Escuche a Cecilio Arrastía predicando “El día del Mesías”, predicado en la Asamblea de la Obra Hispana de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en los Estados Unidos y Canadá, en el 1992.
Cocinas desayuno, almuerzo y a veces hasta la cena antes de las seis de la mañana. Preparas a tus chicos y a tus chicas para ir a la escuela. En ocasiones, hasta tienes que llevarlos tú misma.
Aún así, tu día apenas comienza. Tienes que llegar al trabajo, a veces en tu vehículo privado y otras en transporte público. Trabajas horas y horas, quizás haciendo labores que no te agradan, para mantener a tu familia. Enfrentas sexismo y hostigamiento de parte de hombres que te ven como presa fácil. Y, a veces, pasas el día sin comer.
Quizás tienes un esposo amoroso y trabajador, lo que aliviaría tu carga, pero no siempre es así. A veces tienes una pareja errática, que no abona a tu estabilidad emocional ni financiera. Puede que tu esposo sea un hombre cuya condición de salud no le permita trabajar. Sea por machista, por estar confinado, por estar ausente, por trabajar tiempo extra o, sencillamente, por pereza, tu pareja no coopera. Ve las tareas de la casa como responsabilidad exclusiva de la mujer.
Y no puedo olvidar que quizás nunca te casaste legalmente o, si lo estuviste, ahora estás divorciada. Eso hace tu carga aún mayor, principalmente cuando tu ex-pareja no cumple con sus responsabilidades financieras.
Sales del trabajo, pero tienes compras que hacer. Llegas a tu casa tarde en la tarde, a terminar de cocinar, a supervisar asignaciones y a hacer otras tareas del hogar. Y las tareas son interminables, tantas que no voy a enumerarlas aquí.
No puedo olvidar que también trabajas como voluntaria en tu comunidad, ya sea en la escuela local, en alguna institución social o en la Iglesia. No sé como haces tantas cosas a la vez, pero las haces. Las haces aunque te agotan y te obligan a acostarte muy tarde.
¿Cuánto duermes? Pocas horas. Mañana te levantarás temprano–aunque agotada–para volver a comenzar.
A ti, madre trabajadora, te deseo felicidad, justicia y paz en el Día de las Madres. Que Dios te bendiga hoy y siempre.
A las madres trabajadoras
Vea otros vídeos, ensayos y sermones para el Día de las Madres.
Y serás bendición es un sermón sobre el tema de la ley de la bendición, basado en el relato del llamamiento de Abram en Génesis 12:1-13.
Este sermón se basa en Génesis 12:1-3, donde Dios llama a Abram a dejar su tierra y le promete bendecirlo para que sea una bendición para toda la humanidad.
Introducción
Comienza indicando que las modas también influyen en la iglesia, tomando como ejemplo el término “bendición”. Algunas prácticas modernas han reducido su significado a una simple confesión verbal o a la prosperidad material.
Bendecir significa hablar bien de alguien, pero en un sentido más profundo, es un acto profético en el que se pide a Dios que otorgue su gracia y vida a las personas. La bendición proviene de Dios, quien es la fuente de toda vida y bien.
La Promesa de Bendición
Dios llamó a Abram y le dió una promesa de bendición, diciéndole que lo usaría como un instrumento para formar un pueblo que viviera en comunión con Él. El propósito divino era bendecir a Abram para que, a su vez, su descendencia y toda la humanidad fueran bendecidas.
Bendición y Maldición
En el v. 3, Dios promete bendecir a quienes bendigan a su pueblo y maldecir a quienes lo maldigan. La maldición implica alejarse de Dios, quedando a merced del mal. La historia de David y Goliat ilustra cómo los enemigos de Dios no pueden prevalecer sobre sus bendecidos.
El propósito divino es que todas las naciones sean bendecidas a través del pueblo de Dios. En Gálatas 3:13-14, Pablo enseña que esta promesa se cumple en Cristo, quien redimió a la humanidad de la maldición y abrió el acceso a la bendición de Abraham para los gentiles.
Conclusión
Dios nos llama a ser canales de bendición para nuestras familias, comunidades y el mundo. El mandato dado a Abram también es nuestro: “Y serás bendición”.
Idea central: Jesús nació «en la plenitud del tiempo» para salvar a la humanidad.
Área: Formación espiritual
Propósito: Explorar el significado del nacimiento de Jesús.
Diseño: Expositivo, en ocasión de Adviento y Navidad
Lógica: Inductiva
Introducción
Una de las cosas más preciadas que los seres humanos podemos intercambiar es una promesa. Una promesa compromete nuestro honor. No es un artículo que puede perderse ni un objeto que pueda romperse. Es, sencillamente, una idea, una frase, una oración donde empeñamos nuestra palabra asegurando que haremos algo en el futuro. Sin embargo, a pesar de su sencillez, las promesas son peligrosas. Son peligrosas porque crean dos cosas: primero, un pacto entre quien promete y quien recibe la promesa; y segundo, crean expectativa, pues quien recibe la promesa queda esperando su cumplimiento.
Navidad como promesa
Navidad es, precisamente, una promesa. En esta temporada celebramos el cumplimiento de la promesa que Dios hizo a la humanidad: la promesa de enviar un Salvador que liberara al mundo del pecado, la maldad y la opresión. Lo notable es que ese Salvador no sería un ángel ni un ser sobrenatural, sino una persona. La fe de Israel esperaba el cumplimiento de lo anunciado por el profeta Isaías 7.14: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel». Por lo tanto, el Salvador sería un ser humano ungido por Dios para una tarea extraordinaria, plenamente humano y plenamente divino. Ese es el motivo por el cual su nacimiento era tan esperado.
Promesa cumplida
El apóstol Pablo, profundo conocedor de las Escrituras, interpreta el nacimiento de Jesús como el cumplimiento de esa promesa divina. Escribiendo a las iglesias de Galacia, declara que «cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley» (Gá 4.4). Con esta frase, Pablo afirma que Jesús nació en el momento perfecto de la historia, en la “plenitud del tiempo”, convirtiendo en realidad la promesa largamente esperada.
Pablo también destaca que Jesús nació de una mujer, subrayando así el papel de la mujer en el plan redentor y afirmando la plena humanidad de Cristo. Jesús no fue un ser etéreo ni un espíritu ilusorio, sino un ser humano real que conoce nuestras pasiones, luchas y necesidades. Finalmente, Pablo enseña que, por medio de la obra del Hijo, recibimos la adopción como hijos e hijas de Dios. El Espíritu Santo transforma nuestro corazón y nos permite clamar «¡Abba, Padre!» (Ro 8.15; Gá 4.6), una expresión íntima que significa “papá”, “papi”, la palabra que un infante usa para dirigirse con confianza a su padre.
Conclusión
Hoy, mientras nos preparamos para celebrar la Navidad, recordamos que Jesús nació «en la plenitud del tiempo» para salvar a la humanidad. En medio de las fiestas, los regalos y las comidas, hagamos un alto para celebrar el cumplimiento de la promesa divina. Que esta Navidad sea un recordatorio de la fidelidad de Dios y de nuestra identidad como hijos e hijas del Padre celestial.
Gracias por la lucha es una prédica cristiana apropiada para el Día de Acción de Gracias o Thanksgiving con un bosquejo de sermón listo para predicar.
¿Dar gracias? ¿A quién? ¿Por qué?
Para muchas personas, la idea de dar gracias a Dios puede parecer como un chiste de mal gusto. Estos han sido años durísimos para nuestros pueblos, donde hemos enfrentado epidemias, catástrofes naturales, inestabilidad política, polarización social y hasta violencia en las calles.
La vida es una lucha diaria por conseguir los recursos necesarios para asegurar tanto nuestras propias vidas como el bienestar de los nuestros. Todos conocemos personas que, aunque trabajan arduamente, no pueden darle a su familia el techo, el alimento, la educación, el transporte y el cuidado médico que tanto necesitan.
El hecho es que la vida es dura, todos los días, para todo el mundo.No importa la cantidad de recursos que tenga a su disposición o la riqueza que pueda acumular a lo largo de su vida, usted seguramente pasará por tiempos malos donde la enfermedad, el sufrimiento y el dolor tocarán a su puerta.
Cada vez son más las personas que dicen no creer en Dios, o por lo menos, no creer en el Dios que proclaman las distintas iglesias.
No creen en el Dios que predican los católicos, los protestantes, o los pentecostales.
Mucho menos creen en el Dios que predican los musulmanes, particularmente aquellos que siguen a los líderes extremistas.
Como tampoco creen en el Dios que reclaman aquellos “cristianos nacionalistas” que abogan por la “supremacía blanca”.
Así llegamos al centro del problema: si usted no cree en Dios, ¿a quién va a darle gracias?
Por otro lado, hay personas que sí creen en algún tipo de fuerza espiritual, quienes no encuentran por qué dar gracias a Dios. Están convencidas de que sus vidas están en sus propias manos, no en las manos de Dios. Por eso piensan que, si Dios no les da nada, ¿por qué han de darle gracias?
Por lo tanto, el acto de dar gracias depende de su concepto de Dios.
Si usted ve a Dios como un dictador cósmico, no hay razón alguna para dar gracias.
Si usted ve a Dios como un “viejito celeste” retirado en algún tipo de “ancianato” o “nursing home” en una nube, no hay razón alguna para dar gracias.
Si usted ve a Dios como una fábula forjada por buscones religiosos para agenciarse la buena vida, no hay razón alguna para dar gracias.
Empero, hay otra forma de ver a Dios. Yo entiendo que, leída correctamente, la Biblia presenta a Dios como la fuerza vital del universo, como el soplo de vida que da razón a todo lo creado. Dios es, pues, la vida misma. Por eso Jesús de Nazaret dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14.6 RVR 1960).
El Dios que se ha revelado a la humanidad por medio de la persona histórica de Jesús de Nazaret no es el causante de nuestro sufrimiento. ¡Todo lo contrario! Es el Dios de la Vida que sufre con nosotros. Por eso, el símbolo principal de la fe cristiana es la cruz, donde Jesús—la encarnación de Dios en el mundo humano—sufre la muerte para solidarizarse con todo aquel que sufre, para acompañarnos en nuestro dolor y para librarnos del sufrimiento. El símbolo central de la fe cristiana no es triunfalista, sino una cruz, señal de que el poder de Dios se muestra en la debilidad (2 Co 12.9).
Las personas de fe saben que Dios está con ellas en medio del sufrimiento. Por eso, ven los problemas y las dificultades que les plantea la vida como exámenes o pruebas que pueden ser superadas con la ayuda de Dios. A manera de ejemplo, veamos lo que el Apóstol Pedro escribió sobre este tema:
Por eso, aun cuando por algún tiempo tengan que pasar por muchos problemas y dificultades, ¡alégrense! 7 La confianza que ustedes tienen en Dios es como el oro: así como la calidad del oro se pone a prueba con el fuego, la confianza que ustedes tienen en Dios se pone a prueba con los problemas. Si ustedes pasan la prueba, su confianza será más valiosa que el oro, pues el oro se puede destruir. Así, cuando Jesucristo aparezca, hablará bien de la confianza que ustedes tienen en Dios, porque una confianza que ha pasado por tantas pruebas merece ser alabada.
1 Pedro 1.6-7 (TLA)
Sobre esta base y a pesar de todos los problemas que enfrentamos en la vida, hoy yo quiero dar gracias a Dios—quien es la vida misma—por acompañarme en la lucha por la vida. Sí, le doy gracias a Dios por la lucha, porque es el fuego que nos refina, como se purifica el oro.
Por eso, aunque pasamos por muchas dificultades, no nos desanimamos. Tenemos preocupaciones, pero no perdemos la calma. 9 La gente nos persigue, pero Dios no nos abandona. Nos hacen caer, pero no nos destruyen. 10-11 A dondequiera que vamos, todos pueden ver que sufrimos lo mismo que Cristo, y que por obedecerlo estamos siempre en peligro de muerte. Pero también pueden ver, por medio de nosotros, que Jesús tiene poder para dar vida a los muertos.
2 Corintios 4.8-11 (TLA)
Por todas estas razones, hoy le invito a dar gracias a Dios por el privilegio de vivir, por acompañarnos en nuestro sufrimiento y por capacitarnos para seguir luchando por la vida.
Gracias por la lucha, buen Dios. Gracias, en el nombre de Jesús. AMÉN
Tema: La Iglesia recuerda, afirma y proclama que Dios es su único y verdadero rey.
Área: Desafío profético
Propósito: Recalcar la soberanía de Dios.
Diseño: Expositivo
Lógica: Inductiva
Introducción
Te exaltaré, mi Dios, mi Rey;
por siempre y siempre bendeciré tu nombre.
Todos los días te bendeciré,
por siempre y siempre alabaré tu nombre.
Salmo 145.1-2
El Salmo 145 comienza alabando a Dios con pasión. El Salmista proclama, afirma y declara que Dios es Rey. Por eso, se compromete a alabar a Dios continuamente, bendiciendo y alabando su santo nombre.
Los atributos divinos
El salmista tiene muchas razones por las cuales alabar a Dios. En particular, el salmista alaba a Dios por sus atributos, es decir, por las cualidades y las propiedades de su ser.
El primer atributo que menciona el salmista es la grandeza de Dios. Esto lo encontramos en los vv. 3 al 7, que dicen de la siguiente manera:
Grande es el Señor, y digno de suprema alabanza;
su grandeza es inescrutable.
Todas las generaciones celebrarán tus obras,
y darán a conocer tus grandes proezas.
Hablarán de tu gloria y majestad,
y yo proclamaré tus hechos maravillosos.
Reconocerán el poder de tus sublimes obras,
y yo daré a conocer tu grandeza.
Salmo 145.3-7
Los pueblos que han conocido a Dios celebran su grandeza, de generación en generación. ¿Por qué? Porque la gente recuerda cómo Dios ha intervenido tanto en su vida cotidiana, como en la historia de sus respectivas comunidades. Si hoy alabamos a Dios con gratitud, es porque recordamos las obras que hizo ayer en beneficio nuestro.
La próxima sección, que se encuentra en los vv. 8 al 13, celebra un trío de atributos divinos: Dios es clemente, misericordioso y bueno.
Divulgarán el recuerdo de tu inmensa bondad,
y a grandes voces dirán que tú eres justo.
El Señor es compasivo y lleno de ternura;
lento para la ira y grande en misericordia.
El Señor es bueno con todos,
y se compadece de toda su creación.
Señor, ¡que toda tu creación te alabe!
¡Que te bendiga todos tus fieles!
¡Que proclamen la gloria de tu reino!
¡Que den a conocer tu poder!
¡Que conozcan todos tus hechos poderosos
y la gloriosa majestad de tu reino!
Tu reino es un reino de todos los siglos;
tu dominio durará por todas las generaciones.
Salmo 145.8-13
El propósito del salmista es proclamar la gloria del reino de Dios, como dicen los vv. 11-13. El tema del Reino de Dios nos lleva necesariamente a pensar en Jesús de Nazaret, quien comenzó su ministerio afirmando que:
El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse, y crean en el evangelio!
Marcos 1.15
El Reino de Dios es la plena manifestación de la voluntad de Dios en el mundo; es la certeza de que nuestra historia, tanto personal como colectiva, está en las manos de Dios, quien nos dirige con amor.
Dios gobierna al mundo con justicia, con misericordia y con verdad, es decir, de acuerdo a los valores que surgen de su carácter.
El Dios bueno nos dirige con bondad.
El Dios justo nos dirige con justicia.
El Dios amoroso nos dirige con misericordia.
La próxima sección, que se encuentra en los vv. 14 al 16, recalca que Dios actúa sobre la base de esos atributos que surgen de su carácter.
Tú, Señor, levantas a los que tropiezan,
y reanimas a los que están fatigados.
Todos fijan en ti su mirada,
y tú les das su comida a su tiempo.
Cuando abres tus manos,
colmas de bendiciones a todos los seres vivos.
Salmo 145.14-16
El salmista afirma que Dios sostiene a las personas que desfallecen y que levanta a las personas caídas. Esto explica por qué las personas que tienen fe buscan de Dios en momentos de crisis. Buscamos el rostro del Señor con amor porque tenemos la esperanza de que Dios ha de escuchar nuestros ruegos, nuestras súplicas y nuestras plegarias.
Ahora bien, debe quedar claro que Dios no actúa de manera arbitraria. Por el contrario, el salmista afirma que Dios actúa con justicia. Esto lo vemos en los vv. 17 al 20, que dicen:
Tú, Señor, eres justo en todo lo que haces,
y todo lo haces con misericordia.
Tú, Señor, estás cerca de quienes te invocan,
de quienes te invocan con sinceridad.
Tú respondes a las peticiones de quienes te honran;
escuchas su clamor, y los salvas.
Tú, Señor, proteges a los que te aman,
pero destruyes a los malvados.
Salmo 145.17-20
Los actos divinos
Ahora tenemos un cuadro mucho más claro. Sí, afirmamos que Dios interviene en nuestro favor, dándonos fuerzas para continuar y levantándonos cuando caemos. Empero, Dios siempre actúa con justicia.
Si nuestros reclamos son justos, podemos regocijarnos sabiendo que Dios intervendrá en favor nuestro. Pero si nuestros reclamos son injustos, de nada valdrán nuestras oraciones. Para decirlo con toda claridad, las oraciones de las personas de fe solo mueven a Dios a responder cuando pedimos lo bueno, lo amable y lo correcto.
Dios no escucha oraciones vanas;
Dios no atiende las palabras de odio;
Dios no responde a reclamos injustos.
No importa cuanto podamos orar, ayunar u ofrendar, nuestra fe jamás podrá mover a Dios a actuar en contra de su santa y bendita voluntad.
El salmo termina con una declaración de alabanza que evoca los versículos iniciales del poema sagrado. El v. 21 dice de la siguiente manera:
Señor, mis labios proclamarán tu alabanza.
¡Que la humanidad entera bendiga tu santo nombre
desde ahora y hasta siempre!
Salmo 145.21
Conclusión
Las declaraciones teológicas del Salmo 145 cobran pertinencia particular cuando estamos cerca de una contienda eleccionaria. Ante las elecciones, la Iglesia recuerda, afirma y proclama que Dios es su único y verdadero rey.
Nuestra esperanza está en Dios.
Nuestro socorro viene de Dios.
Nuestra obediencia es a Dios.
Y
Es de Dios de quien esperamos el bien.
Es de Dios de quien esperamos justicia.
Es de Dios de quien esperamos la paz.
Cobremos ánimo sabiendo que, no importa el resultado de los comicios electorales, nuestro único y verdadero “rey” es el Dios que se ha revelado a la humanidad por medio de
De la historia de Israel,
De la obra de Jesucristo,
Y de la historia de la Iglesia cristiana.
Al soberano Dios le decimos hoy: “Alabaré tu nombre eternamente y para siempre” (v. 1b, RVR 1960), en el nombre de Jesús, AMÉN.