La Corona de Adviento

La Corona de Adviento simboliza esperanza, paz, gozo y amor mediante cuatro velas que preparan para celebrar el nacimiento de Cristo. La vela central recuerda que Jesús, luz del mundo, cumple la promesa divina de salvación eterna.


Guía sobre la Corona de Adviento explorando su proceso, simbolismo y preparación espiritual para celebrar a Cristo.

“Adviento” viene del latín y significa “el cumplimiento de la promesa”. Adviento es el tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de nuestro Señor y Salvador; es “Dios con nosotros” (Mateo 1.23).

La corona, por ser redonda, es símbolo tanto de la eternidad como del amor eterno de Dios hacia toda la humanidad. Al añadirle a ésta el follaje del pino, el árbol que siempre está verde (en inglés, “evergreen”), la corona de Adviento simboliza esperanza y vida eterna.

La corona de Adviento tiene cuatro velas. Cada vela representa una semana en la época de Adviento. Las velas púrpuras representan la larga espera del Salvador, mientras que la vela rosa representa el gozo que rodea la venida del Señor. Las velas sirven como un recordatorio de Jesucristo, quien es la verdadera luz del mundo. Cada domingo encendemos una vela nueva para recordar que el día del nacimiento de Cristo se acerca.

Las velas se van encendiendo en secuencia y cada una tiene un significado específico que detallamos a continuación.

  • Esperanza: La primera vela, llamada ‘la vela de la profecía’, nos lleva de regreso a los muchos versos del Antiguo Testamento sobre la esperanza mesiánica. Esto inicia la época de Adviento. En anticipo de la llegada del niño Jesús, nos preparamos para recibir a Jesús, nuestra esperanza. (Véase Isaías 9.2-3)
  • Paz: La segunda vela, llamada “la vela de Belén”, evoca al lugar donde nace el Mesías y a la paz que traerá. En anticipo de la llegada del niño Jesús, deseamos que la palabra enviada por Dios nos conduzca a la salvación y nos llene de su paz. (Véase 1 Tesalonicenses 5.23-24)
  • Gozo: La tercera vela es color de rosa y se conoce como “la vela de los pastores”. Simboliza a los pastores que vinieron a ver al Salvador recién nacido, y que luego fueron a esparcir las buenas nuevas y el gozo por su nacimiento. Pidamos al Señor que la promesa de su presencia nos regocije. (Véase 1 Tesalonicenses 3.11-13)
  • Amor: La cuarta vela, llamada “la vela de los ángeles”, es símbolo del amor de Dios y de su permanente presencia en nuestras vidas. También significa la anticipación del regreso y segunda venida de nuestro Señor. Pedimos, pues, que el amor de Dios sea símbolo de su presencia en nuestras vidas. (Véase 2 Tesalonicenses 1.6-7)

Una vela más grande de color blanco, llamada “la vela de Cristo”, se coloca en el centro de las cuatro antes descritas. La encendemos el Día de Navidad, como recordatorio del cumplimiento de la promesa de Dios a nosotros a través de su único Hijo:

Isaías 9.6-7 (RVR 1995)

En resumen, la Corona de Adviento y la ceremonia del encendido de las velas sirven como un excelente recordatorio de la verdadera razón de ser de esta época: Jesús, el Hijo de Dios, ha venido a la tierra a darnos salvación y vida eterna. ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable! (2 Corintios 9.15).

Adviento
Corona de Adviento
Temporada de Adviento
Corona de Adviento

Vicios, virtudes y valores

Vicios, virtudes y valores es una conferencia sobre la fuente de los principios cristianos, por el Rev. Dr. Pablo A. Jiménez.

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Los valores son principios centrales que dan propósito a la vida y cohesión a las comunidades. En sociedades complejas, el grupo dominante impone sus valores mediante instituciones como la educación y los medios, mientras las minorías forman subculturas con cosmovisiones y principios propios.

Los valores surgen de la historia, literatura y tradiciones de cada grupo. Para la Iglesia Cristiana, provienen de la Biblia, la liturgia, la teología y la práctica pastoral. Más profundamente, Dios es la fuente de los valores cristianos: bondad, justicia y amor reflejan su carácter revelado en las Escrituras.

La Biblia no habla de “valores” sino de “virtudes” (areté), como en Filipenses 4.8 y 1 Pedro 2.9. Las virtudes son cualidades dignas de alabanza, mientras los vicios (Gálatas 5.19-23) representan antivalores. Enseñar principios cristianos es un desafío, pues los del Reino de Dios suelen oponerse a los valores sociales, generando tensiones.

Los valores pueden ser positivos (virtudes) o negativos (vicios). Por ejemplo, algunas culturas defienden la castidad pero toleran violencia en su nombre. La Biblia distingue claramente entre ambos, como en los catálogos de Gálatas 5, donde el amor y la paz contrastan con la enemistad y la envidia.

No todo lo legal es moral, ni viceversa. Por ejemplo, muchas iglesias acogen a migrantes indocumentados, alineándose con el valor bíblico de la hospitalidad aunque contradiga la ley civil. El Evangelio mismo es un escándalo: Dios ama al pecador antes de su arrepentimiento (Juan 3.16), lo que exige humildad y misericordia en nuestra conducta (Romanos 3.23).

La Iglesia debe vivir según los valores del Reino de Dios, que reflejan su carácter y la práctica de Jesús. Como enseñó Cristo, lo prioritario es buscar “primero el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6.24).

Valores
La fuente de los valores
Valores cristianos
Gálatas 5.22-23
Gálatas 5.22-23
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Mara no es para siempre (Éxodo 15)

Mara no es para siempre es un sermón basado en Éxodo 15, sobre cómo lidiar con las pérdidas, el fracaso y el estancamiento espiritual.

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Hay momentos en la vida en que, después de una gran victoria, llega una crisis inesperada. Así le ocurrió al pueblo de Israel. Apenas tres días después de cruzar el mar y cantar la victoria de Dios, llegaron al desierto y encontraron aguas amargas. Por eso llamaron aquel lugar “Mara”.

Mara representa esos espacios de dolor, tristeza y estancamiento donde muchas veces queremos acampar. Son lugares donde la amargura nos hace olvidar los milagros de ayer, exagerar los problemas de hoy y temer los desafíos de mañana.

El problema no fue solo que las aguas eran amargas. El problema fue que el pueblo se detuvo allí. En vez de seguir caminando, murmuró. En vez de recordar la fidelidad de Dios, reclamó una solución inmediata.

Sin embargo, Dios respondió con misericordia. Moisés clamó, Dios mostró un arbusto y las aguas se volvieron dulces. Allí Dios se reveló como “el Señor, el que sana”. Pero el relato nos enseña algo aún más profundo: Mara era una estación, no el destino. Más adelante estaba Elim, con doce fuentes de agua y setenta palmeras.

La buena noticia es esta: Mara no es para siempre. Dios no nos llama a vivir atrapados en la amargura, sino a caminar hacia la sanidad, la esperanza y la bendición.

La pregunta sigue vigente: ¿queremos vivir en Mara o avanzar hacia Elim? Hoy es tiempo de levantar el campamento, dejar atrás las aguas contaminadas y seguir caminando en fe. Elim está más adelante.

Audio completo: http://www.drpablojimenez.com/sounds/Mara.mp3

Mara no es para siempre
Mara no es para siempre
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El valle de los huesos secos (Ezequiel 37)

El valle de los huesos secos es un sermón expositivo sobre Ezequiel 37.1-4, adecuado para el Día de Pentecostés.

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El sermón titulado “El valle de los huesos secos”, escrito y predicado por el Dr. Pablo A. Jiménez, está basado en Ezequiel 37.1-14. El sermón ofrece un mensaje de esperanza y restauración espiritual. Ezequiel, profeta y sacerdote exiliado en Babilonia, recibe una visión divina en la que es llevado a un valle lleno de huesos secos —símbolo del pueblo de Israel devastado por el exilio y la guerra. Dios le pregunta si esos huesos pueden vivir, y luego le ordena profetizar sobre ellos. En respuesta, los huesos se unen, se cubren de carne, pero aún carecen de vida.

Dios entonces ordena a Ezequiel invocar al “espíritu” o “ruah”, palabra hebrea que también significa aliento o viento. Al soplar desde los cuatro puntos cardinales, el Espíritu de Dios vivifica los cuerpos, transformándolos en un ejército lleno de vida. Esta escena remite al relato de la creación en Génesis, donde Dios da vida al ser humano con su aliento. Así, esta visión representa un acto de nueva creación y la promesa divina de restaurar a su pueblo, aún en medio de la ruina total.

Jiménez interpreta este pasaje desde una perspectiva pastoral, subrayando que, a través del Espíritu Santo, Dios renueva y fortalece a los creyentes en los momentos más oscuros. Comparando la visión de Ezequiel con la resurrección de Jesús, afirma que la Biblia presenta un mensaje coherente de esperanza frente a la muerte y el sufrimiento. Así como los huesos secos revivieron, también nosotros podemos encontrar vida y propósito en Dios, incluso en medio del dolor.

El texto concluye con una oración ferviente para que el Espíritu Santo renueve a la comunidad creyente, afirmando que, en Cristo, es posible superar cualquier crisis. El llamado final es a no rendirse y confiar en el poder vivificador de Dios.

El valle de los huesos secos
Ezequiel 37
Sermones de pentecostés
Sermones sobre el Espíritu Santo
Ezequiel 37.3
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