Un país de crucificados es un breve ensayo de teología pastoral enfocado en la situación social de Puerto Rico.
La violencia que arropa a Puerto Rico continúa rampante. Y no podemos esperar otra cosa. Vivimos en un país inmerso en una grave crisis de valores y no hay un plan ciudadano para lidiar con este problema. En una cultura donde mucha gente entiende que no hay nada inherentemente bueno o malo, es imposible hablar de valores de manera coherente.
Hace unos años una periodista le preguntó al entonces Superintendente de la Policía, José Figueroa Sancha, qué planeaba hacer para detener el crimen durante la Semana Santa. El funcionario contestó como pudo, diciendo que había suspendido las vacaciones de sus agentes y que iban a vigilar las playas. Sin embargo, lo que debió responder es que la Policía no puede detener el crimen. Si bien puede tomar algunas medidas preventivas, no puede evitar que una persona anide el deseo de hacer el mal.
Pensar que la Policía es quien debe educar al pueblo sobre lo correcto y lo incorrecto es un grave error. El rol de esa entidad es mantener el orden y tratar de atrapar a los criminales. No le toca a la Policía hablar de valores. La enseñanza de valores es parcela del hogar, la escuela, la iglesia y otras organizaciones ciudadanas. Y para esto necesitamos hacer alianzas ciudadanas y frentes amplios, dejando atrás las divisiones que nos impiden trabajar en armonía.
Y esto se hace imperioso porque vivimos en un país lleno de personas crucificadas.
La violencia de género ha alcanzado niveles exorbitantes. Las mujeres están llevando la peor parte, victimizadas hasta por sus propias parejas.
La violencia contra la niñez también nos sorprende, con asesinatos impunes y casos horribles de abuso sexual.
Y a esto añádale otros actos de violencia contra personas de la tercera edad, personas con necesidades especiales y personas homosexuales y transexuales. Lo que es más, hasta los criminales son víctimas de su propia maldad. Los muchachos dedicados al narcotráfico saben que su vida pende de un hilo y que difícilmente llegarán a los 30 años. Viven con la muerte comprada.
Jesús de Nazaret fue asesinado por un imperio opresivo, en una colonia romana, acusado de sedición y blasfemia. La muerte del Inocente por excelencia denuncia todas las muertes. Jesús murió para desenmascarar el pecado y evitar la muerte de otras personas inocentes. La cruz representa la muerte para evitar todas las muertes.
Jesús, pues, se identifica con todas las personas «crucificadas» de nuestra sociedad. En un país de crucificados, la cruz de Jesús es cada día más pertinente. Jesús está «con-crucificado» con las víctimas de la violencia de la sociedad puertorriqueña.
Ya es hora de que las Iglesias de todas las denominaciones tomemos en serio la enseñanza de valores, la educación para la paz y la denuncia del crimen. Tronamos en contra de los juegos de azar, pero callamos ante la violencia. Y nuestro silencio nos convierte en cómplices de la maldad.
Es hora, pues, de seguir el ejemplo de Jesús, en toda su radicalidad. Como dice Hebreos 13:13: «Vayamos, pues, con Jesús, fuera del campamento, y suframos la misma deshonra que él sufrió».
Idea central: Jesús nació «en la plenitud del tiempo» para salvar a la humanidad.
Área: Formación espiritual
Propósito: Explorar el significado del nacimiento de Jesús.
Diseño: Expositivo, en ocasión de Adviento y Navidad
Lógica: Inductiva
Introducción
Una de las cosas más preciadas que los seres humanos podemos intercambiar es una promesa. Una promesa compromete nuestro honor. No es un artículo que puede perderse ni un objeto que pueda romperse. Es, sencillamente, una idea, una frase, una oración donde empeñamos nuestra palabra asegurando que haremos algo en el futuro. Sin embargo, a pesar de su sencillez, las promesas son peligrosas. Son peligrosas porque crean dos cosas: primero, un pacto entre quien promete y quien recibe la promesa; y segundo, crean expectativa, pues quien recibe la promesa queda esperando su cumplimiento.
Navidad como promesa
Navidad es, precisamente, una promesa. En esta temporada celebramos el cumplimiento de la promesa que Dios hizo a la humanidad: la promesa de enviar un Salvador que liberara al mundo del pecado, la maldad y la opresión. Lo notable es que ese Salvador no sería un ángel ni un ser sobrenatural, sino una persona. La fe de Israel esperaba el cumplimiento de lo anunciado por el profeta Isaías 7.14: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel». Por lo tanto, el Salvador sería un ser humano ungido por Dios para una tarea extraordinaria, plenamente humano y plenamente divino. Ese es el motivo por el cual su nacimiento era tan esperado.
Promesa cumplida
El apóstol Pablo, profundo conocedor de las Escrituras, interpreta el nacimiento de Jesús como el cumplimiento de esa promesa divina. Escribiendo a las iglesias de Galacia, declara que «cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley» (Gá 4.4). Con esta frase, Pablo afirma que Jesús nació en el momento perfecto de la historia, en la “plenitud del tiempo”, convirtiendo en realidad la promesa largamente esperada.
Pablo también destaca que Jesús nació de una mujer, subrayando así el papel de la mujer en el plan redentor y afirmando la plena humanidad de Cristo. Jesús no fue un ser etéreo ni un espíritu ilusorio, sino un ser humano real que conoce nuestras pasiones, luchas y necesidades. Finalmente, Pablo enseña que, por medio de la obra del Hijo, recibimos la adopción como hijos e hijas de Dios. El Espíritu Santo transforma nuestro corazón y nos permite clamar «¡Abba, Padre!» (Ro 8.15; Gá 4.6), una expresión íntima que significa “papá”, “papi”, la palabra que un infante usa para dirigirse con confianza a su padre.
Conclusión
Hoy, mientras nos preparamos para celebrar la Navidad, recordamos que Jesús nació «en la plenitud del tiempo» para salvar a la humanidad. En medio de las fiestas, los regalos y las comidas, hagamos un alto para celebrar el cumplimiento de la promesa divina. Que esta Navidad sea un recordatorio de la fidelidad de Dios y de nuestra identidad como hijos e hijas del Padre celestial.
Gracias por la lucha es una prédica cristiana apropiada para el Día de Acción de Gracias o Thanksgiving con un bosquejo de sermón listo para predicar.
¿Dar gracias? ¿A quién? ¿Por qué?
Para muchas personas, la idea de dar gracias a Dios puede parecer como un chiste de mal gusto. Estos han sido años durísimos para nuestros pueblos, donde hemos enfrentado epidemias, catástrofes naturales, inestabilidad política, polarización social y hasta violencia en las calles.
La vida es una lucha diaria por conseguir los recursos necesarios para asegurar tanto nuestras propias vidas como el bienestar de los nuestros. Todos conocemos personas que, aunque trabajan arduamente, no pueden darle a su familia el techo, el alimento, la educación, el transporte y el cuidado médico que tanto necesitan.
El hecho es que la vida es dura, todos los días, para todo el mundo.No importa la cantidad de recursos que tenga a su disposición o la riqueza que pueda acumular a lo largo de su vida, usted seguramente pasará por tiempos malos donde la enfermedad, el sufrimiento y el dolor tocarán a su puerta.
Cada vez son más las personas que dicen no creer en Dios, o por lo menos, no creer en el Dios que proclaman las distintas iglesias.
No creen en el Dios que predican los católicos, los protestantes, o los pentecostales.
Mucho menos creen en el Dios que predican los musulmanes, particularmente aquellos que siguen a los líderes extremistas.
Como tampoco creen en el Dios que reclaman aquellos “cristianos nacionalistas” que abogan por la “supremacía blanca”.
Así llegamos al centro del problema: si usted no cree en Dios, ¿a quién va a darle gracias?
Por otro lado, hay personas que sí creen en algún tipo de fuerza espiritual, quienes no encuentran por qué dar gracias a Dios. Están convencidas de que sus vidas están en sus propias manos, no en las manos de Dios. Por eso piensan que, si Dios no les da nada, ¿por qué han de darle gracias?
Por lo tanto, el acto de dar gracias depende de su concepto de Dios.
Si usted ve a Dios como un dictador cósmico, no hay razón alguna para dar gracias.
Si usted ve a Dios como un “viejito celeste” retirado en algún tipo de “ancianato” o “nursing home” en una nube, no hay razón alguna para dar gracias.
Si usted ve a Dios como una fábula forjada por buscones religiosos para agenciarse la buena vida, no hay razón alguna para dar gracias.
Empero, hay otra forma de ver a Dios. Yo entiendo que, leída correctamente, la Biblia presenta a Dios como la fuerza vital del universo, como el soplo de vida que da razón a todo lo creado. Dios es, pues, la vida misma. Por eso Jesús de Nazaret dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14.6 RVR 1960).
El Dios que se ha revelado a la humanidad por medio de la persona histórica de Jesús de Nazaret no es el causante de nuestro sufrimiento. ¡Todo lo contrario! Es el Dios de la Vida que sufre con nosotros. Por eso, el símbolo principal de la fe cristiana es la cruz, donde Jesús—la encarnación de Dios en el mundo humano—sufre la muerte para solidarizarse con todo aquel que sufre, para acompañarnos en nuestro dolor y para librarnos del sufrimiento. El símbolo central de la fe cristiana no es triunfalista, sino una cruz, señal de que el poder de Dios se muestra en la debilidad (2 Co 12.9).
Las personas de fe saben que Dios está con ellas en medio del sufrimiento. Por eso, ven los problemas y las dificultades que les plantea la vida como exámenes o pruebas que pueden ser superadas con la ayuda de Dios. A manera de ejemplo, veamos lo que el Apóstol Pedro escribió sobre este tema:
Por eso, aun cuando por algún tiempo tengan que pasar por muchos problemas y dificultades, ¡alégrense! 7 La confianza que ustedes tienen en Dios es como el oro: así como la calidad del oro se pone a prueba con el fuego, la confianza que ustedes tienen en Dios se pone a prueba con los problemas. Si ustedes pasan la prueba, su confianza será más valiosa que el oro, pues el oro se puede destruir. Así, cuando Jesucristo aparezca, hablará bien de la confianza que ustedes tienen en Dios, porque una confianza que ha pasado por tantas pruebas merece ser alabada.
1 Pedro 1.6-7 (TLA)
Sobre esta base y a pesar de todos los problemas que enfrentamos en la vida, hoy yo quiero dar gracias a Dios—quien es la vida misma—por acompañarme en la lucha por la vida. Sí, le doy gracias a Dios por la lucha, porque es el fuego que nos refina, como se purifica el oro.
Por eso, aunque pasamos por muchas dificultades, no nos desanimamos. Tenemos preocupaciones, pero no perdemos la calma. 9 La gente nos persigue, pero Dios no nos abandona. Nos hacen caer, pero no nos destruyen. 10-11 A dondequiera que vamos, todos pueden ver que sufrimos lo mismo que Cristo, y que por obedecerlo estamos siempre en peligro de muerte. Pero también pueden ver, por medio de nosotros, que Jesús tiene poder para dar vida a los muertos.
2 Corintios 4.8-11 (TLA)
Por todas estas razones, hoy le invito a dar gracias a Dios por el privilegio de vivir, por acompañarnos en nuestro sufrimiento y por capacitarnos para seguir luchando por la vida.
Gracias por la lucha, buen Dios. Gracias, en el nombre de Jesús. AMÉN
El valor de la familia es un mensaje sobre el tema de la mayordomía cristiana, basado en el Salmo 127, por el Dr. Pablo A. Jiménez. Esta prédica cristiana presenta una visión de la familia como don divino.
Tema: El pueblo de Dios debe mirar el futuro con esperanza, sabiendo que Dios está con él en medio de la crisis.
Área: Desafío profético
Propósito: Dar esperanza al pueblo de Dios.
Diseño: Expositivo
Lógica: Inductiva
Bosquejo del sermón
Introducción
Decir “adiós” se ha convertido en una costumbre en nuestro países. En el mundo de habla hispana la migración es común, tanto entre países hispanoamericanos como de nuestros países a los Estados Unidos.
El dolor que causa la migración
Claro está, la emigración masiva de nuestros pueblos se debe a una combinación de factores muy particulares.
La gente emigra para escapar de situaciones de violencia y pobreza, esperando encontrar estabilidad social y económica en un nuevo hogar.
La gente emigra para reunirse con familiares que se han reubicado en otros países.
La gente emigra cuando se ve desplazada por gobiernos corruptos u organizaciones criminales.
Lo triste es que las personas que emigran muchas veces son rechazadas en los países donde intentan reubicarse. Lo que es más, en varias ocasiones hasta se tilda a los inmigrantes de ser criminales, es decir, de ser una carga para la sociedad.
El exilio como paradigma bíblico
Sin embargo, la fe nos da herramientas espirituales para lidiar con la crisis. La Biblia—la maravillosa Palabra de Dios—nos capacita para enfrentar y vencer los problemas de la vida. Este caso no es la excepción: La Biblia hace referencias continuas a situaciones de exilio muy similares a las nuestras.
Aunque podríamos hacer referencia a toda una variedad de textos y períodos bíblicos, hoy quiero centrarme en los tiempos del “Exilio Babilónico”. “¿Qué es eso?”, usted preguntará. El Exilio fue un período en la historia de Israel y Judá caracterizado por la deportación en masa de la población.
Comencemos recordando que Israel se constituyó como un reino en el Siglo X antes de la Era Cristiana. Sus primeros reyes fueron Saul, David y Salomón. Después del reinado de Salomón, el Reino se dividió en dos. Al norte quedó Israel, cuya capital estaba en la ciudad de Samaria. Al sur quedó Judá, cuya capital estaba en la ciudad de Jerusalén.
Israel, también conocido como “El Reino del Norte”, estuvo gobernado, en su mayoría, por una serie de hombres malvados, quienes vivían muy lejos de Dios. La historia de este reino es violenta, pues en varias ocasiones sufrió sangrientos golpes de estado que sacudieron las bases de la sociedad.
Judá, también conocido como “El Reino del Sur”, estuvo gobernado por descendientes del Rey David. En términos generales, estos hombres fueron un más piadosos que los reyes del Norte. Sin embargo, algunos fueron infieles, tanto que llevaron a Jerusalén al colapso.
Israel fue el primero que cayó en manos extranjeras, cuando fue conquistado por los Asirios. Eventualmente, Judá también cayó ante el ejercito de Babilonia.
Los babilonios tenían una práctica opresiva muy particular. Cuando conquistaban un reino, encarcelaban en campos de concentración a los hombres adultos que habían sobrevivido la invasión militar. Este fue el caso de Judá, pueblo que vio como sus líderes más hábiles y sus jóvenes de mayor potencial fueron deportados a Babilonia.
Para complicar la situación, la juventud hebrea en Babilonia sufría una enorme presión para asimilarse, es decir, para abandonar su identidad judía y para abrazar la identidad de sus captores.
Dios consuela a su pueblo
Sí, la situación es dura. Empero, la Palabra de Dios trae consuelo aun en medio de las situaciones más difíciles. Leamos el capítulo 40 del libro del Profeta Isaías. Allí encontramos palabras de consuelo, cuando Dios le ordena al profeta que anuncie el final del cautiverio. El texto dice:
El Dios de ustedes dice: «Consuelen a mi pueblo; ¡consuélenlo! ¡Hablen al corazón de Jerusalén! ¡Díganle a voz en cuello que ya se ha cumplido su tiempo, que su pecado ya ha sido perdonado; que ya ha recibido de manos del Señor el doble por todos sus pecados.» (Isaías 40.1-2)
Dios también le ordena al profeta que anuncie la construcción de un camino que llevará a su pueblo de vuelta a Jerusalén. El texto dice:
Una voz clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor; enderecen en el páramo una calzada a nuestro Dios. Que todo valle sea enaltecido; que se hunda todo monte y collado; que se enderece lo torcido y que lo áspero se allane. Se manifestará la gloria del Señor, y la humanidad entera la verá. La boca del Señor ha hablado.” (Isaías 40.3-5)
Nótese que estos anuncios fueron proféticos, es decir, que ocurrieron antes de los eventos que anuncian. Pasaron varios años antes de que estos anuncios proféticos se convirtieran en realidad.
De manera sarcástica y pesimista, algunas personas podrían cuestionar las bondades de estas profecías. ¿De qué vale saber que la situación mejorará en el futuro, cuando estamos sufriendo hoy? Y esta es la actitud de mucha gente negativa, que vive derrotada por los problemas que enfrenta.
Sí, hay personas negativas, sarcásticas y pesimistas. Pero el pueblo de Dios no puede dejarse vencer por estas actitudes malsanas. Quienes adoramos al Dios del Cielo, al Señor de la Vida, no podemos dejarnos vencer por el desánimo. Dios no nos llama a vivir derrotados. Por el contrario, Dios nos llama a vivir en esperanza, sabiendo “que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito”.(Romanos 8.28).
Una de las expresiones más hermosas de la esperanza que Dios da a su pueblo se encuentra al final de Isaías 40. El texto dice:
Tú, Jacob, ¿por qué dices que tu camino está oculto para el Señor? ¿Por qué, Israel, alegas que Dios pasa por alto tu derecho? ¿Acaso no sabes, ni nunca oíste decir, que el Señor es el Dios eterno y que él creó los confines de la tierra? El Señor no desfallece, ni se fatiga con cansancio; ¡no hay quien alcance a comprender su entendimiento! El Señor da fuerzas al cansado, y aumenta el vigor del que desfallece. Los jóvenes se fatigan y se cansan; los más fuertes flaquean y caen; pero los que confían en el Señor recobran las fuerzas y levantan el vuelo, como las águilas; corren, y no se cansan; caminan, y no se fatigan. (Isaías 41.27-41)
¡Escuchen la Palabra de Dios! La Biblia no niega la crisis, sino que nos recuerda que el Señor está con nosotros en medio de la crisis.
Este hermoso pasaje bíblico nos recuerda que:
Dios se preocupa por nosotros, ya que no se olvida de su pueblo.
Dios no se cansa de amarnos, de cuidarnos y de bendecirnos.
Dios continúa siendo poderoso, ya que los problemas humanos no anulan el poder divino.
Dios renueva las fuerzas de su pueblo; Dios da nuevas fuerzas a los hombres y a las mujeres que le buscan con fe.
Dios renueva a las personas que confían en él.
Conclusión: ¡Como las águilas!
Hermanos y hermanas, este es un mensaje muy pertinente para nuestra iglesia local, para nuestra comunidad, y para todo nuestro pueblo: El pueblo de Dios debe mirar el futuro con esperanza, sabiendo que Dios está con él en medio de la crisis.
Dios nos llama a levantarnos sobre la crisis, así como las águilas remontan vuelo sobre la tierra. ¿Por qué?
Porque la crisis tendrá fin.
Porque nuestro problemas no son eternos.
Y porque nos esperan nuevos tiempos de prosperidad, en el nombre del Señor. Amén.
Vea este panel sobre la historia y la teología de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo), moderado por Jesús Rodríguez Cortés, con la participación de la Rev. Millie Cortés, el Dr. Lester McGrath & el Pastor Pablo A. Jiménez.
Id y haced discípulos es un sermón sobre la tarea educativa de la Iglesia, basado en Mateo 28.16-20.
Introducción: Los últimos versículos del Evangelio de Mateo (28:16-20) describen un encuentro entre el Cristo resucitado y sus discípulos en Galilea. Este pasaje es fundamental para la evangelización y la formación espiritual, ofreciendo directrices para el ministerio educativo de la Iglesia.
Contexto: La reunión ocurre en un monte, un lugar recurrente de revelaciones divinas en el Evangelio de Mateo, comparando a Jesús con Moisés. Los discípulos, aunque dudosos, adoran a Jesús, quien afirma haber recibido “toda potestad en el cielo y en la tierra”.
El Mandamiento: Jesús da un nuevo mandamiento: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos… y enseñándoles…”. Este mandamiento se desglosa en tres puntos:
Id a todas las naciones: Jesús redefine la misión, haciéndola inclusiva para toda la humanidad, no solo para Israel.
Haced discípulos: Ser discípulo implica imitar al maestro, viviendo en comunión con él y aprendiendo de su ejemplo y enseñanzas.
Bautizando y enseñando: El bautismo inicia a los nuevos creyentes en la comunidad de fe, mientras que la enseñanza les guía a vivir según los mandamientos de Jesús.
Conclusión: El ministerio educativo de la Iglesia busca preparar a nuevos creyentes para el discipulado cristiano, promoviendo una práctica de la fe basada en las enseñanzas de Jesús. Este proceso no es teórico, sino práctico, con la promesa de Jesús de estar con sus seguidores hasta el fin del mundo (Mt. 28:20).
Celebramos el Día de los Padres en un mundo profundamente marcado por la incertidumbre. Vivimos tiempos convulsionados, donde se combinan crisis económicas, desgaste emocional, tensiones familiares y, sobre todo, una gran pérdida de valores.
En medio de este panorama difícil, necesitamos levantar una voz de profética, llena de esperanza. Dios nos llama a vivir en una relación de amor y justicia con nuestro Señor. Esto nos convertirá en hombres que aman a Dios, que cuidan de sus familias y que viven con integridad. Hoy, queremos recalcar ese llamado, porque la Palabra de Dios afirma que es “bienaventurado el varón” que persevera en la justicia.
Para guiarnos en esta reflexión, vamos al Salmo 1.
I. El prólogo del salterio
El Salmo 1 no es simplemente otro poema bíblico: es la puerta de entrada al libro de los Salmos. Este cántico presenta un retrato del hombre bendecido por Dios: un hombre que no sigue el consejo de los malos, que no se detiene en el camino del pecado, y que no convive con burladores.
Este hombre justo se deleita en la Palabra de Dios. No se limita a leerla ocasionalmente:la medita día y nocheen la Ley de Dios , permitiendo que esa verdad transforme su vida.
En medio de un mundo donde muchos se dejan arrastrar por lo fácil, el hombre que medita en la Palabra de Dios tiene raíces firmes. Puede resistir la presión y dar fruto a su tiempo.
II. El contraste
El salmista utiliza una herramienta poderosa: la comparación. Contrasta al hombre justo con el injusto. No hay puntos medios. No se puede caminar con Dios y seguir la maldad al mismo tiempo.
Veamos tres áreas donde este contraste es evidente:
1. La calidad de vida
El hombre justo florece como árbol plantado junto a corrientes de agua. Su vida tiene propósito, dirección, fruto.
En cambio, el impío se desvanece. No tiene raíces. Es como paja que se lleva el viento.
2. La comunidad
El justo se aparta del mal y busca la comunión con otros que aman a Dios.
El injusto, por su propia conducta, queda fuera de la comunidad de los justos. No encaja en el pueblo que vive conforme a los valores del Reino.
3. El resultado final
El Señor cuida el camino del justo. Pero el camino del impío… lleva a la perdición.
Conclusión: Un llamado a los hombres de hoy
Hoy, más que nunca, la sociedad necesita hombres valientes, hombres de fe, hombres que opten por la justicia. No perfectos, sino decididos a caminar con Dios.
El mundo necesita hombres que:
Honren a sus familias 🏠
Sean honestos en el trabajo 💼
Sirvan a su comunidad 🤝
Busquen a Dios con sinceridad 🙏
Sean ejemplo de vida íntegra 💡
Dios está llamando a todos los hombres —especialmente a los padres— a tomar una decisión de fe. Si eliges caminar con Cristo, si eliges deleitarte en su Palabra, serás como árbol junto a corrientes de agua, darás fruto en tu tiempo, y todo lo que hagas prosperará.
Ese hombre es bienaventurado. Ese hombre eres tú, si decides hoy vivir para Dios. Amén.
Introducción: Todos cargamos un pasado. Para algunos es alegre; para otros, doloroso. Pablo no era la excepción: antes de Cristo, como Saulo, persiguió a la Iglesia (Hechos 9.1-5), incluso aprobando el martirio de Esteban (Hechos 8.1-3). Su celo religioso lo llevó a actuar contra el mandamiento “no matarás” (Éxodo 20.13), hasta que Cristo lo confrontó en el camino a Damasco.
Punto central: Pablo reconoció su error: “Estaba equivocado”. Su encuentro con Jesús lo transformó, llevándolo a declarar: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2.20). Usando el término “sunestauromai” (concrucificado), Pablo describe su muerte al pasado y su renacimiento en Cristo. La idea central de este sermón es: Dios ofrece una nueva vida, liberándonos de un pasado de culpa y dolor (Gálatas 2.15-20).
El pasado de Pablo: Antes de su encuentro con Cristo, Pablo (entonces Saulo) perseguía violentamente a los cristianos, incluso participando en el martirio de Esteban (Hechos 8.1-3). Como fariseo celoso, creía estar sirviendo a Dios, pero su encuentro con Jesús en el camino a Damasco (Hechos 9) lo hizo ver su error. Comprendió que había vivido equivocado, usando la religión para justificar la violencia.
Transformación: Tras su conversión, Pablo experimentó una muerte simbólica a su pasado. En Gálatas 2.19-20, declara: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Esta “concrucifixión” representa su renuncia a su antigua vida y su nueva identidad en Cristo.
Conclusión: Si tu pasado te condena, la solución es morir a él y nacer de nuevo en Cristo. Hoy puedes decir como Pablo: “Ya no vivo yo”, y comenzar una vida transformada por su gracia.
La Iglesia de Jesucristo tiene dos propósitos principales. El primero es adorar a Dios, honrándole en todas nuestras acciones y relaciones. La adoración nos conecta con Dios y nos permite colocar la vida en la perspectiva correcta. El ser humano que no adora, no cultiva su espiritualidad y, por lo tanto, no puede alcanzar una vida plena. Para poder ser verdaderamente humano, hay que buscar, sostener y desarrollar una relación con Dios.
El segundo propósito de la Iglesia cristiana es predicar el mensaje del Evangelio de Jesucristo. Por eso, en el mundo de habla hispana las iglesias protestantes de conocen como “evangélicas”, ya que su actividad principal es proclamar el mensaje del Evangelio de Jesucristo.
Ahora bien, ¿qué es el Evangelio?¿Qué quiere decir esta palabra tan importante para la iglesia? ¿Cuál debe ser la respuesta de la humanidad al Evangelio de Jesucristo?
El Evangelio es anuncio de la buena noticia que Dios desea transmitir al ser humano; la buena noticia de que Dios desea acercarse a la humanidad para salvarla del pecado y de sus consecuencias, para que pueda alcanzar la salvación.
El Evangelio es la buena noticia de que Dios se ha acercado a la humanidad por medio del ministerio de Jesús de Nazaret. La iglesia entiende que Dios se ha revelado en las acciones, las palabras y las enseñanzas de Jesús. También se ha revelado en su vida, tanto en su nacimiento como en su muerte. Jesús es, pues, el rostro humano de Dios, quien nos revela el carácter de Dios y quien nos llama a vivir en relación con Dios.
En Marcos 1:14-15 Jesús afirma que la buena noticia consiste en que el “reino de Dios” se ha acercado a la humanidad.
14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el Evangelio del reino de Dios, 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el Evangelio.
El reino de Dios es el gobierno de Dios sobre el mundo. Este reino de Dios se opone a todos los reinos humanos, particularmente contra aquellos que explotan, matan y destruyen al pueblo.
Queda claro, pues, que el anuncio del Evangelio siempre llama al ser humano a tomar una decisión. Usted y yo tenemos que escoger a cual reino habremos de dar nuestra lealtad. Podemos darle nuestra libertad a los reinos de este mundo, que son gobernados por los seres humanos pecadores que se dejan llevar por su propios malos deseos. O, por el contrario, podemos depositar nuestra fe y confianza en el reino de Dios. El reino de Dios nos lleva a vivir de acuerdo a los valores divinos; nos invita a crecer en la fe imitando el carácter de Dios.
Cuando una persona comprende y acepta el mensaje del Evangelio de Jesucristo, comienza una relación con Dios. La persona que acepta a Jesucristo como Señor y salvador, pasa a formar parte del pueblo de Dios. Además, comienza a vivir en el poder del Espíritu Santo, el consejero enviado por Dios par acompañar pastoralmente a las personas que confiesan tener fe y confianza en la persona y la obra de Jesucristo.
Dios ya ha dado el primer paso en beneficio de la humanidad. Dios ya ha dado el primer paso para acercarse a usted, para bendecirle y para salvarle. Lo que resta es que usted se acerque a Dios.
Nos toca a nosotros, a usted y a mi, tomar una clara decisión de fe. Demuestre su fe y su confianza en Dios haciendo una oración que exprese su fe en Jesucristo. Repita esta oración de fe conmigo:
OREMOS: Dios bueno, te doy gracias por el mensaje del Evangelio, que has revelado por medio de Jesucristo. Yo me arrepiento de mis pecados y pido tu perdón. Yo confieso a Jesucristo como Señor y Salvador. Cúbreme con la sangre de Jesucristo. Sálvame del pecado y úsame para bendecir a los demás. En el nombre de Jesús. AMÉN.