Un sermón para la temporada de Adviento sobre una de las precursoras de Jesús de Nazret, de acuerdo a Mateo 1.3.
Vea este sermón en el contexto de un culto de adoración.
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Un sermón para la temporada de Adviento sobre una de las precursoras de Jesús de Nazret, de acuerdo a Mateo 1.3.
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Flores en el desierto es una prédica cristiana sobre la profecía que aparece en el capítulo 35 del libro del profeta Isaías, apropiada para la temporada de adviento.
Texto: Isaías 35:1-10
Idea central: La esperanza de vida y salvación nos lleva a proclamar que el futuro que Dios tiene deparado para la humanidad traerá grande bendición.
Área: Desafío profético
Propósito: Dar ánimo y esperanza a la audiencia.
Diseño: Expositivo
Lógica: Inductiva
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Cuando uno viaja por las riveras del Río Jordán, usted puede ver en medio del desierto toda una serie de árboles frutales. La escena es impresionante, pues evoca la profecía que aparece en el capítulo 35 del libro de Isaías.
El capítulo 35 de Isaías contiene una serie de profecías muy hermosas. La más conocida se encuentra en los vv. 1-2.
Isaías 35 afirma que el desierto florecerá. Esta es una profecía sobre el final de los tiempos. Empero, no es una profecía de juicio, sino de salvación. Las flores en el desierto simbolizan la renovación de todas las cosas, la victoria de la vida sobre la muerte y el gozo de la salvación. Esta profecía de salvación le da ánimo al creyente. Por eso, el profeta exhorta a quienes han perdido la esperanza en los vv. 3 y 4.
¿Cómo describe el profeta los actos salvíficos de Dios? En los vv. 5 y 6a el profeta afirma que Dios ha de hacer grandes prodigios y milagros en medio de su pueblo. El texto bíblico describe cómo Dios restaura a la humanidad. Al final de los tiempos, los ciegos verán, los sordos escucharán, los cojos saltarán y los mudos cantarán. Estas también son «flores en el desierto» que sugieren que nada hay imposible para Dios. Del mismo modo que el desierto puede florecer, la humanidad puede ser regenerada, en el nombre del Señor.
El profeta describe un terreno fértil por donde corren torrentes de aguas.(vv. 6b-7). ¡Hasta las partes más secas se convertirán en estanques! ¡Hasta las cuevas de los perros salvajes serán campos fértiles! Estas son imágenes de fertilidad, de gozo y de esperanza.
Ahora bien, la promesa de vida y salvación va de la mano con una demanda o condición: Dios exige que el ser humano viva en santidad (v. 8).
La santidad es integridad. La persona que vive en santidad, actúa con integridad. Tiene una sola cara, una sola voz y una sola palabra; sus palabras y sus acciones son congruentes; y su conducta es consistente.
Para el justo, el juicio de Dios trae alegría y esperanza. La persona justa no teme al juicio divino. Quien vive en comunión con Dios, vive confiado en el cuidado divino. Por el contrario, quien practica la injusticia vive en el miedo, en la ansiedad y en la desesperación. Teme al juicio divino, porque sabe que está actuando de manera indebida. Por eso ve el futuro con desconfianza y aprensión.
El poema profético de Isaías concluye con palabras tan conmovedoras como hermosas (vv.9-10). Quienes creemos en Cristo Jesús, Señor nuestro, esperamos con ansias el día cuando desaparezcan los peligros del camino. Esperamos el día cuando las personas redimidas y liberadas por Dios puedan regresar al santuario.
Esta esperanza de vida y salvación nos lleva a proclamar que el futuro que Dios tiene deparado para la humanidad traerá grande bendición. Será un futuro de gozo, de paz y de alegría. Será un futuro de renovación y victoria. Sabemos que todo esto es cierto porque la iglesia ve flores en el desierto todos los días. Vemos personas que reciben sanidad, que superan vicios y que cambian sus vidas. Cada vez que una mujer escapa de una situación de violencia, que un hombre asume sus responsabilidades como padre, y que una familia se restaura, vemos flores en el desierto.
¡Proclamemos con esperanza que el desierto florecerá, en el nombre del Señor, Amén!

Una reflexión teológica para las temporadas de Adviento y Navidad, basada en Tito 3. 4-5, por el Dr. Pablo A. Jiménez.
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Texto: Tito 3.4-7
Tema: El nacimiento de Jesús de Nazaret es la plena manifestación de la bondad divina
Área: Formación espiritual
Propósito: Recalcar la obra de Cristo, vista desde la Navidad.
Diseño: Expositivo
Lógica: Inductiva
Introducción
Amor: Si hay una palabra que nos lleva a pensar en la grandeza de Dios es, precisamente, amor. Del mismo modo, la palabra amor define la Navidad como ninguna otra. Quien nace humilde en el pesebre de Belén es Emanuel, “Dios con nosotros”, el amor hecho carne para bendición de toda la humanidad.
Hoy exploraremos ese amor desde una perspectiva diferente, meditando sobre las enseñanzas de la Epístola del Apóstol Pablo a Tito, un texto bíblico que no es muy conocido en nuestras congregaciones.
La Epístola de Tito
Cuando pensamos en Tito, pensamos en 1 y 2 Timoteo. En conjunto, estas tres cartas se conocen como “Las Epístolas Pastorales”, dado que recalcan la organización de la Iglesia Primitiva.
Allí encontramos enseñanzas sobre temas relacionados al liderazgo de la Iglesia, tales como los requisitos para servir como anciano o anciana, diácono o diaconisa y para puestos que ya la Iglesia no tiene, tales como el de la “viuda” (que era ocupado por ancianas solitarias que eran mantenidas por la Iglesia).
Por esta razón, rara vez se escuchan sermones sobre estas epístolas, a menos que se hable sobre la organización de la iglesia, sobre el ministerio o sobre los diversos aspectos administrativos de la Iglesia.
Cuando se manifestó la bondad
Por eso es tan sorprendente encontrar en esa corta epístola un pasaje cuyo contenido teológico es tan exquisito que rivaliza el contenido de otras epístolas paulinas, tales como Romanos, Gálatas y Efesios.
Me refiero a Tito 3, versículos del 4 al 7, que lee de la siguiente manera:
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.
Enumeremos brevemente los muchos temas que este corto texto trata de manera tan condensada. Este pasaje bíblico habla sobre:
Conclusión
Todo esto toma un tinte distinto cuando lo leemos durante la temporada navideña. Hoy lo vemos con toda claridad: El nacimiento de Jesús de Nazaret es la plena manifestación de la bondad divina; es la plena revelación de los propósitos salvíficos de Dios para con la humanidad.
Por eso hoy damos gracias a Dios por Cristo: por su nacimiento, por su vida, por sus enseñanzas, por su sacrificio en la cruz y por su obra salvífica a favor de toda la humanidad.
Damos gracias a Dios por Cristo, nuestro Señor. AMÉN
En la plenitud del tiempo es un sermón para las temporadas de Adviento y Navidad, sobre Gálatas 4:4-5, con un bosquejo listo para predicar.
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Texto: Gálatas 4:4-6
Idea central: Jesús nació «en la plenitud del tiempo» para salvar a la humanidad.
Área: Formación espiritual
Propósito: Explorar el significado del nacimiento de Jesús.
Diseño: Expositivo, en ocasión de Adviento y Navidad
Lógica: Inductiva
Una de las cosas más preciadas que los seres humanos podemos intercambiar es una promesa. Una promesa compromete nuestro honor. No es un artículo que puede perderse ni un objeto que pueda romperse. Es, sencillamente, una idea, una frase, una oración donde empeñamos nuestra palabra asegurando que haremos algo en el futuro. Sin embargo, a pesar de su sencillez, las promesas son peligrosas. Son peligrosas porque crean dos cosas: primero, un pacto entre quien promete y quien recibe la promesa; y segundo, crean expectativa, pues quien recibe la promesa queda esperando su cumplimiento.
Navidad es, precisamente, una promesa. En esta temporada celebramos el cumplimiento de la promesa que Dios hizo a la humanidad: la promesa de enviar un Salvador que liberara al mundo del pecado, la maldad y la opresión. Lo notable es que ese Salvador no sería un ángel ni un ser sobrenatural, sino una persona. La fe de Israel esperaba el cumplimiento de lo anunciado por el profeta Isaías 7.14: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel». Por lo tanto, el Salvador sería un ser humano ungido por Dios para una tarea extraordinaria, plenamente humano y plenamente divino. Ese es el motivo por el cual su nacimiento era tan esperado.
El apóstol Pablo, profundo conocedor de las Escrituras, interpreta el nacimiento de Jesús como el cumplimiento de esa promesa divina. Escribiendo a las iglesias de Galacia, declara que «cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley» (Gá 4.4). Con esta frase, Pablo afirma que Jesús nació en el momento perfecto de la historia, en la “plenitud del tiempo”, convirtiendo en realidad la promesa largamente esperada.
Pablo también destaca que Jesús nació de una mujer, subrayando así el papel de la mujer en el plan redentor y afirmando la plena humanidad de Cristo. Jesús no fue un ser etéreo ni un espíritu ilusorio, sino un ser humano real que conoce nuestras pasiones, luchas y necesidades. Finalmente, Pablo enseña que, por medio de la obra del Hijo, recibimos la adopción como hijos e hijas de Dios. El Espíritu Santo transforma nuestro corazón y nos permite clamar «¡Abba, Padre!» (Ro 8.15; Gá 4.6), una expresión íntima que significa “papá”, “papi”, la palabra que un infante usa para dirigirse con confianza a su padre.
Hoy, mientras nos preparamos para celebrar la Navidad, recordamos que Jesús nació «en la plenitud del tiempo» para salvar a la humanidad. En medio de las fiestas, los regalos y las comidas, hagamos un alto para celebrar el cumplimiento de la promesa divina. Que esta Navidad sea un recordatorio de la fidelidad de Dios y de nuestra identidad como hijos e hijas del Padre celestial.

Vivir o sobrevivir es un sermón basado en Miqueas 5.2-5a, apropiado para la temporada de Adviento, escrito por el Dr. Pablo A. Jiménez.
Texto: Miqueas 5.2-5a
Idea Central: Dios salvará a su pueblo usando los pocos recursos que tenemos en nuestras manos.
Área: Desafío profético
Propósito: Dar ánimo y esperanza a nuestro pueblo.
Diseño: Sermón expositivo, apropiado para la temporada de Adviento.
Lógica: Inductiva
Muchas veces las personas que enfrentan las más grandes adversidades de la vida se conviertan en nuestras maestras. De una manera u otra, nos enseñan a vivir. Nos vemos reflejados en su dolor y comprendemos nuestro “poco” comparado con el “mucho” de ellas. Y así descubrimos lo mucho que tenemos.
He estado meditando sobre esto recientemente porque una pastora amiga, que está gravemente enferma, recientemente escribió una frase en las redes sociales que me sacudió. Traducida al español, la frase dice: “Es difícil vivir rodeado de gente que solo desea sobrevivir”.
La frase me sacudió por dos razones. Por un lado, afirma el deseo de vivir que tiene esta valiente sierva de Dios. Por otro lado, dice una gran verdad: hay personas que solo están empeñadas en sobrevivir.
Solo están empeñadas en sobrevivir un día más.
Este sentimiento es común en tiempos de crisis, como el que vive nuestra sociedad. Como desgraciadamente me he visto obligado a decir centenares de veces, la crisis social puertorriqueña es larga, es vieja y es pesada. Nuestro país sufre una crisis integral que afecta todas las áreas de nuestra vida comunitaria.
Quizás lo que hace más dura la crisis es que, al examinar nuestras vidas, comprendemos que los recursos que tenemos para lidiar con la crisis son relativamente pocos. Las herramientas que tenemos en nuestras manos parecen sencillas, pobres y hasta torpes para enfrentar los enormes problemas que la vida nos presenta.
El pueblo de Israel pasó por problemas similares. El estado de Israel, aun en su momento de mayor esplendor, era un reino pequeño. En particular, era pequeño comparado con los grandes reinos de Egipto, de Asiria y de Babilonia. La situación se agravó con la división del Reino, que dejó 10 tribus en el Reino del Norte, cuya capital era Samaria, y 2 tribus en el Reino del Sur, cuya capital era Jerusalén.
El profeta Miqueas habla de todos estos temas en su libro. El mismo contiene dos tipos de profecías. Por un lado, contiene profecías de juicio contra el Reino del Norte, contra el Reino del Sur y contra los líderes políticos y religiosos de ambos pueblos. Por otro lado, contiene profecías de vida y salvación.
Quizás la profecía más dura es aquella que habla de cómo el Reino del Sur sería conquistado por el Imperio Babilónico. ¿Por qué? Porque ese Imperio acostumbraba llevarse presa toda la clase dirigente de los países conquistados a Babilonia, condenándoles a vivir en campos de concentración.
Escuchen lo que dice Miqueas 4.10 al 5.1:
¡Pues sufre y llora, hija de Sión, con dolores de parturienta, porque ahora vas a salir de la ciudad, y vivirás en el campo, y llegarás hasta Babilonia. Allí serás liberada; allí el Señor te salvará del poder de tus enemigos. Muchas naciones se han juntado ahora contra ti, y dicen: “¡Que Sión sea profanada! ¡Que se nos conceda ver eso con nuestros propios ojos!” Pero esas naciones no conocen los planes del Señor; no entienden sus designios, ni que él los junta como a manojos de trigo, para trillarlos. ¡Levántate y tríllalos, hija de Sión! ¡Yo te daré cuernos de hierro y garras de bronce, para que desmenuces a muchos pueblos! Y las riquezas que les arrebates las consagrarás al Señor de toda la tierra. ¡Levanta murallas a tu alrededor, ciudad de guerreros, porque nos han sitiado y con su cetro golpearán al juez de Israel en la mejilla.
Es precisamente después de esta profecía de juicio que encontramos una promesa de vida y salvación. Y no es meramente “una promesa”, es la promesa de que Dios habría de enviar un salvador a redimir a su pueblo de todos sus sufrimientos.
La promesa se encuentra en Miqueas 5.2 hasta la primera parte del versículo 5, y dice de la siguiente manera:
Tú, Belén Efrata, eres pequeña para estar entre las familias de Judá; pero de ti me saldrá el que será Señor en Israel. Sus orígenes se remontan al principio mismo, a los días de la eternidad. El Señor los entregará hasta el momento en que dé a luz la que ahora está encinta y el resto de sus hermanos vuelva con los hijos de Israel. Se levantará para guiarlos con el poder del Señor, con la grandeza del nombre del Señor su Dios; y ellos vivirán tranquilos porque él será engrandecido hasta los confines de la tierra. Y él será nuestra paz.
Belén es una ciudad del sur de Israel, ubicada a pocas millas de Jerusalén. Era la ciudad de donde surgió David, el más grande rey de Israel. La región también era conocida por el nombre “Efrata”, que de acuerdo a 1 Crónicas 2.50 fue la madre un hombre llamado Belén, hijo de Judá, que le dio nombre a la ciudad.
Hasta el sol de hoy, Belén es una ciudad pequeña. Y el texto dice que de ella saldrá un bebé que llegará a guiar a su pueblo “con el poder del Señor, con la grandeza del nombre del Señor su Dios; y ellos vivirán tranquilos porque él será engrandecido hasta los confines de la tierra” (v. 4). Ese bebé traerá la paz (v. 5).
Empero, una vez más, encontramos el mismo problema. ¿Qué puede hacer un bebé tan pequeño para corregir los enormes males que enfrenta la sociedad?
Parece que no tenemos nada en nuestras manos. Sin embargo, la promesa de Dios persiste: Dios salvará a su pueblo usando los pocos recursos que tenemos en nuestras manos. ¿Por qué? Porque lo poco de Dios es mucho más que lo abundante del mundo y que los recursos de los hombres.
La Iglesia entiende que esta profecía se cumplió a cabalidad con el nacimiento de Jesús de Nazaret, a quien confesamos como Señor y salvador. Sobre la base de esta profecía, podemos ver el futuro con esperanza, no importa lo nefasto que pueda parecer. ¿Por qué? Porque el nacimiento de Jesús de Nazaret nos capacita para vivir, no meramente para sobrevivir.
Si rasgaras los cielos es un sermón expositivo, apropiado para la temporada de adviento y basado en Isaías 64, con un bosquejo de sermón listo para predicar.
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Texto: Isaías 64:1-3
Idea central: La iglesia espera la intervención milagrosa de Dios en la historia.
Área: Desafío profético
Propósito: Dar voz a las esperanzas del pueblo.
Diseño: Expositivo, apropiado para la temporada de Adviento
Lógica: Inductiva
Isaías abre su oración con un clamor desgarrador: «¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras!». Esta súplica suena como la oración desesperada de quien no ve salida alguna a su situación. Es la misma oración que usted y yo hemos hecho en tiempos de crisis. Hay momentos en los que deseamos que Dios intervenga con poder, rompiendo los cielos como quien rasga una tela vieja, descendiendo con gloria para actuar a nuestro favor. Anhelamos que su presencia mueva montes, haga hervir las aguas y transforme lo imposible en realidad. El clamor del profeta se convierte, entonces, en el clamor de todo creyente que espera un milagro.
Esta oración nace en uno de los momentos más dolorosos de Israel. El pueblo regresaba del exilio en Babilonia solo para encontrar Jerusalén en ruinas: el templo destruido, las murallas derribadas, la economía en crisis y el liderazgo local en manos de extranjeros. A ello se sumaba el hambre, el desempleo y la pérdida de hogares. En medio de esa devastación, el profeta ora porque vive cerca de Dios; su relación con el Señor sostiene su fe aun durante la crisis. Además, recuerda los grandes actos de Dios en la historia: el llamamiento de Abraham, la destrucción de Sodoma, las plagas sobre Egipto, el Éxodo y la conquista de la Tierra Prometida. Inspirado por estas memorias, se atreve a pedir lo imposible: «¡Oh Señor, si rasgaras los cielos y descendieras!». El recuerdo del ayer alimenta la esperanza del hoy.
Aunque no todos hemos vivido en el exilio, todos conocemos el dolor: un hijo enfermo, un matrimonio roto, o un ser querido que muere. Sabemos lo doloroso que es perder un trabajo, no tener para pagar deudas, o enfrentar una quiebra.
Sin embargo, así como conocemos el dolor, también hemos conocido el poder de Dios. Lo hemos visto responder oraciones, sanar vidas, proveer en la necesidad y regalarnos amor y comunidad. Por eso, al igual que Isaías, clamamos: «¡Oh Señor, si rasgaras los cielos y descendieras!». Nuestra fe se nutre de los milagros que ya hemos visto.
Adviento es una temporada de expectativa, un tiempo en el que recordamos que Dios viene, interviene y actúa en la historia humana. No tenemos nuestra mirada puesta en el pasado, sino en el futuro glorioso de la venida de Cristo. La iglesia espera, con esperanza viva, la intervención milagrosa de Dios en nuestra historia porque la necesitamos. Por todas estas razones, hoy oramos con Isaías: «¡Oh Señor, rasga los cielos y desciende para salvarnos!».

Preparad el camino: Un sermón para la temporada de Adviento, basado en Mateo 3.
Preparen el camino: Un sermón para Adviento, sobre Marcos 1:1-8 (Audio & Vídeo).
Gozo en lugar de cenizas: Un sermón para la temporada de Adviento, basado en Isaías 61:1-3 (Audio & Vídeo).
La Corona de Adviento simboliza esperanza, paz, gozo y amor mediante cuatro velas que preparan para celebrar el nacimiento de Cristo. La vela central recuerda que Jesús, luz del mundo, cumple la promesa divina de salvación eterna.
Guía sobre la Corona de Adviento explorando su proceso, simbolismo y preparación espiritual para celebrar a Cristo.
“Adviento” viene del latín y significa “el cumplimiento de la promesa”. Adviento es el tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de nuestro Señor y Salvador; es “Dios con nosotros” (Mateo 1.23).
La corona, por ser redonda, es símbolo tanto de la eternidad como del amor eterno de Dios hacia toda la humanidad. Al añadirle a ésta el follaje del pino, el árbol que siempre está verde (en inglés, “evergreen”), la corona de Adviento simboliza esperanza y vida eterna.
La corona de Adviento tiene cuatro velas. Cada vela representa una semana en la época de Adviento. Las velas púrpuras representan la larga espera del Salvador, mientras que la vela rosa representa el gozo que rodea la venida del Señor. Las velas sirven como un recordatorio de Jesucristo, quien es la verdadera luz del mundo. Cada domingo encendemos una vela nueva para recordar que el día del nacimiento de Cristo se acerca.
Las velas se van encendiendo en secuencia y cada una tiene un significado específico que detallamos a continuación.
Una vela más grande de color blanco, llamada “la vela de Cristo”, se coloca en el centro de las cuatro antes descritas. La encendemos el Día de Navidad, como recordatorio del cumplimiento de la promesa de Dios a nosotros a través de su único Hijo:
Porque un niño nos ha nacido, hijo nos ha sido dado, y el principado sobre su hombro. Se llamará su nombre “Admirable consejero”, “Dios fuerte”, “Padre eterno”, “Príncipe de paz”. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.
Isaías 9.6-7 (RVR 1995)
En resumen, la Corona de Adviento y la ceremonia del encendido de las velas sirven como un excelente recordatorio de la verdadera razón de ser de esta época: Jesús, el Hijo de Dios, ha venido a la tierra a darnos salvación y vida eterna. ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable! (2 Corintios 9.15).