumbrar a un mundo en tinieblas (Mateo 5.14-16). Recuerda que fue llamada a ser el heraldo que se levanta sobre un monte alto y anuncie que se ha cumplido el tiempo de castigo y que los pecados son perdonados (Isaías 40.9-10).
La Iglesia es heredera del llamamiento de Isaías, que Cristo hace suyo en el libro de Lucas cuando toma el rollo de la sinagoga y dice:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor.
Lucas 4.18-19
La Iglesia lleva en su memoria colectiva la encomienda del Señor Jesús de ir a predicar el Evangelio (Marcos 16.15), de ir a hacer discípulos (Mateo 28.19), de ser testigos en Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra (Hechos 1.8).
La Iglesia recuerda el rostro del Señor Jesús diciendo: «No temáis, manada pequeña, porque a vuestro padre le ha placido daros el reino» (Lucas 12.32).
La presencia de nuestro Señor Jesucristo corta la pena de nuestros corazones. Es sal que quema la herida y cura el dolor. Cristo es camino (Juan 14.6) que nos lleva por la vida, dirigiendo nuestros pasos hasta la presencia misma de Dios (Hebreos 2.10). Espera que nos resucita de la muerte con que nos pagó el pecado (Romanos 6.23). Es verdad, es novedad de vida ante las mentiras del mundo.
Empero, aún así nos preguntamos qué debemos hacer. ¿Qué será de nosotros como pueblo peregrino? ¿Pasaremos el resto de nuestras vidas entre el bien el mal, entre la bendición y la maldición? ¿Soportaremos la vida en un mundo oscuro siendo nosotros hijos e hijas de luz? ¿Venceremos los embates del pecado, que quieren destruir nuestras casas?
La respuesta es positiva: ¡Venceremos! Porque la Iglesia es la comunidad de la esperanza. Porque si la Iglesia aguarda y recuerda es porque el Señor misericordioso ha derramado su amor en nuestros corazones (Romanos 5.5) en forma de promesa. La promesa de que «este mismo Jesús…así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1.11), según le dijeron los ángeles a los varones galileos.
Tenemos promesa de labios de Señor Jesús, registrada en Juan 14.1-3.
No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.
Tenemos la certeza de ser «más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8.37). Sabemos que nada «nos podrá separar del amor de Cristo» (Romanos 8.39). Ni tribulación, ni angustia, ni persecución, ni hambre, ni peligros, ni espada o desnudez (Romanos 8.38-39). Sabemos que la victoria es nuestra porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Juan 5.4).
¡Venceremos! No por nuestra fuerza, porque no es con espada ni con ejércitos ni con carros de a caballo que se gana la batalla, sino con el Espíritu de Dios (Oseas 1.7).
¡Venceremos! Porque «más son los que están con nosotros los que están» contra nosotros (2 Reyes 6.16).
¡Venceremos! Porque «las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas» (2 Corintios 10.4).
¡Venceremos! Porque Jesús dijo: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16.33).
¡Venceremos! Porque «pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y fieles» (Apocalipsis 17.14).
La Iglesia vive en fe, con la certeza de que el Señor es fiel; con la esperanza de que cumplirá sus promesas.
Por eso la Iglesia guarda muy cerca de su corazón la expresión del salmista:
Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion,
Seremos como los que sueñan.
Entonces nuestra boca se llenará de risa,
Y nuestra lengua de alabanza;
Entonces dirán entre las naciones:
Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos.
Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros;
Estaremos alegres.
Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová,
Como los arroyos del Neguev.
Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.
Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla;
Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.
Séptima de las Siete Palabras, para el Viernes Santo de la Semana Santa: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, por el Dr. Jiménez.
La séptima palabra es: “Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Habiendo dicho esto, expiró.” Lucas 23.46
Después de haber cumplido su obra en el mundo, ¿qué le resta a Jesús? Sólo queda invocar al Padre para ser restaurado a la gloria que tuvo con él desde “antes que el mundo existiera” (Jn 17.5).
Jesús vuelve a llamar a Dios “Padre”, en forma íntima y personal. Probablemente usó la palabra aramea “abba” para referirse a Dios en esta ocasión. Esta es la misma palabra que aparece en Romanos 8.15 y Gálatas 4.6. Este vocablo se utilizaba sólo en la intimidad del hogar, ya que implica una íntima relación de amor y cariño sentido. En este sentido, es como si Jesús llamara a Dios “papi” o “papito”, como un bebé llama a su padre.
Jesús invoca al Dios “Padre” para volver a él, para entregarle su espíritu. De este modo, se cumple la profecía del Salmo 22.8: “Se encomendó a Jehová: líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía”.
Jesús se entrega a Dios para ser restaurado, para ser reivindicado ante los ojos de los pecadores que le habían llevado a la cruz. En una palabra, Jesús se entrega a Dios para ser levantado de entre los muertos por medio del poder del Espíritu Santo.
El Galileo no quedó colgado en la cruz. Fue sepultado el viernes en la tarde, pero no resucitó hasta el domingo—día del Señor—en la mañana.
El Hijo entrega su espíritu al Padre en esperanza. Con la esperanza de resucitar de entre los muertos a una vida incorruptible. Y con su resurrección, Jesús abre el camino para toda aquella persona que cree. Y con él la iglesia tiene la esperanza gloriosa de vida abundante y eterna con su Señor. Desde ahora, nadie tendrá que morir en desesperanza.
Al leer este relato, una pregunta surge en mi mente. ¿Tendría yo la valentía necesaria para enfrentar la muerte con tanta valentía? ¿Tendría yo la fe necesaria para enfrentar la muerte con tanta paz? ¿Podría yo expirar confiado en quedar en las manos de Dios? ¿Podría yo? ¿Podría usted?
Conclusión
El viernes es el día de la muerte. Temprano en la tarde, el cuerpo de Jesús cuelga del madero. Ha expirado; ha muerto. Ha muerto:
Por mis pecados,
Por tus pecados,
Y por los pecados de toda la humanidad.
En sus palabras finales ha resumido su obra salvífica. Jesús nos perdona, nos ofrece la gloria, nos da una nueva familia, afirma que ahora tenemos libre acceso a Dios, se identifica con nosotros y nos da esperanza de salvación.
Ahora sólo me resta invitarle a aceptar la invitación que Jesús nos hace desde la cruz. Jesús te invita a dejar atrás la vida vieja, a aceptar su perdón y a caminar hacia el futuro con esperanza. Jesús te invita a imaginar un nuevo futuro, dirigido hacia la vida plena que se encuentra cuando se vive en comunión con Dios. Jesús te invita. Jesús te invita.
Dos palabras. Nunca dos palabras habían dicho tanto como éstas. Nunca una frase tan corta había tenido un sentido tan profundo como ésta.
“Consumado es.” Esta es una declaración de victoria. La obra salvífica de Jesús estaba sellada. El mundo perdido ahora tiene oportunidad de salvación. Jesús ha obedecido al Padre hasta lo sumo y éste lo ha declarado “Hijo de Dios con poder”, como dijo el Apóstol Pedro en Hechos 2. Con obediencia perfecta, Jesús ha demostrado que el mal no es absoluto; que es posible vivir en comunión con Dios. Con su obediencia perfecta, Jesús ha llevado la humanidad hasta el seno del Padre. Ahora la humanidad tiene en Jesús un intermediario, un intercesor.
Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, pero alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. – Hebreos 4.14-16
“Consumado es” es la declaración de la derrota del mal. Ya la vida ha triunfado sobre la muerte. Ya la esperanza ha triunfado sobre el dolor. Ya la justicia ha triunfado sobre el pecado. Ya Dios ha triunfado sobre el Adversario y sus huestes del mal. Ahora:
…ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo alto, ni lo bajo, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús. – Romanos 8.38-39
Pero, en un sentido más profundo, “consumado es” significa que ya no hay abismo. El grito de Jesús desde la cruz le dice al mundo que el abismo que creó el pecado entre Dios y el ser humano ya no existe. Ahora hay un punto de contacto entre la divinidad y el género humano. La cruz es el puente.
La cruz es el puente que lleva al ser humano hasta la presencia de Dios. La cruz de Jesús ha revelado la justicia divina y ahora es posible ser salvo por gracia. La salvación es, pues, don divino; regalo de vida para todo aquel que cree.
La quinta palabra no puede ilustrar mejor la humanidad de Jesucristo. El crucificado no es un fantasma que aparenta sufrir en la cruz. Jesús no es una aparición que cumple una formalidad en el plan divino. Jesús de Nazaret es un ser humano verdadero. Su dolor fue tan real como el nuestro; su sufrimiento tan duro como el de cualquier otra persona.
Jesús tiene sed. Tiene sed para que se cumplan las profecías: «Y mi lengua se pegó a mi paladar» (Sal 22.15); «Y en mi sed me dieron a beber vinagre» (Sal 69.21).
Su sed es real. Es la sed de un torturado que se levanta en el árbol de la cruz en representación de todo el género humano.
Ahora bien, escondido en este episodio hay un pasaje que considero pertinente para nuestro contexto. El Evangelio de Marcos afirma que el vinagre que le ofrecen a Jesús es la cruz es vino mezclado con mirra (15.23). En el mundo antiguo, esta mezcla se hacía con el propósito de endrogar al penitente. Se le daba el brebaje para que la pena del crucificado no fuera tan amarga. Al parecer, se entendía que el vino podía ayudar al crucificado a olvidar su dolor.
¿No les parece conocido este cuadro? Nuestro país vive momentos tan amargos que muchas personas desean escapar de la realidad. Por eso tantas personas abusan del alcohol, de las drogas ilegales y de los medicamentos recetados. Están buscando medicina que cure el alma; y la están buscando en los lugares equivocados. Por eso tantas personas buscan en la música, en el baile y en el “vacilón”, la felicidad que no encuentran en sus vidas diarias. Lo que es más, por eso tantas personas buscan en la iglesia un escape para sus problemas. Estas quieren una adoración que le ayude a desconectarse del mundo; no una que les ayude a confrontar las situaciones difíciles en el nombre del Señor.
Pero el Crucificado nos enseña otro camino. Jesús no escapó de las situaciones difíciles, al contrario, “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lc. 9.51b). Aun sabiendo que en Jerusalén podría encontrar la muerte; aun sabiendo que en Sión le esperaban sus enemigos, Jesús va a la Ciudad Santa a enfrentar su futuro.
En el momento difícil de Getsemaní enfrenta la copa amarga y enfrenta la turba que viene a arrestarle. Y enfrenta estas situaciones con valentía, sin la violencia de Pedro y sin la cobardía de los discípulos que huyeron.
Después va a la cruz. Y aún allí, en el agudo dolor del madero, se niega a escapar. Se niega a tomar el vino drogado. Se niega a dejarse vencer por la cobardía. Jesús sabe que la única manera de vencer los problemas es dándoles el frente.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?: Cuarta Palabra del sermón de Las Siete Palabras, para el viernes santo de la semana santa.
La cuarta palabra es: “Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: ¡Eloi, Eloi! ¿lama sabactani? (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?).” Marcos 15.34
En este momento, llegamos al punto más profundo de la cruz: Jesús se siente desamparado por su Dios, su padre.
Este es probablemente el texto más misterioso de los siete que estamos explorando hoy. ¿Cómo es posible que Dios abandone al justo? ¿Cómo es posible que el Padre abandone al Hijo amado en el cual se complace? ¿Cómo es posible que Dios se desampare a sí mismo?
Aquí tocamos el misterio de la encarnación. Jesús, en su vida terrenal, nunca se identificó con los poderosos; nunca se identificó con los grandes de este mundo. ¡Todo lo contrario! Nació humilde, en un establo, hijo de una familia pobre. Vivió en una pequeña aldea galilea, no en la grandeza de Jerusalén. Y en el momento en que Satanás le tienta, ofreciéndole los reinos del mundo, Jesús toma una decisión.
Le dice NO a la riqueza,
Le dice NO al poder,
Le dice NO a los príncipes de este mundo.
Su opción es por otro reino, el de Dios. Entonces se lanza a predicar diciendo: “El tiempo se ha cumplido; arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mr. 1.15).
Este nuevo reino se distingue de los reinos de este mundo porque afirma que la justicia y la paz de Dios han comenzado a manifestarse en la tierra. Y en esa manifestación, Dios viene a identificarse con el ser humano pecador y desamparado.
Por eso Jesús sana enfermos;
Por eso echa fuera demonios;
Por eso consuela al triste;
Por eso predica el evangelio a los pobres.
El reino nos llama a identificarnos con la persona perdida y desamparada.
Creo que ahora podemos comenzar a entender el significado de las palabras del Crucificado. Jesús cita el Salmo 21.1 porque vino a identificarse con el ser humano perdido; con la persona pecadora, con aquel que está separado de Dios, con quien se sabe imposibilitado de alcanzar salvación.
En este sentido, el grito de Jesús en la cruz tiene el propósito de señalar el abismo que existe entre Dios y la humanidad. Al clamar en desamparo, Jesús revela que, en el sentido más profundo de la palabra, todos nosotros somos desamparados. Todos estamos necesitados de salvación.
Por lo tanto, Jesús vino a identificarse contigo y conmigo. Su desamparo es nuestro desamparo. Su muerte es el castigo que debimos llevar tú y yo.
Bosquejo listo para predicar del Salmo 23, apropiado para el Día de Acción de Gracias: Una reflexión bíblica sobre la gratitud, la provisión divina, la imagen de Jesús el Buen Pastor y la esperanza que nace de la fe.
El Salmo 23 es uno de los pasajes más conocidos y memorizados por el pueblo de habla hispana.
Es un texto que nos acompaña en la vida cotidiana, en los momentos de gozo y en los de crisis.
En ocasiones especiales, como el Día de Acción de Gracias, este salmo nos invita a reconocer la provisión, guía y compañía de Dios.
II. Dos poderosas imágenes de Dios
A. Dios como Pastor
“Jehová es mi pastor” es una afirmación profundamente teológica.
El salmista reconoce quién es Dios, pero también quién es él mismo: una oveja necesitada del cuidado divino.
B. Dios como Anfitrión
Dios prepara una mesa en presencia de los angustiadores.
Es un gesto de honor, protección y amor.
III. El Dios que suple: Acción de gracias por su provisión
Dios provee continua y abundantemente: “nada me faltará”.
Provisión material: alimento, agua, descanso.
Provisión espiritual: restauración del alma, dirección, consuelo.
Todo lo que tenemos, todo lo que somos, proviene de Él.
Por eso damos gracias.
IV. Dios nos pastorea: Gratitud por su guía y protección
Como un buen pastor, Dios dirige a su pueblo hacia pastos verdes y aguas de reposo.
Un pastor provee alimento, refugio y sentido de dirección.
En un mundo lleno de incertidumbre, damos gracias porque no caminamos solos.
V. Dios como anfitrión: Gratitud por su hospitalidad divina
Dios no solo nos guía; nos recibe como invitados de honor.
Ante nuestros enemigos, Dios nos exalta, unge nuestra cabeza y rebosa nuestra copa.
Su bondad transforma nuestras crisis en mesas de bendición.
VI. El corazón del salmo: La presencia que vence el miedo
A. “Aunque ande en valle de sombra de muerte…”
La “sombra de muerte” se refiere a la oscuridad profunda, como la de la noche.
No tememos, no porque seamos fuertes, sino porque Dios está con nosotros.
B. La oveja y el pastor
La oveja depende totalmente del pastor.
Lo que quita el miedo no es la habilidad del pastor, sino su presencia.
C. Vara y cayado
Instrumentos de rescate, dirección y consuelo.
Dios nos corrige, nos alienta y nos saca de apuros.
En Acción de Gracias, celebramos no solo lo que Dios nos da, sino quién es Dios para nosotros.
VII. Cristo, nuestro Buen Pastor
Juan 10.11 identidica a Jesús de Nazaret como “el Buen Pastor”.
1 Pedro 5.4 lo llama el “Príncipe de los pastores”.
Hebreos 13.20 lo nombra el “gran pastor de las ovejas”.
Por lo tanto, en Jesús se encarna la provisión, la compañía y el amor del Salmo 23.
Damos gracias a Dios por Cristo, nuestro guía y salvador.
VIII. Conclusión
El Salmo 23 nos recuerda que: Dios nos guía; Dios nos cuida; Dios nos invita a su mesa; y Dios permanece con nosotros en toda estación de la vida.
Por tanto, en este Día de Acción de Gracias, elevamos nuestra voz y nuestro corazón, agradecidos porque “el bien y la misericordia” nos seguirán todos los días de nuestra vida.
Amor: Si hay una palabra que nos lleva a pensar en la grandeza de Dios es, precisamente, amor. Del mismo modo, la palabra amor define la Navidad como ninguna otra. Quien nace humilde en el pesebre de Belén es Emanuel, “Dios con nosotros”, el amor hecho carne para bendición de toda la humanidad.
Hoy exploraremos ese amor desde una perspectiva diferente, meditando sobre las enseñanzas de la Epístola del Apóstol Pablo a Tito, un texto bíblico que no es muy conocido en nuestras congregaciones.
La Epístola de Tito
Cuando pensamos en Tito, pensamos en 1 y 2 Timoteo. En conjunto, estas tres cartas se conocen como “Las Epístolas Pastorales”, dado que recalcan la organización de la Iglesia Primitiva.
Allí encontramos enseñanzas sobre temas relacionados al liderazgo de la Iglesia, tales como los requisitos para servir como anciano o anciana, diácono o diaconisa y para puestos que ya la Iglesia no tiene, tales como el de la “viuda” (que era ocupado por ancianas solitarias que eran mantenidas por la Iglesia).
Por esta razón, rara vez se escuchan sermones sobre estas epístolas, a menos que se hable sobre la organización de la iglesia, sobre el ministerio o sobre los diversos aspectos administrativos de la Iglesia.
Cuando se manifestó la bondad
Por eso es tan sorprendente encontrar en esa corta epístola un pasaje cuyo contenido teológico es tan exquisito que rivaliza el contenido de otras epístolas paulinas, tales como Romanos, Gálatas y Efesios.
Me refiero a Tito 3, versículos del 4 al 7, que lee de la siguiente manera:
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.
Enumeremos brevemente los muchos temas que este corto texto trata de manera tan condensada. Este pasaje bíblico habla sobre:
La revelación o manifestación de Dios, a quien el ser humano sólo puede conocer si el Señor decide revelarse a la humanidad.
De las cualidades o atributos de Dios, entre los cuales se encuentran la bondad y el amor.
De la salvación por gracia, por medio de la fe en Dios. Los seres humanos alcanzamos salvación por la pura misericordia divina, no por nuestras obras ni por nuestras buenas acciones.
El texto habla sobre el bautismo, al que describe como el “lavamiento de la regeneración”. Es decir, que por medio del bautismo el ser humano es hecho nueva criatura, dejando atrás la vida vieja y los pecados de ayer.
No podemos olvidar la referencia a la obra del Espíritu Santo de Dios, que Jesucristo ha derramado sobre la Iglesia para salvación de toda la humanidad.
El tema de la justificación también se encuentra presenta, recalcando que Dios nos convierte en personas justas de manera gratuita, por pura gracia divina.
Todo esto es una herencia espiritual a la cual las personas que llegan a ser hijas de Dios por medio de la fe pueden aspirar.
Finalmente, el tema de la esperanza también está presente. Lo encontramos como esperanza de vida eterna, de vida perdurable, de vida en un un mundo asediado por las fueras de la muerte.
Conclusión
Todo esto toma un tinte distinto cuando lo leemos durante la temporada navideña. Hoy lo vemos con toda claridad: El nacimiento de Jesús de Nazaret es la plena manifestación de la bondad divina; es la plena revelación de los propósitos salvíficos de Dios para con la humanidad.
Por eso hoy damos gracias a Dios por Cristo: por su nacimiento, por su vida, por sus enseñanzas, por su sacrificio en la cruz y por su obra salvífica a favor de toda la humanidad.
Damos gracias a Dios por Cristo, nuestro Señor. AMÉN