Vestidos de amor (Colosenses 3.12-14)

Un sermón sobre Colosenses 3.12-14.

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Vivir o sobrevivir (Texto completo más audio y vídeo)

Vivir o sobrevivir es un sermón basado en Miqueas 5.2-5a, apropiado para la temporada de Adviento, escrito por el Dr. Pablo A. Jiménez.

Texto: Miqueas 5.2-5a

Idea Central: Dios salvará a su pueblo usando los pocos recursos que tenemos en nuestras manos.

Área: Desafío profético

Propósito: Dar ánimo y esperanza a nuestro pueblo.

Diseño: Sermón expositivo, apropiado para la temporada de Adviento.

Lógica: Inductiva

Muchas veces las personas que enfrentan las más grandes adversidades de la vida se conviertan en nuestras maestras. De una manera u otra, nos enseñan a vivir. Nos vemos reflejados en su dolor y comprendemos nuestro “poco” comparado con el “mucho” de ellas. Y así descubrimos lo mucho que tenemos.

He estado meditando sobre esto recientemente porque una pastora amiga, que está gravemente enferma, recientemente escribió una frase en las redes sociales que me sacudió. Traducida al español, la frase dice: “Es difícil vivir rodeado de gente que solo desea sobrevivir”.

La frase me sacudió por dos razones. Por un lado, afirma el deseo de vivir que tiene esta valiente sierva de Dios. Por otro lado, dice una gran verdad: hay personas que solo están empeñadas en sobrevivir.

  • No disfrutan la vida a plenitud.
  • No valoran la hermosura de un nuevo día.
  • No pueden ver el futuro con esperanza.

Solo están empeñadas en sobrevivir un día más.

Este sentimiento es común en tiempos de crisis, como el que vive nuestra sociedad. Como desgraciadamente me he visto obligado a decir centenares de veces, la crisis social puertorriqueña es larga, es vieja y es pesada. Nuestro país sufre una crisis integral que afecta todas las áreas de nuestra vida comunitaria.

  • La economía está en crisis.
  • La ética gubernamental está en crisis.
  • La seguridad pública está en crisis.
  • La familia está en crisis.
  • Y la salud mental está en crisis.

Quizás lo que hace más dura la crisis es que, al examinar nuestras vidas, comprendemos que los recursos que tenemos para lidiar con la crisis son relativamente pocos. Las herramientas que tenemos en nuestras manos parecen sencillas, pobres y hasta torpes para enfrentar los enormes problemas que la vida nos presenta.

El pueblo de Israel pasó por problemas similares. El estado de Israel, aun en su momento de mayor esplendor, era un reino pequeño. En particular, era pequeño comparado con los grandes reinos de Egipto, de Asiria y de Babilonia. La situación se agravó con la división del Reino, que dejó 10 tribus en el Reino del Norte, cuya capital era Samaria, y 2 tribus en el Reino del Sur, cuya capital era Jerusalén.

  • ¿Cómo enfrentar las presiones internacionales?
  • ¿Cómo luchar contra ejércitos tan grandes?
  • ¿Cómo pagar el tributo, los impuestos, que imponían los grandes imperios?

El profeta Miqueas habla de todos estos temas en su libro. El mismo contiene dos tipos de profecías. Por un lado, contiene profecías de juicio contra el Reino del Norte, contra el Reino del Sur y contra los líderes políticos y religiosos de ambos pueblos. Por otro lado, contiene profecías de vida y salvación.

Quizás la profecía más dura es aquella que habla de cómo el Reino del Sur sería conquistado por el Imperio Babilónico. ¿Por qué? Porque ese Imperio acostumbraba llevarse presa toda la clase dirigente de los países conquistados a Babilonia, condenándoles a vivir en campos de concentración.

Escuchen lo que dice Miqueas 4.10 al 5.1:

Es precisamente después de esta profecía de juicio que encontramos una promesa de vida y salvación. Y no es meramente “una promesa”, es la promesa de que Dios habría de enviar un salvador a redimir a su pueblo de todos sus sufrimientos.

La promesa se encuentra en Miqueas 5.2 hasta la primera parte del versículo 5, y dice de la siguiente manera:

Belén es una ciudad del sur de Israel, ubicada a pocas millas de Jerusalén. Era la ciudad de donde surgió David, el más grande rey de Israel. La región también era conocida por el nombre “Efrata”, que de acuerdo a 1 Crónicas 2.50 fue la madre un hombre llamado Belén, hijo de Judá, que le dio nombre a la ciudad.

Hasta el sol de hoy, Belén es una ciudad pequeña. Y el texto dice que de ella saldrá un bebé que llegará a guiar a su pueblo “con el poder del Señor, con la grandeza del nombre del Señor su Dios; y ellos vivirán tranquilos porque él será engrandecido hasta los confines de la tierra” (v. 4). Ese bebé traerá la paz (v. 5).

Empero, una vez más, encontramos el mismo problema. ¿Qué puede hacer un bebé tan pequeño para corregir los enormes males que enfrenta la sociedad?

  • Un país pequeño y sin recursos.
  • Una ciudad pequeña alejada de los centros de poder.
  • Un bebé indefenso que acaba de nacer.

Parece que no tenemos nada en nuestras manos. Sin embargo, la promesa de Dios persiste: Dios salvará a su pueblo usando los pocos recursos que tenemos en nuestras manos. ¿Por qué? Porque lo poco de Dios es mucho más que lo abundante del mundo y que los recursos de los hombres.

La Iglesia entiende que esta profecía se cumplió a cabalidad con el nacimiento de Jesús de Nazaret, a quien confesamos como Señor y salvador. Sobre la base de esta profecía, podemos ver el futuro con esperanza, no importa lo nefasto que pueda parecer. ¿Por qué? Porque el nacimiento de Jesús de Nazaret nos capacita para vivir, no meramente para sobrevivir.

Vivir o sobrevivir
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Si rasgaras los cielos (Isaías 64)

Si rasgaras los cielos es un sermón expositivo, apropiado para la temporada de adviento y basado en Isaías 64, con un bosquejo de sermón listo para predicar.

Vea este material en nuestro canal de YouTube.

Texto: Isaías 64:1-3

Idea central: La iglesia espera la intervención milagrosa de Dios en la historia.

Área: Desafío profético

Propósito: Dar voz a las esperanzas del pueblo.

Diseño: Expositivo, apropiado para la temporada de Adviento

Lógica: Inductiva


Isaías abre su oración con un clamor desgarrador: «¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras!». Esta súplica suena como la oración desesperada de quien no ve salida alguna a su situación. Es la misma oración que usted y yo hemos hecho en tiempos de crisis. Hay momentos en los que deseamos que Dios intervenga con poder, rompiendo los cielos como quien rasga una tela vieja, descendiendo con gloria para actuar a nuestro favor. Anhelamos que su presencia mueva montes, haga hervir las aguas y transforme lo imposible en realidad. El clamor del profeta se convierte, entonces, en el clamor de todo creyente que espera un milagro.

Esta oración nace en uno de los momentos más dolorosos de Israel. El pueblo regresaba del exilio en Babilonia solo para encontrar Jerusalén en ruinas: el templo destruido, las murallas derribadas, la economía en crisis y el liderazgo local en manos de extranjeros. A ello se sumaba el hambre, el desempleo y la pérdida de hogares. En medio de esa devastación, el profeta ora porque vive cerca de Dios; su relación con el Señor sostiene su fe aun durante la crisis. Además, recuerda los grandes actos de Dios en la historia: el llamamiento de Abraham, la destrucción de Sodoma, las plagas sobre Egipto, el Éxodo y la conquista de la Tierra Prometida. Inspirado por estas memorias, se atreve a pedir lo imposible: «¡Oh Señor, si rasgaras los cielos y descendieras!». El recuerdo del ayer alimenta la esperanza del hoy.

Aunque no todos hemos vivido en el exilio, todos conocemos el dolor: un hijo enfermo, un matrimonio roto, o un ser querido que muere. Sabemos lo doloroso que es perder un trabajo, no tener para pagar deudas, o enfrentar una quiebra.

Sin embargo, así como conocemos el dolor, también hemos conocido el poder de Dios. Lo hemos visto responder oraciones, sanar vidas, proveer en la necesidad y regalarnos amor y comunidad. Por eso, al igual que Isaías, clamamos: «¡Oh Señor, si rasgaras los cielos y descendieras!». Nuestra fe se nutre de los milagros que ya hemos visto.

Adviento es una temporada de expectativa, un tiempo en el que recordamos que Dios viene, interviene y actúa en la historia humana. No tenemos nuestra mirada puesta en el pasado, sino en el futuro glorioso de la venida de Cristo. La iglesia espera, con esperanza viva, la intervención milagrosa de Dios en nuestra historia porque la necesitamos. Por todas estas razones, hoy oramos con Isaías: «¡Oh Señor, rasga los cielos y desciende para salvarnos!».

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Preparad el Camino, en dos versiones

Preparad el camino: Un sermón para la temporada de Adviento, basado en Mateo 3.

Preparen el camino: Un sermón para Adviento, sobre Marcos 1:1-8 (Audio & Vídeo).

Gozo en lugar de cenizas

Gozo en lugar de cenizas: Un sermón para la temporada de Adviento, basado en Isaías 61:1-3 (Audio & Vídeo).

La Corona de Adviento

La Corona de Adviento simboliza esperanza, paz, gozo y amor mediante cuatro velas que preparan para celebrar el nacimiento de Cristo. La vela central recuerda que Jesús, luz del mundo, cumple la promesa divina de salvación eterna.


Guía sobre la Corona de Adviento explorando su proceso, simbolismo y preparación espiritual para celebrar a Cristo.

“Adviento” viene del latín y significa “el cumplimiento de la promesa”. Adviento es el tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de nuestro Señor y Salvador; es “Dios con nosotros” (Mateo 1.23).

La corona, por ser redonda, es símbolo tanto de la eternidad como del amor eterno de Dios hacia toda la humanidad. Al añadirle a ésta el follaje del pino, el árbol que siempre está verde (en inglés, “evergreen”), la corona de Adviento simboliza esperanza y vida eterna.

La corona de Adviento tiene cuatro velas. Cada vela representa una semana en la época de Adviento. Las velas púrpuras representan la larga espera del Salvador, mientras que la vela rosa representa el gozo que rodea la venida del Señor. Las velas sirven como un recordatorio de Jesucristo, quien es la verdadera luz del mundo. Cada domingo encendemos una vela nueva para recordar que el día del nacimiento de Cristo se acerca.

Las velas se van encendiendo en secuencia y cada una tiene un significado específico que detallamos a continuación.

  • Esperanza: La primera vela, llamada ‘la vela de la profecía’, nos lleva de regreso a los muchos versos del Antiguo Testamento sobre la esperanza mesiánica. Esto inicia la época de Adviento. En anticipo de la llegada del niño Jesús, nos preparamos para recibir a Jesús, nuestra esperanza. (Véase Isaías 9.2-3)
  • Paz: La segunda vela, llamada “la vela de Belén”, evoca al lugar donde nace el Mesías y a la paz que traerá. En anticipo de la llegada del niño Jesús, deseamos que la palabra enviada por Dios nos conduzca a la salvación y nos llene de su paz. (Véase 1 Tesalonicenses 5.23-24)
  • Gozo: La tercera vela es color de rosa y se conoce como “la vela de los pastores”. Simboliza a los pastores que vinieron a ver al Salvador recién nacido, y que luego fueron a esparcir las buenas nuevas y el gozo por su nacimiento. Pidamos al Señor que la promesa de su presencia nos regocije. (Véase 1 Tesalonicenses 3.11-13)
  • Amor: La cuarta vela, llamada “la vela de los ángeles”, es símbolo del amor de Dios y de su permanente presencia en nuestras vidas. También significa la anticipación del regreso y segunda venida de nuestro Señor. Pedimos, pues, que el amor de Dios sea símbolo de su presencia en nuestras vidas. (Véase 2 Tesalonicenses 1.6-7)

Una vela más grande de color blanco, llamada “la vela de Cristo”, se coloca en el centro de las cuatro antes descritas. La encendemos el Día de Navidad, como recordatorio del cumplimiento de la promesa de Dios a nosotros a través de su único Hijo:

Isaías 9.6-7 (RVR 1995)

En resumen, la Corona de Adviento y la ceremonia del encendido de las velas sirven como un excelente recordatorio de la verdadera razón de ser de esta época: Jesús, el Hijo de Dios, ha venido a la tierra a darnos salvación y vida eterna. ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable! (2 Corintios 9.15).

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