Reflexión del Dr. Pablo A. Jiménez sobre Proverbios 3.1–8: descubre el arte de vivir con sabiduría, aprendiendo a confiar en Dios más que en tu propia prudencia. Un mensaje sobre fe, humildad y propósito cristiano.
En un mundo que celebra la autosuficiencia, el libro de Proverbios nos recuerda que la sabiduría no comienza en el conocimiento humano, sino con una relación con Dios. El versículo central del pasaje declara:
“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.” (Proverbios 3.5, RVR60)
Esta enseñanza nos invita a confiar plenamente en el Señor, a vivir desde la fe y no desde la lógica limitada del ser humano. La sabiduría bíblica no es solo pensar bien, sino vivir bien, con propósito, humildad y obediencia.
💡 Sabiduría vs. inteligencia: dos caminos diferentes
El mensaje de Proverbios 3.1–8 distingue entre inteligencia e inspiración divina. Una persona puede ser brillante, pero sin temor de Dios su vida carecerá de dirección. En cambio, quien confía en el Creador adquiere la inteligencia espiritual y emocional necesaria para vivir en paz.
El sabio reconoce que el amor, la misericordia y la verdad de Dios —su hesed— son el fundamento de toda buena conducta.
🔥 Confiar en Dios: el arte de vivir con propósito
Este sermón nos desafía a examinar nuestra fe y nuestras decisiones. ¿Ponemos nuestra confianza en el Señor o dependemos de nuestra prudencia?
El llamado es a redescubrir el arte de vivir con sabiduría: caminar con Dios, seguir sus mandamientos y dejar que su gracia guíe cada aspecto de nuestra vida. Así, el creyente encuentra lo que el mundo no puede ofrecer: una vida buena, saludable, larga, fructífera y en paz.
✝️ Conclusión: el camino del sabio
El arte de vivir con sabiduría nos invita a abandonar el orgullo y a abrazar la dependencia de Dios. La verdadera sabiduría no proviene del poder o del conocimiento, sino de una fe humilde que reconoce al Señor como fuente de toda verdad.
Cuando confiamos plenamente en Dios, descubrimos el sentido profundo de la vida cristiana: vivir con propósito, paz y esperanza.
El compañerismo cristiano no es mera convivencia. Es una relación de pacto donde personas diferentes aprenden a vivir juntas bajo el señorío de Jesucristo y de acuerdo con los valores del Reino. En Romanos 14, Pablo nos muestra cómo recibir al “débil en la fe” sin pelear, cómo dejar de juzgarnos, y cómo caminar en unidad para la gloria de Dios.
1. Un pasaje para tiempos de tensiones (Rom 14:1–9)
La meditación parte del texto inicial del capítulo 14: “Reciban al que es débil en la fe, pero no para entrar en discusiones.” Pablo reconoce diferencias reales en la iglesia de Roma (dietas, días especiales), pero dirige la mirada a una verdad mayor: “si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos”. El punto es contundente: pertenecemos al Señor; por eso, nuestras decisiones y nuestras diferencias deben someterse a su señorío.
La declaración de la idea central enmarca el mensaje: el verdadero compañerismo es una relación de pacto con Dios para trabajar unidos en los valores del Reino.
El sermón identifica dos sensibilidades en conflicto:
Dietas: unos comen de todo; otros, por convicción, solo legumbres. Pablo no ridiculiza a ninguna parte; pide respeto mutuo, porque Dios ya ha aceptado a ambos.
Días: para algunos, ciertos días son especiales; para otros, todos los días son iguales. De nuevo, la clave no es imponer la propia práctica, sino hacerlo “para el Señor”.
En otras palabras, Pablo discipula para vivir la diversidad sin romper la comunión.
3. El único juez es Cristo
La prédica nos recuerda que solo Jesucristo es juez (véase la alusión a Isaías 45:23 y su eco cristológico). Cuando juzgamos a una hermana o a un hermano por asuntos de opinion, usurpamos un lugar que no nos corresponde. Por eso, el apóstol aterriza el llamado: dejemos de juzgarnos y evitemos ser piedra de tropiezo. La meta no es ganar debates, sino adorar con una sola voz.
4. Conflictos: Inevitables, pero también formativos
El conflicto aparece en todo grupo humano (familias, barrios, naciones). No es malo en sí mismo; se vuelve destructivo cuando lo resolvemos con violencia verbal, emocional o física. En la iglesia, la diversidad (edad, trasfondo, educación, valores familiares) aumenta la fricción, pero también abre una oportunidad: quienes dialogan y aman crecen como discípulos. El problema real surge cuando demonizamos al otro y polarizamos la congregación.
5. Compañerismo: una forma radical de discipulado
El discipulado radical se define el concepto como vivir en comunidad según los valores del Reino, orientada por el señorío de Jesús. Esto implica:
Compromiso mutuo con una manera alternativa de vida.
Priorizar el bienestar de los demás sobre el éxito individual.
Perseguir la meta del evangelio: una nueva humanidad que practica la justicia, proclama la vida y evidencia una novedad de vida que otros notan.
6. Siete prácticas para cultivar el compañerismo cristiano hoy
A la luz del pasaje y del material, propongo estas acciones concretas para iglesias y grupos pequeños:
Recibir sin discutir. Haz espacio para la persona “débil en la fe” sin convertir su llegada en un campo de batalla (Rom 14:1).
Honrar la conciencia ajena. Si para alguien un día o una dieta es importante “para el Señor”, respétalo sin sarcasmo (Rom 14:5–6).
Renunciar a juzgar. Antes de evaluar la práctica de otro, recuerda: no vives para ti y Cristo es el único juez (Rom 14:7–12).
Dejar de ser tropiezo. Si tu libertad hiere, limítala por amor.
Compartir la mesa con mansedumbre. Comer juntos sin pelear por “lo permitido” edifica más que cualquier argumento.
Elevar la adoración común. Que las preferencias no apaguen la alabanza con una sola voz.
Medir el éxito por el bien del prójimo. Cambia la lógica “yo gano/tú pierdes” por “o ganamos todos o no hay juego”.
7. Preguntas que construyen comunidad
Si predicas este sermón en tu reunión de liderazgo, tu célula o tu clase bíblica usa esta “Preguntas clave” como examen de conciencia comunitario:
¿Estamos viviendo de acuerdo con los valores del Reino?
¿Somos, en la práctica, una verdadera comunidad cristiana?
¿Es el evangelio de Jesucristo lo que dirige nuestras decisiones diarias?
Responder con honestidad es vital, porque nuestra sociedad necesita iglesias que vivan el evangelio en serio.
Conclusión: Vivir “para el Señor” cambia la forma de estar juntos
El Imperio Romano impuso su dominio sobre los otros pueblos de manera violenta; aun así, el evangelio echó raíces y floreció en comunidades comprometidas con Cristo y entre sí. Hoy, en contextos también tensos, Romanos 14 nos llama a algo más que tolerancia: pacto, respeto, edificación mutua y adoración unánime. No buscamos uniformidad, sino unidad bajo el señorío de Jesús.
¡Que el Espíritu Santo nos ayude a recibir, servir y amar como quienes pertenecen al Señor, para que nuestras iglesias brillen como señales vivas del Reino!
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¿Qué es el Evangelio? es una prédica cristiana que define el concepto “evangelio” de acuerdo a los vv. 16 y 17 del primer capítulo de la Epístola a los Romanos.
El Evangelio, según el Apóstol Pablo en Romanos 1:16-17, no es simplemente una tradición religiosa o un credo teológico. Es poder de Dios para la salvación de toda persona que cree. Así lo expresa de manera contundente el Apóstol Pablo al comenzar su carta a los Romanos, una comunidad dividida entre creyentes judíos y gentiles. Ante esta realidad, afirma que la salvación está disponible para todos, sin distinción cultural o étnica.
Una buena noticia que transforma
La palabra griega usada por Pablo, dúnamis, da origen a nuestro término “dinamita” y comunica fuerza, energía y capacidad de transformación. El Evangelio no solo informa, ¡impacta! No es letra muerta, sino un mensaje vivo que libera, restaura y sana.
El mensaje del Evangelio tiene siete implicaciones, características o consecuen cias, de acuerdo a Romanos 1:16-17. El Evangelio:
Da honor a quienes creen en Cristo Jesús.
Tiene poder para transformar.
Trae salud integral: física, mental y espiritual.
Ofrece salvación tanto a judíos como a gentiles.
Revela la justicia de Dios.
Nos conduce a una vida de fe.
Y proclama la justificación por la fe.
El pecado y el reto de la sociedad moderna
El Evangelio también confronta una verdad incómoda: el pecado humano. Romanos enseña que todos hemos pecado, alejándonos de la voluntad de Dios para seguir la nuestra. Pero la buena noticia es doble: Dios nos salva del pecado y nos llama a cumplir una misión.
En una cultura que relativiza la verdad y ve el pecado como un concepto obsoleto, comunicar este mensaje resulta desafiante. Sin embargo, es urgente recuperar una comprensión clara, incluso actualizada, del pecado —incluyendo los pecados sociales: guerras injustas, destrucción ambiental y otras injusticias estructurales.
Una “buena noticia” para hoy
El mensaje central de Romanos 1.16-17 sigue vigente: El Evangelio es poder de Dios. Esta es una excelente noticia para quienes se sienten vulnerables o indefensos. ¡No estamos a merced del mal! Podemos resistirlo y vencerlo. Aquellas personas que se acercan a Dios por medio de Jesucristo pueden vivir en el poder del Espíritu Santo.
El secreto de la Predicación Bíblica en un vídeo educativo sobre Homilética y Predicación, enfocado en enseñar cómo predicar.
¿Te has preguntado qué hace que un sermón sea verdaderamente bíblico? Hoy vamos a explorar la predicación bíblica, esa que refleja fielmente el contenido, la función y la forma del texto bíblico. ¡Acompáñame para descubrir cómo la Palabra de Dios cobra vida en el sermón!
La predicación bíblica comienza con un pasaje de las Sagradas Escrituras y busca interpretar su mensaje para nuestro tiempo. Un sermón es bíblico cuando:
El contenido del sermón corresponde al contenido del texto bíblico.
La función del sermón se alinea con el propósito del texto.
La forma del sermón respeta la estructura literaria del pasaje bíblico.
En pocas palabras, el texto bíblico moldea el sermón, permitiendo que Dios hable a través de su Palabra.
Tres claves para interpretar un texto bíblico
Para exponer un texto bíblico con fidelidad, debemos considerar tres elementos fundamentales:
El contexto social e histórico: ¿Quién escribió el texto? ¿Cuál era la situación social y espiritual de los destinatarios?
El mensaje del texto: ¿Qué dice el texto? ¿Qué conceptos teológicos y verdades presenta? ¿Cómo aplica este mensaje a nuestra vida hoy?
El estilo literario: ¿Es narrativo, poético o discursivo? ¿Qué imágenes y figuras literarias utiliza el autor?
Cada uno de estos aspectos nos ayuda a entender y comunicar fielmente el mensaje bíblico.
Un ejemplo: Cómo predicar Apocalipsis
Tomemos el libro de Apocalipsis como ejemplo. Este texto fue escrito para consolar a los cristianos que sufrían bajo la opresión del Imperio Romano por negarse a adorar al Emperador. El propósito de Apocalipsis es alentar a la comunidad hostigada a confiar en el Dios que salva y libera.
Si predicas un sermón basado en Apocalipsis, tu mensaje debe reflejar ese propósito: consolar y alentar. Un sermón que infunda miedo traiciona la intención del texto.
Esto nos enseña que la predicación bíblica debe tratar de transmitir el mismo efecto que el pasaje bíblico buscaba crear en su audiencia original.
La forma también importa
La estructura de un texto bíblico es clave para entender su mensaje. Por ejemplo, las parábolas suelen tener un final sorpresivo:
El esposo llega cuando menos lo esperan (Mateo 25.10).
El samaritano ayuda al judío herido (Lucas 10.33-35).
El publicano es justificado (Lucas 18.14).
Estos finales inesperados subrayan la novedad del Reino de Dios. Un sermón basado en una parábola debe capturar esta sorpresa para ser impactante y fiel al texto.
Conclusión
En resumen, la predicación cristiana es verdaderamente bíblica cuando el sermón refleja fielmente el contenido, la función y la forma del texto bíblico. Como personas llamadas a predicar, nuestra tarea es procurar que Dios hable a través de su Palabra.
“La predicación cristiana es verdaderamente bíblica cuando el sermón refleja fielmente el contenido, la función y la forma del texto bíblico”
“Yo no buscaba a Dios. Era centurión romano, endurecido por la guerra, habituado al castigo y la muerte. Pero esa madrugada todo cambió. Nos avisaron que los líderes judíos habían arrestado a un tal Jesús de Nazaret. Lo acusaban de blasfemia, pero querían que nosotros, los romanos, lo matáramos. Pilato, irritado por la presión política, nos lo entregó para castigo. Nunca imaginé lo que ese día me enseñaría.
Azotamos a Jesús brutalmente. Su cuerpo sangraba por los golpes, su piel abierta por los látigos con huesos y metal. Lo humillamos, burlándonos de su supuesto reinado, colocándole una corona de espinas. Cuando lo llevamos al Gólgota, apenas podía caminar. Obligamos a un tal Simón de Cirene a cargar su cruz. Lo crucificamos en una roca manchada de muerte. Tres clavos lo fijaron al madero.
Pero lo que vino después trastocó mi mundo. Desde la cruz, Jesús habló… ¡oró por nosotros! “Padre, perdónalos”, dijo. Aún colgado, mostró compasión por un ladrón arrepentido y por su madre. Pronunció palabras de amor, esperanza y abandono. “Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” clamó, revelando su angustia.
A las tres de la tarde, la tierra tembló y el cielo se oscureció. Todo Jerusalén quedó en silencio. Entonces, gritó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. No fue un susurro, fue un grito poderoso. Y yo, un verdugo endurecido, no pude más.
Lo que vi no fue simplemente la muerte de un hombre. Fue algo sobrenatural. Fue amor encarnado, crucificado. Allí, al pie de esa cruz, mi corazón de soldado se quebró. Entendí lo que ni los sacerdotes ni la multitud comprendieron.
Por eso, sin temor, con el alma al descubierto, confesé lo que ahora sé con certeza: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.”
Ese día no solo ejecutamos a un inocente. Presenciamos el acto más grande de amor que el mundo haya visto.
Y yo, un centurión romano, me convertí en el primer testigo de esa verdad eterna.”
Este sermón parte de la profecía de Juan el Bautista, quien anuncia la llegada de uno más poderoso que él: Jesús de Nazaret. Jesús no solamente será superior en autoridad, sino que también bautizará con el Espíritu Santo, inaugurando así una nueva era en la historia de la salvación. El sermón tiene un enfoque evangelizador, expositivo e inductivo, presentando a Jesús como el “hombre más fuerte” que capacita a sus seguidores para vivir en el poder del Espíritu.
El concepto del tiempo es central en este mensaje. El Nuevo Testamento diferencia entre kronos (tiempo cronológico) y kairós (tiempo cualitativo). Jesús llega en el kairós de Dios, el momento perfecto, impulsado por el poder del Espíritu. Tras su bautismo, Jesús enfrenta la tentación en el desierto, preparación espiritual para su misión.
Jesús proclama la llegada del Reino de Dios en Galilea, anunciando tiempos de salvación y arrepentimiento. En el Evangelio según Marcos, la manifestación del Reino se expresa en actos de poder: exorcismos y sanaciones. El primer milagro registrado es la expulsión de un demonio en una sinagoga, demostrando que las fuerzas del mal no pueden resistir su presencia. Jesús muestra su poder irresistible al sanar enfermos y leprosos, y se identifica como el “hombre más fuerte” que vence el mal en su propio terreno.
El sermón también resalta la sabiduría de Jesús, evidente en sus parábolas sobre el Reino, como la semilla de mostaza. Estos relatos enseñan valores divinos como la bondad, la justicia y la misericordia. A su vez, se contraponen los “disvalores” como el odio y la injusticia, que son temporales y destinados a desaparecer.
Jesús es además presentado como la encarnación de la misericordia de Dios. Introduce un nuevo modelo de liderazgo basado en el servicio, no en el dominio. Según Marcos 10:42-45, el verdadero líder es aquel que sirve y está dispuesto a dar su vida por los demás.
Finalmente, el sermón invita a los oyentes a seguir a Jesús en el camino hacia la cruz, como lo hizo Bartimeo tras ser sanado. Este llamado es urgente: cada creyente debe responder al kairós de Dios, tomar su cruz y seguir a Cristo con fidelidad y entrega.
El principio de la sabiduría es una prédica cristiana sobre Proverbios 1.7 que contrasta la inteligencia y la sabiduría desde la óptica bíblica.
¿Cuál es la clave para vivir una vida plena y con propósito? En este inspirador mensaje, el Dr. Pablo A. Jiménez nos guía a través del libro de Proverbios, revelando cómo la sabiduría nos enseña a vivir de manera provechosa y en comunión con Dios. Desde el corazón de las Escrituras, descubrimos que el verdadero éxito no se encuentra en la riqueza, la fama o el placer momentáneo, sino en acercarnos a Dios con reverencia y amor.
Acompáñanos en esta profunda reflexión sobre el principio de la sabiduría basada en Proverbios 1.7, donde la sabiduría clama en las calles, llamándonos a abandonar la necedad y a seguir el camino de la vida. Exploraremos cómo la Biblia personifica la sabiduría como una voz que nos instruye y nos advierte sobre las consecuencias de rechazar el conocimiento divino.
En este mensaje, aprenderemos:
✅ ¿Qué significa “El principio de la sabiduría es el temor del Señor”? (Proverbios 1:7)
✅ Cómo la sabiduría nos ayuda a tomar decisiones correctas y a evitar el engaño del pecado.
✅ La diferencia entre inteligencia y sabiduría, y por qué esta última es esencial para una vida fructífera.
✅ Cómo aplicar los principios de Proverbios a nuestra vida diaria para experimentar paz, estabilidad y éxito verdadero.
📌 Sermón expositivo, de lógica inductiva
🎤 Predicador: Dr. Pablo A. Jiménez
📖 Texto bíblico: Proverbios 1.7
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Un mensaje a las naciones es un sermón sobre misión y discipulado, en clave postcolonial, sobre Mateo 28.16-20, el texto conocido como “La Gran Comisión”.
Hace unos años estaba escuchando la radio, donde había un debate sobre la vida y la muerte. Algunas personas hablaban a favor o en contra de la reencarnación. Entonces uno de los oyentes dijo: “Creeré el día que alguien regrese de la muerte y me diga si hay cielo o infierno”.
Esas palabras me llevaron a pensar en Jesús, quien venció la muerte con poder al resucitar de entre los muertos. Específicamente, mi mente se remontó a Mateo 28.16 al 20, que dice:
Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. 17 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. 18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. 19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
En este pasaje hay tres puntos clave:
Toda potestad ha sido dada a Jesús.
Dios nos ha enviado a bautizar a todas las naciones.
Dios nos llama a enseñarle a los nuevos creyentes todo lo que nos ha mandado.
La pregunta que se impone es: ¿Cómo el Imperio Romano tomó esas palabras? ¿Las vieron con un acto revolucionario o como una ofensa a la majestad del Emperador? ¿En qué lugar quedó la Iglesia ante el Imperio?
Puntos a desarrollar
1. Jesús tiene toda potestad sobre cielo y tierra
De acuerdo a los criterios del mundo, Roma, su ejército y sus lacayos tenían todo el poder en sus manos. Sin embargo, Jesús afirma en Mateo 28.18 que tiene toda “potestad”, es decir, toda autoridad sobre los cielos y la tierra. ¿Hay algún elemento que pruebe la veracidad de las palabras de Jesús?
La transformación que experimentaron los discípulos de Jesús es la mayor prueba de la potestad de Jesucristo sobre los cielos y la tierra. Los mismos once discípulos que huyeron, se escondieron y hasta negaron conocer a Jesús en el día de su crucifixión, son los mismos hombres que se revelan públicamente como mensajeros del Evangelio en el día de Pentecostés (véase Hechos 2). Más aún, la historia de la Iglesia nos enseña que todos ellos estuvieron dispuestos a dar su vida por Cristo. Esa transformación es evidencia clara de la autoridad y el poder de Jesús, el Cristo.
Aquí vemos que, a pesar de todos los horrendos sufrimientos que Jesús padeció a manos de las autoridades terrenales, el Cristo resucitado reclama la potestad universal. Se identifica como el misericordioso Señor de la Gracia, del perdón y de la redención. Como dice Filipenses 2.5-11:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 9 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Esto nos muestra su gran dominio y potestad.
2. Dios llama a la Iglesia a bautizar personas de todas las naciones
En el texto bíblico, “naciones” es la traducción de “ethnos”. Por lo tanto, el texto se refiere a los grupos étnicos no-judíos. De este modo, la fe cristiana, que comenzó como una secta judía, se expande a todas las naciones.
Recordemos que el bautismo cristiano surge de los rituales de purificación del judaísmo, según aparecen en las leyes del Antiguo Testamento. De este modo, se expande un ritual nacional para convertirse en un ritual global, que debe llevarse a cabo en todas partes del mundo. Esto explica la oposición del judaísmo normativo a la naciente fe cristiana.
Por lo tanto, la fe cristiana en sus inicios sufrió oposición tanto del liderazgo romano como del judío. Visto con ojos humanos, obedecer el mandato de Jesús parecía un suicidio. Sin embargo, la Iglesia de Jesucristo perseveró en la fe y pudo crecer aún entre tanta oposición. Hoy el Imperio Romano no existe, pero la Iglesia Cristiana sigue adelante.
3. Dios llama a la Iglesia a enseñarle a mundo a obedecer las palabras de Jesús.
Jesús nos ordena enseñarle al mundo todo lo que nos legó. Esto nos lleva necesariamente a Juan 15.26-27, donde encontramos toda una porción sobre el Espíritu Santo, cuya tarea es precisamente recordarnos las enseñanzas de Jesús. El texto dice:
Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. 27 Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio.
Así que no estamos solos, sino que la divina presencia de Jesús nos guía a través del Espíritu Santo a compartir las buenas noticias de salvación con toda la humanidad. Este mensaje no es solo para los nuestros, ni para las personas que se parecen a nosotros. Por el contrario, es para toda la humanidad, sin importar lengua, pueblo o nación.
El libro de Apocalipsis también afirma esta esperanza. De acuerdo a Apocalipsis 7.9-10, Juan pudo contemplar en visión la Iglesia al final de los tiempos. ¡Y esa Iglesia era multicultural!
Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; 10 y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.
Conclusión
Desde nuestros tempranos años escolares, aprendimos que hay asignaciones que debemos satisfacer. Esas tareas nos ayudan a cumplir con las responsabilidades estudiantiles.
Del mismo modo, Jesús le ha dado una asignación u ordenanza a la Iglesia; una tarea que debemos cumplir: evangelizar al mundo. Dios nos llama a hacer discípulos de todas las naciones, a bautizarles y a educarles en la fe en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
No debemos permitir que el miedo nos cohiba. Debemos dejar a un lado el temor a fracaso y el miedo a ser rechazados. Nuestra tarea no es convencer a la humanidad, sino proclamarles el mensaje del evangelio de Jesucristo.
Por lo tanto, acerquémonos al Señor y consagremos nuestras vidas a Dios, quien nos dará la valentía necesaria para cumplir con la Gran Comisión que nos ha encomendado. Si Aquel que tiene todo poder, toda autoridad y todo dominio nos envía, ¿por qué temer?
¡Vayamos a compartir las buenas noticias de salvación, en el nombre de Jesús! Amén.
El ensayo Si tan solo cierras los ojos de Pablo A. Jiménez presenta una crítica a la predicación tradicional en el Caribe y aboga por una homilética postcolonial que refleje la identidad y la realidad de los pueblos caribeños.
El autor, desde su experiencia personal, describe cómo la predicación en la región sigue reproduciendo estructuras coloniales que perpetúan la dependencia y la subordinación cultural.
Jiménez inicia su reflexión con una anécdota sobre una celebración de Pentecostés en St. Croix, donde la comunidad cristiana se unió en un culto vibrante y diverso. Sin embargo, la atmósfera transformadora se quebró cuando el sermón, de estilo tradicional, impuso una lógica colonial, individualista y privatizante. Esta experiencia ejemplifica el conflicto entre la homilética postcolonial que las iglesias caribeñas deben tratar de poner en práctica y las estructuras ideológicas heredadas del colonialismo.
El ensayo critica la predicación deductiva, una forma impuesta por la tradición homilética británica, que privilegia la autoridad del predicador, el enfoque racionalista del mensaje y el llamado a la conversión individual sin denunciar los pecados sociales ni buscar un compromiso con la transformación social. Jiménez argumenta que este estilo ha perpetuado sistemas de opresión, permitiendo que la fe conviva con realidades como la esclavitud y la desigualdad.
San Juan, PR
Para superar esta influencia colonial, el autor propone el desarrollo de una homilética postcolonial que parta de la historia, la realidad socioeconómica y la diversidad lingüística del Caribe. Propone una teología pastoral contextualizada, una hermenéutica bíblica comunitaria y un diálogo con nuevas corrientes homiléticas. La meta es desarrollar una predicación pertinente basda en una homilética postcolonial que fomente la autodeterminación, la unidad y la justicia social.
En conclusión, Jiménez invita a las iglesias caribeñas a repensar su predicación para que realmente refleje la identidad, el contexto y la lucha por la liberación de sus comunidades.
El año cuando dejamos de ser humanos es un ensayo sobre las raíces del racismo y la discriminación racial en las Américas.
San Juan, PR
Cuando los europeos llegaron por primera vez al Caribe estaban completamente perdidos. Al principio, pensaron que habían llegado a la India, lo que explica por qué las islas todavía se llaman «Las Indias Occidentales». Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que estaban equivocados.
Según el Derecho Internacional, un país no puede invadir otra nación sin una razón válida. Esta situación desencadenó una pregunta fundamental: ¿Son los indígenas plenamente humanos? Si lo fueran, entonces España tendría que reconocer sus territorios como naciones y relacionarse con ellos de acuerdo con el Derecho Internacional. Sin embargo, si no eran completamente humanos, las tierras estaban «inhabitadas» y España podría reclamarlas como suyas.
Durante estos años, algunos filósofos habían comenzado a teorizar que las personas «de color» tenían un origen diferente al de los «caucásicos». Pensaban que la «gente blanca» descendía de Adán y Eva, mientras las personas «de color» descendían del mono. De acuerdo con estas teorías, solo los caucásicos eran completamente humanos, ya que las personas de color eran humanoides o primates altamente evolucionados.
¿Quién podría resolver la disputa? Entendiendo que se trataba de una cuestión metafísica, la Corona española llamó a la Iglesia a dirimir el asunto. Las deliberaciones comenzaron en 1511 y se extendieron hasta 1512. Juan López de Palacios Burgos y Matías de Paz escribieron trabajos defendiendo la idea de que la Iglesia tenía derechos espirituales sobrenaturales que reemplazaban a los derechos naturales. Por lo tanto, la Iglesia podría comisionar a los dueños de haciendas—llamados «Encomenderos»—a «evangelizar» a grupos de pueblos indígenas, que debían demostrar su «gratitud» por el «don de la salvación» trabajando en las haciendas sin salario, solo por alojamiento y comida. Por supuesto, el sistema de las «Encomiendas» era simplemente otra forma de esclavitud.
En 1512, concretamente el 27 de diciembre, el rey Fernando II firmó un documento titulado Las Capitulaciones de Burgos. El documento detallaba las leyes que regularían el manejo de las tierras y las relaciones con los indígenas del «Nuevo Mundo». Las Capitulaciones establecieron claramente que los habitantes de las Américas eran efectivamente humanos. Sin embargo, tenían que someterse (o ser sometidos por la fuerza) a los españoles. El documento también legitimó el uso de la violencia para «evangelizar» a los indígenas. Los conquistadores solo tenían que leer un documento que les «requería» convertirse —titulado «Requerimiento»— antes de emprender la guerra. Por supuesto, el documento estaba escrito y era leído en español, idioma ajeno a los grupos indígenas. Así se legitimaba el uso de la violencia contra los indígenas.
En conclusión, 1512 es el año en que los habitantes del Caribe dejaron de ser plenamente humanos a los ojos de la Iglesia. Eran considerados personas de «segunda clase», cuya inteligencia era limitada. Eran vistos como «niños» que necesitaban estar bajo la tutela de los Conquistadores, lo que explica por qué a los nativos varones adultos se les llamaba «muchachos».
Desde un punto de vista teológico, lo más triste es que este proceso racista fue facilitado por la Iglesia, que prestó a sus teólogos para crear el mito de la inferioridad moral e intelectual de las personas de los grupos indígenas y, eventualmente de los africanos, para legitimar la guerra, el genocidio y la esclavitud. Hoy lamentamos la forma como la Iglesia manchó su testimonio legitimando ideologías y acciones indefendibles. Como parte de la Iglesia, a través del tiempo y el espacio, también nos arrepentimos y pedimos perdón, en el nombre de Jesucristo.
La buena noticia es que, dentro de la misma Iglesia, hubo brillantes voces de esperanza que afirmaron la plena humanidad de los pueblos indígenas. Sacerdotes católicos, como Antonio de Montesinos, confrontaron valientemente a los hacendados en sus sermones y en sus prácticas pastorales. Más adelante en el siglo, Bartolomé de Las Casas se convirtió en el «apóstol» de los pueblos indígenas y otras órdenes católicas sirvieron a los grupos indígenas en América del Sur. Incluso en el «valle de las sombras de la muerte», la Iglesia siempre ha tenido profetas de esperanza que proclaman el Evangelio liberador de Jesucristo.
Tomando estas dos opciones como paradigmas, hoy Dios llama a la iglesia a fomentar el amor, la unidad y la esperanza, afirmando la humanidad plena de toda persona, particularmente de las deshumanizadas por los poderes del mal, del pecado y de la muerte. Proféticamente, celebramos el triunfo definitivo del Dios de la Vida, pues «la salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero» (Ap. 7.10b).